Mensaje
dominical de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia 15
de agosto de
2004
- Vigésimo domingo durante el año
I. “EUCARISTÍA: RECONCILIACIÓN Y SOLIDARIDAD”
1.
En la oración preparatoria del Congreso Eucarístico, después de pedir
a Dios el don de “la reconciliación en nuestra sociedad herida por
la división y el desencuentro”, pedimos “la auténtica
solidaridad con quienes están más heridos a causa de la injusticia y
de la pobreza”. De esta manera se ponen en evidencia dos de las
necesidades más sentidas en nuestra Patria: la discordia y la pobreza
creciente. Pero sobre todo se pone de relieve la profunda relación que
hay entre los dones que le pedimos a Dios: “reconciliación y
solidaridad”. Si los vicios van juntos, también van juntas las
virtudes. De allí, el lema del Congreso: “Eucaristía:
reconciliación y solidaridad”.
II. LA SOLIDARIDAD, ACTITUD COTIDIANA
2. Con frecuencia reducimos la solidaridad a la reacción
instintiva ante el otro que se encuentra en grave necesidad. Por
ejemplo, durante las inundaciones de 1998, la actitud del pueblo
argentino que acudió en ayuda del Chaco con prontitud y generosidad
extraordinaria, de lo cual quedaremos por siempre agradecidos. Fue una
señal de salud. Sin embargo, a pesar de su nobleza, señales como éstas
son insuficientes. Indican que el ser humano no está muerto en su
egoísmo, y que retiene la capacidad de alcanzar un nivel de salud
mejor.
Como la
palabra “solidaridad” lo indica, ésta es algo sólido, permanente,
cotidiano. Juan Pablo II la describió así: “Ésta no es un
sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o
lejanas. Es la determinación firme y perseverante en empeñarse por el
bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos
seamos verdaderamente responsables de todos” (SRS n° 39).
3. Vale la pena subrayar esta definición: “determinación
firme y perseverante en empeñarse por el bien común”. Si bien
en las situaciones extremas (incendios, terremotos, inundaciones) se
muestra si la solidaridad todavía existe, el banco de prueba de su
calidad es lo cotidiano. Por lo mismo, los ámbitos normales de la
solidaridad son la familia, el trabajo, la vida diaria en la sociedad,
tanto civil como eclesial. Es decir, aquellos en los cuales se busca
permanentemente el bien común; o sea, el bien de todos y cada uno. Es
allí donde mostramos que somos verdaderamente responsables de todos.
Porque la solidaridad tiene que ver fundamentalmente con esto. No
estamos llamados a ser como Caín, que pretendió lavarse las manos
preguntando “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9).
Los seres humanos somos, ante todo y por sobre todo, hermanos. De lo
cual brotan graves responsabilidades. De allí, que no podemos
quedarnos indiferentes ante ningún ser humano caído. Y también nuestra
oración por “la auténtica solidaridad con quienes están más heridos
por la injusticia y la pobreza”.
III. LA COLECTA DE HOY: SOLIDARIDAD Y GRATITUD
4. Hace diez años en la Arquidiócesis de Resistencia poníamos
en marcha la Colecta por la Obra Evangelizadora, con la intención de
que fuese expresión de nuestra solidaridad eclesial. Los mensajes
dominicales para prepararla, publicados aquí, tuvieron amplio eco
nacional. Y de manera imprevista fructificaron en el Plan Compartir
para lograr el sostenimiento integral y permanente de la Iglesia
argentina, aprobado por el Episcopado en 1997.
Más que
hablar de este Plan, quiero recomendar una vez más la Colecta que hoy
se realiza en todas las Iglesias de la Arquidiócesis. Y como San Pablo
digo a todos: “Ya que ustedes se distinguen en todo, espero que se
distingan en generosidad” (2 Corintios 8,7).
Pero,
sobre todo, hoy quiero agradecer muy de corazón a todos los que
contribuyen con sus talentos, tiempo y dinero a hacer posible la obra
evangelizadora. Y lo hago con las palabras de los Obispos en la carta
pastoral “Compartir la multiforme gracia de Dios” (1998): “Hemos de
recordar con admiración y agradecimiento a tantos cristianos, varones
y mujeres, que colaboran con desinterés en la Evangelización, poniendo
al servicio de la misma sus capacidades y parte de su tiempo. Sin esta
colaboración espontánea, multiforme, alegre y competente del Pueblo de
Dios sería imposible comprender la vitalidad de nuestras Parroquias...
No es fácil calcular el esfuerzo económico que el Pueblo de Dios hace
para levantar sus capillas y salones comunitarios, construir la
vivienda para los sacerdotes, pagar los servicios (luz, gas, teléfono,
etc.) de las Parroquias, los sueldos de la secretaria/o parroquial y
de los sacristanes, la asignación mensual a los sacerdotes. Además si
midiésemos en términos económicos los tiempos y talentos que
voluntariamente ponen en común tantos fieles, quedaríamos atónitos
ante el aporte que el Pueblo de Dios ya hace a favor de la obra
evangelizadora de la Iglesia.Si a esto añadiésemos una
valoración económica de las contribuciones en especie, la admiración
sería mayor. El dicho popular “que Dios se lo pague” tiene plena
vigencia, y lo decimos de corazón a cuantos colaboran económicamente a
la obra evangelizadora” (n°s 12 y 14)
IV. RELANZAMIENTO DEL PLAN COMPARTIR
5. El Episcopado, en la Asamblea del pasado abril, ha dispuesto
realizar una Jornada durante el próximo Adviento para concientizar a
todo el pueblo de Dios de la obligación que le cabe de sostener la
obra evangelizadora de la Iglesia. Tal vez yo vuelva más largamente
sobre este tema. Por hoy baste recordar algunos principios
fundamentales para lograr una reforma económica de la Iglesia, que
tienen sabor bíblico. Señalo tres. El primero, que todo cristiano,
cada uno según su propia vocación y misión, ha de poner al servicio
del Evangelio todo su ser, con sus talentos, tiempo y dinero. El
segundo, que todo el Pueblo de Dios (fieles y pastores) es
corresponsable de financiar todas las necesidades de la obra
evangelizadora. El tercero, que todo el Pueblo de Dios tiene derecho a
conocer el destino de las ofrendas que hace.