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“JESUCRISTO: PAN DE VIDA” (1)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
18
de julio de
2004
- Décimo sexto domingo durante el año
I.
Acontecimiento de gracia
1. Cuenta San Juan en
el capítulo seis de su Evangelio que, un día cercano a la Pascua, una
gran multitud se acercó a Jesús. Y que éste, enternecido, multiplicó
cinco panes y dos pescados para darles de comer. Este milagro es el
único que se lo recuerda en los cuatro Evangelios. Pero San Juan lo
cuenta con algunas particularidades. Que a raíz de ello la gente quiso
proclamar rey a Jesús, y que éste huyó. Que luego Jesús se volvió a
encontrar con la gente, y se puso a explicarle el significado del
milagro en una larga catequesis sobre que él es el Pan vivo bajado del
cielo. Que, finalmente, mucha gente se desilusionó y lo abandonó.
2. A menos de dos
meses del X° Congreso Eucarístico Nacional es oportuno contemplar esta
escena del Evangelio de San Juan. Mejor que cualquier explicación
teológica puede ayudarnos a comprender qué significa que el Congreso
“sea el acontecimiento de gracia”, como rezamos en la oración
preparatoria. Para el apóstol Pedro y los Doce la multiplicación de
los panes fue un acontecimiento que los llevó a reafirmar su fe en
Cristo y el amor a su persona: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes
palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el
Santo de Dios” (Jn 6,69). En cambio, para otros que se beneficiaron
del milagro fue sólo una ilusión fallida, pues vieron esfumarse la
posibilidad de que Jesús fuese el rey que les daría de comer gratis el
pan material: “Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo? Desde
ese momento muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de
acompañarlo” (ib. vv. 60.66).
3. Podemos suponer
que el Congreso Eucarístico será un acontecimiento de gracia para
algunos. ¿Lo será para muchos? ¿Para esta generación de cristianos?
¡Ojalá! Para algunos muy posiblemente no lo será. La suerte del
Evangelio es siempre la misma. Unos reciben la semilla en tierra buena
y la hacen germinar; otros, entre espinos y la ahogan.
II.
Acontecimiento, Misterio y Sacramento
4. “Acontecimiento”
en el lenguaje teológico moderno es mucho más que un suceso. Muchas
son las cosas que suceden. Pocas las que acontecen. Los sucesos son
intrascendentes. Se desvanecen como las olas en la orilla del mar. Los
acontecimientos verdaderos, en cambio, no se desvanecen jamás, pues,
más allá de su aspecto evanescente, tienen un contenido permanente,
definitivo, siempre nuevo y renovador. La muerte y resurrección de
Jesucristo es el “acontecimiento” por excelencia. Si bien como hecho
histórico sucedió en un determinado momento, y por ello hay aspectos
que se desvanecieron para siempre, como acontecimiento permanece, pues
Jesucristo “es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre”, atrayendo
a los hombres como un poderoso imán, llamándolos a entrar en comunión
con él, con el Padre y con todos los hombres.
5. Muy parecida a la
palabra “acontecimiento”, pero mucho más antigua en el lenguaje
cristiano, es la palabra “misterio”. En nuestro lenguaje corriente
significa “lo que no se entiende”, “lo que intriga y causa miedo”,
como cuando nos referimos a “una película de misterio”. En cambio, en
su acepción primitiva, tal como la empleaban los Santos Padres en la
catequesis, “misterio” es lo profundo, lo inagotable, cuyo significado
no acabaremos nunca de desentrañar, pero cuyo descubrimiento
progresivo nos causa gozo y alegría cada día. La empleaban
especialmente cuando se referían al Bautismo y a la Eucaristía, y los
llamaban “los Santos Misterios”.
6. Por fin, la
palabra “Sacramento”. Es típicamente cristiana. Apenas se la usa fuera
de la Iglesia. Aunque recuerdo que cuando chico iba a la panadería a
comprar facturas, y le decía al panadero “que no falte algún
sacramento”, esa factura rica que escondía adentro algo dulce. Esta
palabra significa lo mismo que “misterio”, pero hoy se la emplea casi
exclusivamente para hablar de los “siete sacramentos” que celebra el
sacerdote en bien de los fieles. No obstante, el Concilio volvió a
hablar de la Iglesia como “sacramento de la unidad del género humano”.
Y hoy también decimos que “el cristiano está llamado a ser el
sacramento de Cristo en el mundo”. Conociendo a un cristiano cabal
cualquiera debiera conocer a Cristo.
7. Las tres palabras
mencionadas coinciden en significar algo que está más allá de su
apariencia. Y ese algo es siempre Cristo, el cual se da a conocer por
la Iglesia, por los cristianos y por las celebraciones litúrgicas.
Pero entre todas las aplicaciones que hacemos de las tres palabras, la
que más se destaca es la que hacemos de la Eucaristía. Ella es el
acontecimiento de gracia por excelencia, el misterio cristiano más
profundo, el Santísimo Sacramento por antonomasia.
III. El
Santísimo Sacramento de la Eucaristía
8. Sin muchas
etimologías como las que recién hice, el cristiano común sabe que la
Eucaristía es mucho más que lo que aparece. Parece un pedazo de pan,
pero es el Cuerpo de Cristo. Como cuenta San Lucas: “Jesús tomó el
pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: Esto
es mi Cuerpo que se entrega por ustedes” (Lc 22,19). Incluso parecen
muchos los pedazos de pan (u hostias consagradas), pero el Pan de Vida
que se parte es uno solo, y hace que los que participamos de él
también seamos uno solo. Como les explicó el Apóstol San Pablo a los
corintios: “El pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de
Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos,
formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1 Co
10,16-17). No por nada el pueblo cristiano entre todos los signos
sacramentales privilegia el de la Eucaristía, y lo llama con razón el
Santísimo Sacramento del Altar, cuyo misterio me esforzaré por exponer
en los próximos mensajes.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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