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JESUCRISTO: PAN DE VIDA (4)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
8 de agosto de
2004
- Décimo noveno domingo durante el año
I. LA
RECONCILIACIÓN EN EL CUERPO DE CRISTO
1. “Reconciliación” es un concepto típicamente cristiano, que
expresa el fruto más propio de la venida de Jesucristo. Sin ella su
persona y su Evangelio serían incomprensibles. El apóstol San Pablo
echa mano a esta noción cuando se refiere a la superación del abismo
entre gentiles y judíos realizada por Cristo: “(Ustedes, los
gentiles), no tenían a Cristo y estaban excluidos de la comunidad de
Israel, ajenos a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios
en el mundo. Pero ahora, en Cristo Jesús, ustedes los que antes
estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Porque
Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos (judíos y
gentiles) en uno solo, derribando el muro que los separaba, y
aboliendo en su propia carne la Ley con sus mandamientos. Así creó con
los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona,
restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo,
por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. Y él
vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, para ustedes (los efesios
de la gentilidad), que estaban lejos; paz, también para aquellos que
están cerca (los judíos)”. ¡Cuán lejos estaba el apóstol de una
concepción antijudía! Fue el precursor de lo que hoy llamamos
concepción ecuménica de las relaciones entre los hombres. Y ello como
fruto de la fe en el Dios de Jesucristo, el cual, “quiso
reconciliar consigo, por medio de él, todo lo que existe en la tierra
y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz. Antes
ustedes eran extraños y enemigos de Dios. Pero ahora él los ha
reconciliado en el cuerpo carnal de su Hijo” (Col 1,20-22).
II. DOS CARACTERÍSTICAS CAPITALES DE LA RECONCILIACIÓN
2. Una característica de la reconciliación cristiana es que,
para restaurar la amistad dañada, Dios toma la iniciativa por medio de
su Hijo: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por
nosotros cuando todavía éramos pecadores. Si siendo enemigos fuimos
reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que
estamos reconciliados, seremos salvados por su vida. Y esto no es
todo: nosotros nos gloriamos en Dios, por medio de Jesucristo, por
quien desde ahora hemos recibido la reconciliación” (Rom 5,8.10).
Otra
característica es que el inocente asume el lugar del culpable. Y ello
a precio de la propia vida. Lo vemos con Jesús que, al morir en la
cruz, no culpa a nadie y disculpa a todos: “Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen”. (Lc 23,34). El apóstol Pedro lo
explica magistralmente aplicando a Jesús la figura del Siervo de Dios
anunciado por el profeta Isaías: “Él no cometió pecado y nadie pudo
encontrar una mentira en su boca. Cuando era insultado, no devolvía el
insulto. Y mientras padecía no profería amenazas; al contrario,
confiaba su causa al que juzga rectamente. Él llevó sobre la cruz
nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo, a fin de que muertos al
pecado, vivamos para la justicia” (cf. 1 Pe 2,22-24; Is 53).
III. RECONCILIACIÓN, EUCARISTÍA DOMINICAL Y SALUDO DE PAZ
3. La celebración de la Eucaristía dominical nos pone a los
cristianos ante la necesidad de reconciliarnos con Dios y con nuestros
hermanos. ¿Qué significaría comer el mismo Pan de Vida, pero
enemistados con Dios por el pecado y con el corazón lleno de rencor
hacia el hermano? Por ello la Iglesia nos enseña a acudir previamente
al sacramento de la Reconciliación. Y al comienzo de cada celebración
hacemos un acto de arrepentimiento, en el cual por tres veces pedimos
perdón a Dios. Y luego antes de recibir el pan de la eucaristía nos
damos el abrazo de paz.
Este gesto litúrgico es mucho más que un saludo común entre conocidos.
En nuestras celebraciones se suele ver a gente que gira por el templo
buscando a sus parientes y amigos para saludarlos efusivamente, pero
descuidan saludar al vecino. Posiblemente no entienden el significado
profundo del gesto: que antes de recibir el Cuerpo de Cristo, es
preciso manifestar la voluntad de reconciliación con los hombres que
hayamos ofendido. En el hermano desconocido a quien saludo manifiesto
mi voluntad de reconciliarme con todos. Y ello según lo enseñó Jesús:
“Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu
hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar,
ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar
tu ofrenda” (Mt 5,23-24).
IV. LA RECONCILIACIÓN EN LA SOCIEDAD ARGENTINA
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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