Documentos  
 

¿POR DÓNDE CAMINAMOS EN LA PASTORAL SOCIAL?


Apuntes para la Charla de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo de Resistencia y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, en la Jornada de Delegados Diocesanos de Pastoral Social, en la Casa de Ejercicios Mons. Aguirre
(San Isidro, 31 julio-1 agosto 2004)


NB.
Aquí se retoman muchas reflexiones expresadas
en mensajes dominicales y conferencias anteriores.



I.
¿POR DÓNDE CAMINAMOS?


1. En el material de invitación a este Encuentro, elaborado por el Secretario Ejecutivo de la CEPAS, P. Jorge Luis Lagazio, y un grupo de Delegados de diversas regiones, se propone como tema “¿Por dónde caminamos en la Pastoral Social?”. Y se explicita así: “Se pide a monseñor Giaquinta que haga una presentación como presidente de la CEPAS: a) cómo ve la Pastoral Social?; b) cómo está caminando la CEPAS?; c) Proyección de la Pastoral Social”.

En torno a esto vale la pena hacer algunas precisiones, para enfocar bien el tema.


Complejidad de la Pastoral Social

2. Como les dije el año pasado, al decir “Pastoral Social” estamos utilizando una noción compleja, con múltiples significados, no contrarios, sino complementarios, que se refieren a un amplio abanico de iniciativas y actividades. Unas apuntan a tareas prácticas para humanizar situaciones dolorosas que ofenden la dignidad de seres humanos concretos, que nos miran esperanzados como el paralítico a la puerta del Templo (Hch 3,2-5). Otras apuntan a la luz y al aliento que la Iglesia debe dar a sus hijos y a todos los hombres que quieran recibir su mensaje, para iluminar el campo de la vida por donde han de marchar y así sortear las dificultades que obstaculizan construir una Patria de hermanos.

A esta complejidad de la Pastoral Social me referí en el Encuentro de Delegados del año pasado, al compararla al tronco de un inmenso timbó (la doctrina social de la Iglesia), con tres grandes ramas: a) la acción de asistencia y promoción de la Iglesia; b) la catequesis del cristiano como ciudadano de este mundo; c) el diálogo con la sociedad.

* Por lo mismo, al preguntarnos “Por dónde caminamos en la Pastoral Social”, nos estaremos preguntando por esta compleja realidad. Responderemos a esta pregunta entre todos, y no yo solo. Y en gran parte para esto hemos concurrido a estas Jornadas.


La Pastoral social es una acción orgánica

3. Por “Pastoral social” se entiende siempre una acción orgánica de la Iglesia: sea de la gran comunidad diocesana, sea de la comunidad parroquial, o de la pequeña comunidad de la capilla de barrio, o del grupo cristiano reconocido por el Obispo. No es sinónimo del testimonio personal que el cristiano ha de dar bajo su propia responsabilidad en las circunstancias que le tocan vivir. Éste puede ser fruto de una Pastoral Social, pero no es Pastoral Social. Incluso, la Pastoral Social podrá recoger testimonios de cristianos que viven su fe apasionadamente en lo social y proponerlos como paradigmas a imitar. Pero estos serán siempre de la responsabilidad propia de cada uno.

* Por ello, al preguntarnos “Por dónde caminamos”, estaremos siempre en el ámbito comunitario de la Iglesia: cómo ésta se mueve en lo social.


Instrumentos de la Pastoral Social

4. En el Programa de estas Jornadas, por “Pastoral Social” se entiende además un instrumento de la misma: la Comisión Episcopal de Pastoral Social, o también la Diocesana, o la parroquial, o la obra “social” reconocida por el Obispo.

Toda acción humana necesita instrumentos. Para comer necesitamos las manos y los dientes. Y también la mesa y los cubiertos. Para andar, las piernas, y la bicicleta o el automóvil. Etc. También la Pastoral Social necesita instrumentos. Y tanto para animar pequeños esfuerzos de caridad al alcance de la comunidad más humilde, como también las iniciativas de concientización ciudadana de amplia resonancia nacional.

* Por ello, al preguntarnos “¿Por dónde caminamos?”, nos referiremos necesariamente al movimiento de pensamiento y acción que ponemos en marcha con estos instrumentos. Pero no hemos de olvidar que lo importante no son estos, sino el movimiento que con ellos generamos.

Por lo que atañe al camino andado por esta Comisión Episcopal, bien puede hablar sobre ello el Secretario Ejecutivo. En cuanto a lo andado por cada Comisión diocesana lo podrá hacer cada uno de Ustedes.


Conocer el campo político-social por el que caminamos

5. Por último, y para mí hoy lo más importante, al hablar de “Pastoral Social”, hemos de atender a la primera parte de la pregunta: “por dónde caminamos”. O sea, cuál es el campo político-social por el que hemos de caminar, en qué estado se encuentra. Difícilmente se nos ocurra que es un jardín de rosas, o una tierra bien arada. Pero ¿cómo es? ¿Es un desierto, una montaña pelada, un malezal, un bosque tupido? ¿Es un campo minado? Pongan Ustedes la imagen que mejor les expresa cómo ven hoy el campo político-social argentino en el que ha de caminar o actuar esta Pastoral. Y pregúntense por las causas de cómo y por qué se llegó a ese estado.

Sólo conociendo a fondo el campo político-social, podremos caminarlo bien; es decir, sabremos reconocer las dificultades a superar, adoptar las actitudes correspondientes para enfrentarlas, determinar las medidas adecuadas, elegir los instrumentos aptos para ponerlas en práctica, y así transformar este campo, de modo que, sin ser el cielo, deje de ser el infierno en el que lo hemos convertido.

Si se olvidase esto, la Pastoral Social no sería tal. Sería, a lo sumo, un cúmulo de corazonadas, de denuncias al aire, de acciones bienintencionadas, pero que tal vez alimentan la misma situación que intentamos remediar. Nada de eso es caminar. Apenas un andar a tientas.

Me animo a decir que conocer el campo social es una de las dimensiones más importantes de la Pastoral Social. Y lo que digo de la Pastoral vale de la Política en general, y de la Social en particular.

 

Diagnosticar la situación político-social

6. “Conocer” el campo social significa no sólo ver los efectos, sino entender las causas, sus raíces. Es decir, diagnosticar el mal social que padecemos.

Sobre esto hay con frecuencia un equívoco. A muchos, incluidos políticos ilustres de los partidos más importantes, y también a sindicalistas conocidos, les escuché decir: “el diagnóstico es fácil y lo conocemos. Lo difícil es encontrar la solución”. Todo lo contrario. Si hay algo que en la Argentina no se sabe hacer es el diagnóstico de los males sociales que padecemos. Se confunde “sentir síntomas” (“me duele aquí”, “me duele allá”), de los cuales nos quejamos con mucha frecuencia, con “diagnosticar”, cosa que casi nunca hacemos, e incluso vituperamos a quienes lo intentan. De lo primero (sentir síntomas) es capaz el paciente. De lo segundo (diagnosticar), sólo un buen médico. Cuando se logra un buen diagnóstico, es relativamente fácil establecer la terapia adecuada. Si en la Argentina no se acierta con ésta, es porque el diagnóstico no está hecho, o se lo ha hecho mal.


7. ¿Por qué nos sucede esto? Sospecho que porque los argentinos tenemos un miedo visceral (cultural) a desnudarnos espiritualmente y reconocer nuestras deformidades sociales. No tenemos la valentía de admitir que el mal social que nos enferma está inoculado en nosotros, en nuestra idiosincrasia. Preferimos engañarnos argumentando que se trata de un virus extraño. Y por ello rehusamos someternos a un buen examen en vista del diagnóstico. Y nos resistimos a adoptar la terapia que nos curaría. Pero ya estoy adelantando mi diagnóstico.

* Como pueden apreciar, en esta charla quiero detenerme especialmente en la primera parte de la pregunta que ustedes me formularon: ¿Por dónde caminamos?



II. EL X° CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL: UNA LA LUZ PARA CONOCER POR DÓNDE CAMINAMOS


8. A un mes del X° Congreso Eucarístico Nacional a realizarse en Corrientes, la Oración preparatoria puede ser como un faro que nos ayude a reconocer el campo político-social por dónde estamos caminando, ver las dificultades a superar y divisar el horizonte hacia el cual marchar. La misma hace referencia a una serie de gracias “sociales” que los argentinos necesitamos urgentemente, y que hemos de implorar con gran fe. Recordemos algunos versículos:


1° “que nos diste a tu Hijo Jesús, para que... fuera el alimento de los valores que nos identifican como pueblo”;

2° “que nos devuelva a Jesús, como autor de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano”;

3° “que tu Hijo genere hombres y mujeres honestos y capaces, que amen y sirvan a la Patria”;

4° “que haga posible la reconciliación de nuestra sociedad, herida por la división y el desencuentro”;

5° “que establezca la auténtica solidaridad con quienes están más heridos a causa de la injusticia y la pobreza”;

6° “que ocupe el corazón del pueblo argentino e inspire sus proyectos y esperanzas”;

7° “que aliente nuestro fraterno gesto de partir el pan y nos otorgue su paz”.



III. CAMINANDO POR UNA SENDA BARROSA


9. Lo que diga a continuación me atañe exclusivamente, porque aunque sea presidente de esta Comisión Episcopal, no he chequeado mis ideas con las de mis pares. Las ofrezco con sencillez, sin la pretensión de que Ustedes estén de acuerdo con ellas, y menos de que las tomen como materia a discutir, sino sólo como disparadores de la reflexión de estos días. Lo importante no es lo que yo diga, sino lo que logremos ver entre todos.


10. “¿Por dónde caminamos en la Pastoral Social?” ¡Flor de pregunta! Como sugerí antes, la misma suscita diversas imágenes. Pero casi todas hablan de un camino arduo a recorrer, y por largos años. Y que constituye un verdadero desafío al que no podemos escapar los cristianos.

“¿Por dónde caminamos?” La pregunta se parece bastante a otra con que me enfrenté en noviembre pasado en una conferencia en la Universidad de Maguncia (Alemania) organizada por Adveniat: ¿Cuál es el punto en que se encuentra hoy la crisis de la Argentina?”. La respondí así: “Mirando este instante, pienso que es una oportunidad propicia y delicada”. Y explicaba esta respuesta de la siguiente manera:

“Oportunidad: porque nunca se nos dio a los argentinos una situación con esta intensidad, y no hemos de desperdiciarla.

“Propicia: porque como nación estamos probando la humillación, y ello puede ser el inicio de un pueblo sabio.

“Delicada: a) porque pasado el momento de máximo pesimismo, esta oportunidad podría ser mal aprovechada reincidiendo los argentinos en el espíritu mágico que nos ha caracterizado durante las últimas décadas, descargando nuestras responsabilidades nuevamente en un líder, y no asumiendo el esfuerzo y compromiso que nos corresponden a los ciudadanos en la reconstrucción de la República; b) también podríamos equivocarnos desconociendo la gravedad de la crisis reduciéndola al nivel puramente económico. Tal error podría llevarnos en corto tiempo a sufrir un colapso político y económico mucho más grave que el sufrido en 2001. No hemos de olvidar nunca que la crisis es moral y cultural”.


11. En la declaración “Necesitamos ser Nación”, publicada al final de la Asamblea Plenaria de abril, los Obispos recogimos una pregunta similar: “¿Acaso, hemos salido de la crisis?” Y la respondimos así: “Nuestra visión exitista nos puede hacer ilusionar una vez más en que nuestra salvación consiste en el incipiente repunte económico por el que atravesamos. Si las causas de crisis son tan hondas, el camino a recorrer será arduo y no exento de sacrificios”.


12. Hoy son ustedes quienes me preguntan “¿por dónde caminamos?” Se me ocurre responderles así: “por milagro, zafamos de una ciénaga, y hoy andamos por un camino barroso. Pero ¡cuánto nos falta para llegar al asfalto!”. Tengan presente que cuando digo “camino barroso”, pienso en el barro arcilloso del Chaco. Por ejemplo, en el camino que une Charadai con Cotelai. Para superarlo “hay que ser barrero”, dice la gente. Porque si te confiás mucho, te tira a la zanja. Los que estamos en la Pastoral Social tenemos que ser “barreros”; es decir, tener inteligencia de lo que pasa, tacto para tratar los asuntos sociales, y, si es preciso, tragarse algún sapo para no agravar una situación. Y así ayudar a nuestra Patria a desencajar del barro y salir adelante.


13. “¿Por dónde caminamos?” Para responder la pregunta no puedo prescindir de mi experiencia de vida. Ésta comenzó pocos días antes de la Revolución del 6 de septiembre de 1930. A partir de entonces, la Argentina entró en caída libre cada vez más vertiginosa, hasta el golpazo brutal que nos dimos el 20 de diciembre de 2001. ¿Hemos caído del todo? ¿Ya hemos comenzado a levantarnos?

Para muchos jóvenes esta apreciación de la caída libre tal vez sea incomprensible, pues no conocieron otra situación. Pero no somos pocos los que todavía sabemos de dónde nos hemos precipitado los argentinos. Sin ceder a la fantasía de que éramos una potencia, éramos ciertamente una promesa para un mundo ávido de paz y trabajo. Y por ello, desde 1870 hasta 1930, millones de trabajadores europeos se volcaron a nuestras playas. Y después de la segunda guerra mundial, desde 1945 hasta 1960, no pocos repitieron la proeza. Hoy, en cambio, somos una curiosidad para los pocos turistas europeos que nos visitan, y, al filmar la joya arquitectónica del Congreso Nacional, contemplan azorados cómo es atacado por travestis y piqueteros, y se enteran de que allí se repartieron sobres para comprar leyes. Es para llorar. ¿Por qué esta decadencia?



IV. CAMINANTE SOLITARIO


Peso relativo de lo económico

14. De ningún modo niego el aspecto económico de nuestra caída, en especial el empobrecimiento generalizado que supera todo lo imaginado. Ni tampoco el dato particular de la Deuda Pública, que si bien ha sido objeto de risa en la tira cómica “La Nelly” de Clarín, no deja de afligirnos en la realidad cotidiana. Lo económico le agrega a la crisis una especial dificultad para superarla. El hombre en la penuria, obligado a satisfacer necesidades elementales, es fácilmente distraído de sus responsabilidades en la reconstrucción del País, salvo que sus dirigentes lo motiven especialmente. Pero omitiré aquí referirme al aspecto económico que, aunque muy grave, es coyuntural, y procuraré explayarme en aspectos de la crisis que juzgo más profundos.


Solipsismo

15. En el fondo de la crisis argentina existe un problema fundamental. Lo formularé así: los argentinos hemos sido criados en una falsa autocomprensión de nosotros mismos, que no se corresponde con la realidad, y caímos en un solipsismo enajenante que nos lleva a prescindir de la sociedad y del mundo en que vivimos. De allí, nuestro descompromiso ciudadano. De allí también, la falta de una inserción clara en el concierto de las naciones. De allí, nuestra crisis recurrente.

Ejemplos pueden ponerse muchos. Entre otros, como veremos en su momento: la mala comprensión de lo qué es público, o la falsa noción del Estado. Un ejemplo claro de solipsismo es nuestro comportamiento con otros pueblos, especialmente con los latinoamericanos. Hasta no hace mucho, no tolerábamos ser considerados como tales. Cuando salía el tema, siempre teníamos una apostilla que agregar: “Pero nosotros no somos latinoamericanos como los otros, como los mejicanos, los brasileños, o los caribeños”. Supusimos que la mayor presencia de sangre europea era un certificado de superioridad del argentino, y por tanto de nuestra preeminencia en todos los campos (económico, político, científico, cultural, deportivo), y ello al margen de todo esfuerzo. El argentino tipo se pone siempre aparte, jamás acaba de involucrarse. Recordemos el famoso dicho: “¿Yo? Argentino”. Él es él. Él es su mismo universo. Como individuo llega a brillar. Pero excepto en el deporte, que exige esfuerzos denodados del director técnico, casi nunca el argentino brilla como equipo. Se parece más a un caminante solitario que a un peregrino que marcha en grupo.


Comprensión falsa de la grandeza de la Argentina

16. El autoengaño sobre el argentino nos llevó también a engañarnos sobre la Argentina y sus posibilidades. El hecho que nuestro territorio fuese extenso (2.700.000 kms2, sin contar el sector antártico), nos indujo a pensar que por ello mismo la Argentina era grande. La variedad de climas y de tierras la interpretamos como riqueza real en vez de calcularla sólo como riqueza potencial a la espera del trabajo humano. Actitud del todo infantil, que nos ha llevado a construir una Argentina vistosa, pero frágil como un castillo de arena en la playa.

* Sería oportuno que Ustedes identifiquen momentos claves de autoengaño colectivo. Sugiero uno: la guerra del Atlántico Sur. Y esto sin desmerecer la vida que ofrendaron nuestros muchachos por un pedazo de tierra que históricamente nos pertenece.


Causas estructurales y espirituales de nuestro descaminar

17. Según mi manera de ver, hay dos tipos de causas de nuestra falsa autocomprensión. Unas, más visibles y estructurales. Otras, más espirituales. Pero ambas en profunda interrelación, dando origen a una idiosincrasia que, junto a muchos valores que nos pueden hacer resurgir, tiene también un lastre que nos impulsa a la decadencia. (Todo lo contrario de lo dicho por el presidente Duhalde: “La Argentina está condenada al éxito”). De éstas causas negativas, unas son superables en el mediano plano si se adopta una educación totalmente nueva del argentino como ciudadano. Otras, lo podrán ser sólo en el muy largo plazo si se adoptan políticas de estado que se mantengan por muchos decenios. Trataré de ambas causas indistintamente.

¿Cuáles son? ¿Cuándo se generaron? ¿Cómo evolucionaron hasta engendrar la falsa autocomprensión que los argentinos nos hemos formado de nosotros? ¿Cómo podríamos hacer para que aquello mismo que causa nuestra decadencia se convierta en cantera para la reconstrucción? No es fácil responder. Pero vale la pena intentarlo. Ofrezco algunas ideas a la discusión.



V. ¿POR QUÉ ANDAMOS DESCAMINADOS?


La generación de 1880: identidad inconclusa

18. Para algunos la crisis argentina se origina en el abandono de los ideales de la generación del ochenta (1880). Ésta significó mucho para la Argentina: inmigración europea, ferrocarriles, establecimiento de industrias para la elaboración de la materia prima, escuela pública gratuita y obligatoria, integración al mundo. A esa generación se debe sin duda el momento de esplendor que conoció la Argentina a comienzos del siglo XX.

Pero como toda obra humana, la generación del 80 fue también una obra imperfecta. Ahora, más que canonizarla o condenarla lisa y llanamente, como solemos hacer los argentinos (nos gusta jugar a blanco o negro), deberíamos perfeccionarla. Pues nuestra crisis de identidad posiblemente se origine en el abandono de algunos elementos fundamentales de lo que hizo esa generación, y también en sus omisiones y desaciertos.


Confusión sobre nuestros orígenes

19. Uno de los principales desaciertos de la generación del 80 posiblemente haya sido el iluminismo de creer que la Argentina no tenía pasado. Que todo comenzaba entonces, o a lo sumo en 1810.

A pesar de todos los méritos de mi escuela primaria (1936-1941), en ella se nos inculcó el desprecio por “la Colonia”; es decir, por nuestros orígenes criollos; y, por tanto, hispanos, indígenas y católicos. Nos decían que habíamos nacido con la Revolución de Mayo, sin distinguir entre nación y estado independiente. Los casi tres siglos anteriores desde que los españoles ingresaron con sus naves en el Río de la Plata en 1515, prácticamente no contaban. Un período de tiempo mucho más largo que los 194 años vividos desde entonces, y que ciertamente dejaron su impronta profunda en nosotros, eran borrados de un plumazo. Mucho menos contaban los siglos anteriores a los españoles: siglos de indígenas afincados en los Andes y relacionados con los incas del Perú; siglos de indígenas cazadores y recolectores en las selvas y llanuras, relacionados con los aborígenes de la Amazonia. Y por lo mismo, no contaba la población criolla e indígena. Siendo estudiante en Roma en 1949 recuerdo haberme ofendido cuando me preguntaron sobre el porcentaje de población indígena que tenía la Argentina.


20. Hay una ley ineludible en el ser humano: quien no conoce o desconoce a su madre, pena durante toda su vida buscándola. ¿No ha sucedido esto con el argentino que desconoció su herencia telúrica y “colonial”? Hubo que esperar al coronel Perón y a Evita en 1945 para que los “cabecitas negras” volviesen a tener un lugar en la Nación. Sin embargo, eran ellos los habitantes más antiguos de estas tierras. Y fueron ellos los que engrosaron los ejércitos de Belgrano y de San Martín y lucharon por nuestra independencia de España.


Dolorosa metamorfosis del argentino

21. Al reflexionar sobre los elementos que hacen a la profunda crisis argentina, no podemos omitir el fenómeno inmigratorio, al que ya aludí, y que se vivió desde 1870 a 1930, con su colofón entre 1945 y 1960. Fenómeno colosal, como lo han vivido pocas naciones del mundo. En esos años la Argentina se europeizó, y Europa se mestizó en la Argentina. El italiano se casaba con la irlandesa. La gallega con el vasco-francés. Y el tirolés con la paraguaya. En mi escuela primaria sólo el papá de un compañero era argentino. Hoy los mayores advertimos con cierto temor que estamos dejando de ser blancos para volvernos mestizos, igual que los demás pueblos latinoamericanos, pues nuestras madres y abuelas ya no son italianas y españolas, sino de tierra adentro, y paraguayas, bolivianas o chilenas del sur. En las escuelas del Gran Buenos Aires es difícil encontrar un apellido italiano en la lista de los alumnos, pues ahora todos son hispanos y de la época colonial. Lo mismo que si estuviésemos en una escuela de Colombia. Y los chaqueños tememos con razón que pronto no será posible cantar la canción a “la oma, que era una linda alemana”, porque nadie la comprenderá.

¿Los argentinos estamos perdiendo la identidad? ¿O la estamos readquiriendo? Pero esto no podrá darse volviendo simplemente a la Argentina de “la Colonia”, pues no en vano han pasado 194 años desde 1810. Ni tampoco ha sucedido en vano el proceso inmigratorio europeo.


El regreso a Europa

22. Además, hoy existe el fenómeno de la migración a la inversa: el retorno de los argentinos a la tierra de sus abuelos. ¿Qué significa? ¿Responde sólo al ansia de progresar, como la tuvieron los abuelos al embarcarse para la Argentina? ¿Es una respuesta transitoria al estímulo que se da desde Europa por medio del derecho a la doble nacionalidad para enfrentar los problemas que causa la baja natalidad del viejo continente? ¿O tal vez hay causas internas que hacen que muchos argentinos se sientan incómodos en la tierra que los vio nacer y los empujan a emigrar?


Necesidad de una política demográfica

23. En la Argentina se precisa una política poblacional. Mi ignorancia en esta materia es grande. Sin embargo, me permito decir que no advierto ninguna política al respecto. Excepto el voluntarista proyecto del presidente Alfonsín de llevar la capital de la República a Viedma-Carmen de Patagones, - que siendo obispo auxiliar de Viedma me encantó -, ni se piensa en poblar la Patagonia. Nos pareciera lo más normal que ésta debe seguir siendo un espacio vacío (600.000 km2). Y nos ponemos nerviosos y agitamos el cuco del Plan Andinia, según el cual los israelíes proyectarían fundar allí un estado judío, en vez de pensar que la tierra que poseemos pertenece primeramente a toda la humanidad, y que la soberanía argentina sobre esos territorios no es un valor absoluto, sino el derecho y el deber que nos ha confiado Dios y la historia de administrarlos “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino” (Constitución nacional, Preámbulo). A pesar de nuestra larga tradición inmigratoria, hoy no estamos en condiciones de prestar ayuda a los millones de refugiados que hay en el mundo. Es penoso el trato que hemos dispensado a los laosianos que vinieron a la Argentina. Incluso, hoy no sabemos acoger a los pueblos vecinos que quieren venir a trabajar.


24. El problema muestra toda su gravedad cuando observamos la política poblacional interna. ¿Con qué criterios se levantaron muchos ramales de ferrocarriles que dieron vida a tantísimos pueblos del interior? ¿O se cerraron las industrias que dieron origen a ciudades importantes? (Sierra Grande, Gral. Mosconi). ¿Por qué se sigue impulsando el crecimiento del Gran Buenos Aires? ¿Qué significa el fondo de reparación histórica del que se ha beneficiado la provincia de Buenos Aires? ¿Por qué no se piensa más bien en reparar a las Provincias marginales cuya riqueza y población es succionada desde la Capital Federal? ¿Cuáles son las políticas que se trazan en las Provincias para que la gente florezca en su propia tierra y no se sienta empujada a irse a la Capital federal o provincial? ¿A qué criterios responden los planes de vivienda que se construyen en las periferias de las ciudades del interior?


25. En la misma Iglesia, no entendemos el desafío que la migración interna plantea a la pastoral. Son muchos los adolescentes que emigran sin escuela completa y sin catequesis de iniciación cristiana. La migración no es un simple cambio de domicilio. Es un drama humano y pastoral. Insertarse en una nueva comunidad cristiana puede demandar años. De modo que emigrar sin catequesis puede implicar la pérdida de la fe y el agravamiento del drama de la emigración.


La macrocefalia capitalina

26. La macrocefalia de Buenos Aires nos marcó fuertemente a los argentinos. Desde los libros de textos de la escuela primaria se nos metió la idea de que éramos grandes porque Buenos Aires lo era. Recuerdo el cuadro comparativo de las grandes ciudades del mundo. Buenos Aires venía casi enseguida después de Nueva York, Tokio y Londres. Y si mal no recuerdo, antes de París y Berlín. Roma, en cuanto a extensión y población, era casi una aldea en comparación con Buenos Aires. Y no figuraba ninguna ciudad latinoamericana: ni México, ni San Pablo.

En 1980, cuando fui a Río Negro como Obispo auxiliar de Viedma, hice un descubrimiento doloroso. Residía en el Alto Valle (una zona en el desierto rionegrino, con canales de riego, y grandes plantaciones de frutales), y me impresionaba su pujanza. A los tres meses tuve que hacer un viaje a Buenos Aires. Desde el avión mi ciudad natal lucía hermosa. Sin embargo, al verla brotó en mí un sentimiento de profunda tristeza. ¿Qué comparación podía sostener ese gigante de cemento frente a la personalidad de las pequeñas ciudades del Alto Valle? “¡Qué lástima!, me dije. Somos una Nación con una megápolis de diez millones, y no con cien ciudades de cien mil de habitantes”. Un País con una cabeza desproporcionadamente grande y un cuerpo largo, raquítico y despoblado.

La macrocefalia del Gran Buenos Aires hace a la idiosincrasia argentina y la deforma profundamente. Lo que no acontece en Buenos Aires es como si no aconteciese. Lo que no se dice allí es como si nunca hubiese sido dicho.


El argentino “aporteñado”

27. Lo peor es que el fenómeno de la macrocefalia tiende a repetirse en casi todas las provincias: gran capital y territorio provincial despoblado. Mientras las inundaciones de 1998 no tocaron a Resistencia, éstas no eran noticia. Cuando la sequía azota al Chaco y se está muriendo el ganado, no suele merecer un titular de los diarios. Se dice que el “porteño” no mira más allá de la avenida General Paz. Y es verdad. Pero esto vale de los demás habitantes de casi todas las capitales de provincias argentinas. En general, el argentino vive a espaldas y a costillas del campo.


El gigantismno del Estado

28. La macrocefalia de Buenos Aires alentó en gran medida el gigantismo del Estado nacional. Esto vale también de casi todas las capitales de Provincia y de los respectivos Estados provinciales. Pues sin las fuentes de trabajo necesarias, ¿de qué se puede vivir en una ciudad no preparada para recibir el aflujo de inmigrantes rurales? La forma menos deshonesta pareciera ser alentar el crecimiento del Estado. Lo cual no deja de ser una perversión. Porque la finalidad del Estado no es crear puestos de trabajo, sino promover el bien común y administrar justicia. Para lo cual ha de contar con estructuras adecuadas. Ni grandes, ni chicas. Adecuadas. Contra lo cual conspira la creación indiscriminada del empleo estatal. La cual, a su vez, origina muchos otros males económicos y morales.


29. Con esto no olvido que antiguamente el Estado argentino se restringió muchas veces a cumplir la función de policía en favor de los poderosos, realizando incluso matanzas de aborígenes y de trabajadores.

Pero lo cierto es que el Estado argentino se desbordó. A partir de 1930, y sobre todo bajo el peronismo y el radicalismo, durante sesenta años el Estado llegó a ser omnipotente y omnipresente. Incluso durante la ola neoliberal del ex presidente Menem, y a pesar de la privatización de las empresas del Estado, éste continuó creciendo. Y continúa todavía.

En la conciencia colectiva el Estado es considerado aun hoy como un dios, que existe desde siempre, que todo lo puede, a quien nada malo nunca le podrá suceder. Hasta las deudas de empresarios particulares fueron asumidas por el Estado. Y ello se hizo sin la menor idea de que tales deudas las pagaban proporcionalmente los demás ciudadanos, los cuales no eran consultados al respecto.

Tal concepción mágica del Estado aún no ha sido superada. Para muchos el fracaso del neoliberalismo de los 90 probaría lo justa que habría sido la concepción estatista anterior, y que el futuro argentino consistiría en volver a ella.


La desmoralización del pueblo

30. Pero más que el daño económico, el peor efecto del estatismo ha sido la degradación espiritual de amplios sectores del pueblo: a) la pérdida de la confianza en sí mismo para enfrentar los problemas personales y familiares; b) el descenso en la calificación profesional y moral del trabajador; c) la esperanza falaz de que el Estado soluciona todo; d) la actitud protestona y pedigüeña siempre a la espera de la dádiva.


Otros costados enfermos que nos hacen andar rengos

31. Hay muchos costados más donde nuestra enferma Argentina acusa dolor, y la hacen andar renga, y que habría que analizar. Pero hoy no me es fácil hacerlo, pues debo predicar los Ejercicios Espirituales a los seminaristas filósofos del Seminario Interdiocesano La Encarnación de Resistencia. Sólo enumero los que en este momento se me ocurren. Y agradezco las sugerencias que me puedan dar al respecto para desarrollarlos posteriormente. A saber:

a) La crisis de representación de los grandes partidos políticos;

b) El clientelismo político;

c) La crisis del trabajo;

d) La crisis de representación de los sindicatos;

e) El “piquetero”, el piquete, el “piqueterismo”;

f) El “gorilismo” (medios, empresarios, partidos, sindicatos);

g) El abuso y la falta de autoridad;

h) Decadencia de los Medios y del periodismo;

i) La crisis de la escuela;

j) La crisis de la Universidad;

k) La falla de las instituciones;

l) Desde la soberbia a la humillación de las Fuerzas Armadas;

m) Exceso de requerimientos al episcopado.



VI. ¿CÓMO REENCAMINARNOS POR LA BUENA SENDA?


Camino arduo, largo y con varios carriles

32. La superación de la crisis señalada, con sus diferentes niveles y frentes, no se hará con declamaciones. Exige conocer el problema argentino en toda su complejidad, y establecer luego algunas puntas de lanza para atacarlo. Y decidirse a trabajar en ello por largos años. Como dijimos los Obispos recientemente: “Revertir este proceso demandará mucho tiempo y heroicos esfuerzos.. Si las causas de la crisis son tan hondas, el camino a recorrer será arduo y no exento de sacrificios” (15-V-04).

Una primera punta de lanza ha de apuntar a lo más inmediato: evitar que la pobreza siga creciendo y haciendo estragos en los niños y adolescentes, y cuidar mínimamente a los ancianos. Porque a mayor pobreza, mayor crisis de identidad y menor compromiso ciudadano.

Otra, que fructificará a más largo plazo: es establecer en la sociedad (en la prensa, en los partidos políticos, en el parlamento) un debate sincero, sin falsas susceptibilidades, de todos los problemas argentinos, en orden a crear una conciencia nueva sobre todo lo que atañe al compromiso del ciudadano y a la adopción de políticas de Estado.

Una tercera, la más profunda: es organizar una educación nueva, que plasme al nuevo ciudadano, y resuelva la crisis desde adentro. Y esto conjugando los esfuerzos de la familia, la escuela y la catequesis. Ojalá que también se sumasen los medios. Pero lastimosamente en gran medida están en la pavada.

Me referiré brevemente a cada una de ellas, pero enfatizando la primera y la tercera, porque en ellas la Iglesia se encuentra como en su casa. Y desde allí puede incidir en que se produzca la segunda, más propia de las instituciones del Estado, pero también las más reacias al cambio.



A. Enfrentar la pobreza y exclusión crecientes

33. El escándalo de la pobreza y la exclusión social es el primer desafío que los Obispos hemos visualizado en las nuevas Líneas Pastorales “Navega Mar adentro” (n°s 34-39). Para que la Iglesia se disponga a asumir su cuota de responsabilidad en la superación de este desafío, es preciso que perfeccione su obra caritativa. Para ello debe:

a) afianzar la figura de “Cáritas” como expresión y acción de la Iglesia entera en cuanto que se organiza para tender la mano a Cristo caído. Y esto, considerándose siempre como un pequeño germen profético de la caridad que debe transformar la sociedad;

b) perfeccionar a “Cáritas” diocesana y parroquial en el arte de asistir y promover al caído, superando la cultura de la dádiva;

c) fortalecer a “Cáritas”, hoy formada casi exclusivamente con voluntarios, mediante la mejor formación de éstos y la integración de un mínimo personal profesional rentado, de comprobado espíritu católico y apostólico (y todo, sin caer en la burocracia y sin exponer a las Diócesis a obligaciones económicas que luego éstas serán incapaces de sostener);

d) discernir las circunstancias y la manera cómo “Cáritas” debe colaborar con el Estado, sin favorecer al espíritu neoliberal que lleva a que el Estado se desentienda de las obligaciones que le son propias en materia social.

e) evitar que “Cáritas” adopte el modelo existente en otras naciones, un ente más bien laical, que asume tareas que en la Argentina son propias de la Comisión de Pastoral Social y de Justicia y Paz, como son promover el diálogo entre sectores sociales opuestos, o la formación de la conciencia ciudadana;


B. Promover el diálogo argentino

34. Es fundamental proseguir la Mesa del Diálogo Argentino, convocada por el Gobierno nacional bajo el paraguas de la Iglesia Católica, y con el apoyo técnico de las Naciones Unidas, del que pronto el Gobierno se desentendió, pero que continúa a través de una Coordinadora pluralista, que avala esta Comisión Episcopal de Pastoral Social.

(NB: Conviene aquí escuchar a alguno de los protagonistas de la primera hora).


C. Educar al cristiano en su compromiso ciudadano

Una tarea necesaria

35. El año pasado me referí con bastante amplitud a este punto. El Estado, la Iglesia y otras fuerzas sociales podrían destinar todas sus fuerzas a enfrentar la pobreza y la exclusión social, pero si no se cambiase el supuesto desde el cual enfrentar esa lucha, la misma estará perdida de antemano. Sería como pretender llenar un barril sin fondo. Por ello, mientras la Iglesia mejora su acción caritativa, debe promover urgentemente una acción catequética y educativa mucho más profunda: educar la conciencia del ciudadano. Y ello porque sólo una ciudadanía que acepte ser solidaria en el desastre acaecido en la Argentina y asuma en conjunto los esfuerzos de la reconstrucción, podrá poner remedio definitivo a la pobreza y exclusión social, lo mismo que a tantos vanos enfrentamientos.


Una tarea difícil y en soledad

36. Esta tarea no le será fácil a la Iglesia, pues, aunque pueda parecer petulante, se halla casi sola en este cometido. De modo que necesita de un gran convencimiento de parte de sus hijos más íntimos. En la Argentina no se acepta la corresponsabilidad de lo acaecido. Y por tanto tampoco se asumen los esfuerzos para sacar al País del presente marasmo. La responsabilidad de lo acaecido es siempre del otro: de De la Rúa, de Menem, de Alfonsin, de la dictadura, de la guerrilla, de las escuelas del Pentágono en el Caribe, del Plan Conintes, de los “gorilas”, de los fusilamientos de José León Suarez, de la revolución contra Perón. Y así hasta llegar a Rivadavia por el préstamo que hizo a la Baring Brothers.

No bien se menciona la palabra “corresponsabilidad” con el pasado, se sacan a relucir teorías que la impugnan. Por ejemplo, la teoría de los dos demonios con respecto a lo sucedido en los 70, como si uno equiparase la guerrilla con el terror de Estado. O se interpreta que uno propugna “una culpabilidad colectiva” en la que se mezclarían justos con pecadores.

Tal vez la palabra “corresponsabilidad” no sea la exacta. Llámesela como se quiera (connivencia, consentimiento, negligencia, irresponsabilidad, “no te metás”, “mirar para el costado”, etc.). Lo cierto es que sólo los pueblos que aceptaron ser solidarios en las causas y efectos de la guerra que los llevó al desastre lograron levantarse.

En la Argentina han aceptado públicamente su corresponsabilidad las Fuerzas Armadas y la Iglesia. El presidente Duhalde amagó una tibia confesión en el mismo sentido. Pero en general no la aceptan los partidos políticos, ni los sindicatos, ni las demás instituciones públicas o privadas, ni los medios de comunicación.

El desastre argentino es visto como causado por un extraño espíritu malo. El recurso otrora muy frecuente a un complot internacional, es todavía una muletilla a la que se acude.

La ausencia de ruinas materiales impide a muchos apreciar la dimensión del abismo en el que hemos caído, y que se suscite el espíritu heroico de reconstrucción, como aconteció en Europa después de la segunda guerra mundial.

Además, el pueblo argentino ha sufrido el desengaño de sus dirigentes, que le han pedido reiteradas veces una cuota de sacrificio. “Hay que pasar el invierno”, dijo Alvaro Alzogaray siendo ministro de Economía en 1961. Y ya han pasado 43 años.

El partido justicialista, ampliamente mayoritario, que en teoría sería capaz de suscitar el espíritu heroico que la reconstrucción necesita, hasta ahora ha sido incapaz de provocarlo. Y ello en gran parte por las profundas contradicciones que sufre. A treinta años de la muerte de su fundador, ¿hay un peronismo, o un pentaperonismo: Perón, Menem, Duahalde, Rodríguez Sáa, Kirchner? La cosa es de preocupar, porque la Argentina es todavía una sola, pero de este modo se la somete al peligro de una fractura.


37. A pesar de lo difícil de la tarea y de la soledad en que se encuentra, la Iglesia debe acometer cuanto antes la tarea de educar al cristiano como peregrino del cielo y ciudadano de la patria terrena, sin excluir de ello a ningún hombre de buena voluntad. Y habrá de hacerlo sin ínfulas, con la mística del Evangelio, a partir de su pequeñez y pobreza: como la levadura en la masa, como la semilla que va germinando de día y de noche sin que el agricultor sepa cómo. Y con muchísima fe. Y con mucha, mucha, mucha constancia.



VII. PARA CAMINAR HACIA UNA PATRIA DE HERMANOS: DESMALEZAR SIETE VICIOS CAPITALES


38. Para sembrar la semilla del compromiso ciudadano, y así poder caminar hacia una Patria de hermanos, los pastores, catequistas y maestros católicos, habremos de tomar conciencia de algunos vicios capitales que, si bien no son exclusivos de los argentinos, están enraizados profundamente, y son como la maleza que impiden la siembra de una conciencia ciudadana nueva.


Desconocimiento de lo público (1°)

39. El argentino desconoce lo público. Desde la señora elegante que estaciona su auto delante de mi garaje y me impide ir a cumplir mis tareas pastorales, hasta el vecino humilde que tira la basura en una calle de tierra. En ambos extremos de la escala social y a lo largo de toda ella, hay muchísima gente que no tiene sentido de lo “público”. En vez de pensar que es lo que pertenece a todos, piensa que lo público no es de nadie. Y que, por tanto, con ello se puede hacer lo que a uno se le antoje. ¿Qué noción se puede tener así de la República? (Res publica = cosa pública).


Falta de respeto a la ley (2°)

40. La falta de respeto a la ley es otra característica del argentino. Basta observar la cantidad de motociclistas y automovilistas que pasan con el semáforo en rojo. La ley no es respetada en ninguna de sus instancias. Ni cuando es dictada (llama la atención la chatura conceptual de los fundamentos de muchos proyectos de ley). Ni cuando ha de ser cumplida por los ciudadanos. Y tampoco es debidamente castigado su incumplimiento.

La Palabra de Dios nos enseña a los cristianos a obedecer a la autoridad, pues viene de Dios (ver Romanos 13,1-7). Igualmente, a la ley civil que, salvo evidencia en contrario, se presume justa. E igualmente nos enseña a resistirla pacíficamente cuando la ley positiva fuese inicua; es decir, en contra de la ley natural y del bien común (Hechos 4,19; 5,29), aun cuando por ello hayamos de pagar con el pellejo.

La Iglesia debe considerar el mal que habría ocasionado la teoría moral, elaborada en Europa ante el despotismo de los reyes y emperadores, y ampliamente difundida entre nosotros por predicadores y catequistas, según la cual “la ley civil es meramente penal, y no obliga en conciencia”. Se la afirmaba irresponsablemente en mi adolescencia sin distinguir entre ley justa e injusta, ni entre ley positiva inicua y ley natural. Hoy casi nadie recuerda esa teoría, pero es ya parte integrante de nuestra incultura política y se la practica corrientemente y sin escrúpulos.


Prepotencia y matonismo (3°)

41. Otro rasgo que nos avergüenza es la prepotencia o matonismo, incluso en personas revestidas de autoridad. Ésta es la prevalencia de la fuerza sobre la razón. La TV muestra muchos ejemplos de matones, a quienes con frecuencia se los ensalza: deportistas, sindicalistas, políticos, “piqueteros”.


Falta de palabra (4°)

42. La famosa “fallutería”. Nuestros abuelos, que no siempre sabían firmar, se valían de “la palabra de honor”. Y la cumplían aún con gran sacrificio. Nada más vergonzoso que faltar a la palabra dada. Pero tristemente la palabra como valor social ha ido desapareciendo. Hace décadas se introdujo la praxis del “cheque volador” sin fondos. Prácticas como ésa han roto la amistad social entre los argentinos.

No es el momento de analizar la honorabilidad con la que nuestros ministros de economía salieron al primer mundo a vender bonos de la Deuda Pública. Pero lo cierto es que hemos quedado como palo de gallinero. Si bien muchos jubilados europeos y japoneses los compraron especulando, muchos otros compraron de buena fe, engañados por nuestra oferta y engañados por sus mismos bancos. Y no olvido a los jubilados argentinos, cuyos fondos de pensión fueron invertidos compulsivamente en la compra de tales bonos.

En los años venideros los argentinos tendremos la ardua tarea de reconstruir nuestra credibilidad a nivel internacional. Pero hemos de comenzar a reconstruirla en el trato diario. Los cristianos, que somos los hombres del Amén, hemos de honrar la palabra que damos, y ello en todos los niveles: personal y social. Si no, dejemos de pronunciar en nuestros rezos esa sacrosanta palabra.


Espíritu tramposo (5°)

43. De la mano de la falta de palabra va el espíritu tramposo, o arte de engañar al otro. Hemos debido inventar todo un diccionario para designar las diferentes formas que practicamos de hacer trampa, desde la más pequeña hasta la estafa gorda, sin olvidar a los famosos “ñoquis”.


La ley del menor esfuerzo (6°)

44. “De padres trabajadores, hijos cansados”, decía un refrán que ya corría en mi infancia, para señalar una característica que comenzaba a esbozarse en el argentino. Y también corría este otro dicho: “El vivo vive del zonzo, y el zonzo de su trabajo”.

Con la degradación del concepto del trabajo, con frecuencia se ha degradado al trabajador. Este es a mi entender el daño más grande que se le ha hecho a la Nación en los últimos setenta y cinco años. Mucho peor que la deuda externa, y que las heridas a los derechos humanos de la dictadura militar. Mientras el nazismo no logró destruir la voluntad de trabajo del pueblo alemán, ni el fascismo tampoco la del pueblo italiano, en la Argentina se logró herir la voluntad del trabajador. Y ello por muchas razones. Entre otras: a) por un complejo de los inmigrantes que aspiraban a que sus hijos no sufriesen lo que ellos; b) por un sindicalismo que muchas veces no entendió que la mejor defensa del trabajador consiste en capacitarlo en el plano profesional y moral; c) por la aguda sensibilidad existente sobre la mejor distribución de los ingresos, pero no respaldada por la correspondiente sensibilidad de producir más y mejor.


Huída del presente y vuelta morbosa al pasado (7°)

45. Es notable cómo los argentinos somos capaces de vivir ausentes en el presente. Lo paradojal es que, cuando estamos a punto de alcanzar el futuro, entonces volvemos nuestra mirada hacia atrás, y comenzamos a revivir el pasado como si fuese nuestro más atroz presente. ¿Tenemos alergia al presente y al futuro?

A fines de los 60 y comienzos de los 70, en aquel presente de la guerrilla revolucionaria, vivíamos ausentes. No quisimos ver lo que estaba sucediendo. En alguna sacristía llegó a ser de mal gusto mostrar dolor por el asesinato del general Aramburu: “No te preocupes tanto. Es un coletazo del exilio forzado de Perón, pero nada más. Además, no te olvides que fue el fusilador de los obreros”. Las acciones más atroces de la guerrilla tenían una explicación muy simple: “la violencia de arriba engendra la violencia de abajo”. Con ello bastaba. No pasaba nada grave. Después, a mediados de los 70, vino el presente de la cacería de las Fuerzas Armadas a cuanto joven entusiasta y pensante hubiese. Y entonces los argentinos también estuvimos ausentes. Cuando desaparecía un muchacho del barrio, se escuchaba la explicación consabida: “Y bueno... A mi casa no han venido. Si fueron a la de él, por algo será”.

Los argentinos no nos animamos a aceptar todavía que como pueblo fuimos consecutivamente guerrilleros y represores. Con nuestro silencio. Con nuestra falta de crítica. Muchas veces con nuestra complicidad. No tenemos la valentía que tuvieron los alemanes de aceptar su corresponsabilidad con el nazismo, aun cuando en la mayoría de los casos no hubiesen sido cómplices activos. Sin la corresponsabilidad de la sociedad argentina, la guerrilla no habría alcanzado la virulencia que logró. Ni tampoco las Fuerzas Armadas habrían podido encender el infierno que lograron atizar. Y de esta corresponsabilidad no excluyo a ningún sector de la sociedad: la universidad, los partidos políticos, los sindicatos, la prensa, muchos sectores de la misma Iglesia.

Nota Bene: Aquí puede recordarse con provecho cuanto expuse en agosto de 2003, en el punto V. “Por una conciencia ciudadana responsable” (párrafos 28-44).

Y, sobre todo, habrá que intentar un resumen de las tareas sociales más importantes a acometer. Tal vez la más decisiva para el futuro sea el rescate de la dimensión municipal del hombre (o la patria chica).


Resistencia, 26 de julio de 2004.

Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2008 AICA. Todos los derechos reservados.