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JESUCRISTO: PAN DE VIDA (6)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
22
de agosto de
2004
- Vigésimo primer domingo durante el año
I. MISA Y
MISIÓN
1.
En el latín clásico no existe la palabra “Misa”. Los estudiosos del
latín medieval se devanaron los sesos en descubrir de dónde provendría
la frase que el sacerdote pronunciaba al final de la liturgia
dominical: “Ite, missa est”. Unos decían que venía de “mensa” o mesa;
otros, que de “messis” o cosecha; otros, que de “missio” o envío. De
modo que “Ite, missa est” no se lo debería traducir por “vayan, la
misa ha terminado”. Sino por “Vayan, es el momento de la misión”. Al
margen de la filología, hoy se simpatiza con esta explicación. Y es la
que se suele escuchar del guía de la liturgia. Con ello desentonan
algunas exhortaciones que se oyen: “La misa ha terminado, continuemos
en paz”.
II. LA EUCARISTÍA: SACRAMENTO DE LA VIDA Y MUERTE DE JESÚS
2. La palabra “misión” hoy nos lleva a pensar en los héroes de
la TV, los cuales realizan misiones imposibles. Y ello gracias a
poderes especiales o al uso de medios mágicos. En cambio, la palabra
“misión” o “envío” en el Nuevo Testamento es la traducción de la
palabra griega “apostolado”. Y con ella se designa, en primer lugar,
el envío que Dios hace de su Hijo al mundo. Y ello de la manera más
ordinaria que se pueda pensar, naciendo de una mujer: “Cuando se
cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una
mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la
Ley y hacernos hijos adoptivos” (Ga 4,4-5). Más que haciendo cosas
por los hombres, Cristo cumple su misión siendo entre nosotros el
hombre verdadero; o sea, realizando el ideal de hombre soñado por Dios
Creador. Esta misión la cumplió todos los días hasta su muerte: “Mi
comida es hacer la voluntad de aquel que me envió... Ahora me voy al
que me envió” (Jn 4,34; 16,5).
3. Para que una vez vuelto al Padre tuviésemos un memorial de
su existencia entre nosotros, que nos recordase permanentemente su
misión al mundo y cuál debe ser la nuestra en él, Cristo nos dejó el
sacramento de su Cuerpo y de su Sangre en el pan y vino consagrados.
Éste es su existencia humana en su momento máximo cuando se entrega a
la muerte por amor a nosotros. Por ello el apóstol San Pablo, después
de recordar el gesto de Jesús en la última cena, comenta: “Y así
siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte
del Señor hasta que él vuelva” (1 Co 11,26). Entendámoslo bien.
“Proclamar la muerte del Señor” se refiere no sólo al último
momento temporal de la vida terrena de Jesús. Significa proclamar toda
su existencia cotidiana vivida momento a momento en el amor a Dios su
Padre y a los hombres sus hermanos. Y que por ello, llegado el momento
supremo, no titubeó en ofrendarla del todo a Dios y al prójimo:
“Padre, perdónalos, no saben lo que hacen”; “Padre, en tus manos
encomiendo mi espíritu” (Lc 23,34.46). Bien podemos decir que el
sacramento de la Eucaristía, que lo es de la muerte de Cristo por
nosotros, lo es también de su existencia cotidiana en la tierra.
III. LA EUCARISTÍA: NUESTRO PAN COTIDIANO
4. De lo dicho proviene que la conciencia cristiana haya
interpretado que “nuestro pan cotidiano”, que pedimos en la oración
del Padre Nuestro, sea no sólo el pan material que necesita nuestro
cuerpo, sino sobre todo el “pan sustancial” (Lc 11,3) del Cuerpo de
Cristo que necesita nuestro espíritu.
De allí,
una serie de expresiones religiosas originadas en torno al sacramento
de la Eucaristía. Por ejemplo: la celebración diaria de la Misa. La
mayoría de los sacerdotes no se contenta con celebrarla el Domingo. La
celebración diaria es para ellos mucho más que una costumbre adquirida
en el Seminario, o el cumplimiento de un deber pastoral en favor de la
comunidad. El día que no celebran la Misa se sienten peregrinos
famélicos faltos del pan sustancial, como le sucedió al profeta Elías
(1 Re 19,1-8). Y lo mismo les acontece a muchos fieles.
De allí,
también, otras prácticas surgidas a lo largo de la historia. Por
ejemplo, el sagrario para la reserva del Cuerpo de Cristo para
llevarlo como viático a los enfermos. Y también la Capilla del
Santísimo Sacramento como lugar de oración silenciosa. Allí el hombre
que peregrina en medio del tráfago de las ocupaciones diarias
encuentra un oasis para serenar su espíritu y orar, como lo hacía
Jesús en la montaña o en el huerto. Una pregunta que debemos hacernos
hoy los pastores es: ¿cómo en un clima de tanta inseguridad y robo que
no deja a salvo nada, ni siquiera el Sagrario de nuestras Capillas,
hemos de garantizar a los fieles el derecho a acceder a ellas durante
el día para orar?
De allí,
también, la hermosa costumbre de la Visita frecuente al Santísimo
Sacramento, hoy en franco retroceso.
IV. EL CATEQUISTA Y LA EUCARISTÍA
5. Hoy realizamos el XI Encuentro Arquidiocesano de
catequistas. Lo hacemos cada año el domingo más cercano a fiesta del
Papa San Pío X que fue un gran catequista. Es siempre una hermosa
ocasión para agradecer a Dios por el don inapreciable que nos da de
cultivar la fe y el amor a Cristo Jesús en el corazón de nuestros
hermanos. Y a la vez para estimularnos mutuamente a perfeccionarnos en
este eximio arte espiritual y pastoral, y a perseverar en nuestra
misión.
En
vísperas del X° Congreso Eucarístico Nacional todos los catequistas
deberíamos preguntarnos ¿cómo educamos los sentimientos de nuestros
catecúmenos con relación a la Eucaristía?
¿Les enseñamos a reconocer el Sagrario en el templo? ¿A hacer la
genuflexión?
¿A
hacer un momento de adoración delante de él? ¿A comulgar debidamente,
con preparación interior y exterior? ¿A apreciar los momentos de
silencio durante la liturgia?
¿Y por
qué no preguntarnos todos, pastores y fieles, con sinceridad, si el
empantanamiento que con frecuencia sufre nuestra acción pastoral
–tantos esfuerzos que parecieran en vano– no se debería a una merma de
la devoción eucarística?
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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