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JESUCRISTO: PAN DE VIDA (7)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
29
de agosto de
2004
- Vigésimo segundo domingo durante el año
I. LA
PREPARACIÓN DE LA PASCUA
1.
En toda tarea humana hay un momento de preparación. Y tanto de las
cosas necesarias, como del estado del ánimo y del cuerpo con que uno
va a realizar determinada actividad. Se prepara el mate para cebarlo.
El coche, para salir. El quirófano, para una operación. Se prepara el
equipo para jugar un campeonato concentrándose en un lugar. Los
atletas que están compitiendo en los juegos olímpicos de Atenas se
preparan con esmero. Todo se prepara. También la comida. Y más si se
trata de un banquete.
2. No es de extrañar que los judíos diesen importancia a la
preparación del sábado. Y mucho más a la de la Pascua. Ni es de
extrañar que Jesús y sus discípulos hiciesen lo mismo: “Llegó el
día de los Ácimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual.
Jesús envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: ‘Vayan a prepararnos lo
necesario para la comida pascual’. Ellos le preguntaron: ‘¿Dónde
quieres que la preparemos?’ Los discípulos partieron, encontraron todo
como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua” (Lc 22,7-9.13).
Los Evangelios dicen que el día anterior se lo llamaba “de la
Preparación”.
3. Pero ninguna fiesta religiosa, ni siquiera la Pascua, tiene
sentido en sí misma. Lo adquiere del acontecimiento que celebra. En
éstas siempre se celebra la visita del Señor. Y es ésta que hay que
preparar. Así Juan Bautista es presentado como la voz que grita en el
desierto para “preparar el Camino del Señor... Entonces todos los
hombres verán la Salvación de Dios” (Lc 3,3-6). Un día cada uno
recibirá la visita definitiva de Dios. Y ojalá que ese día estemos
preparados: “Ustedes estén preparados, porque el Hijo del hombre
llegará a la hora menos pensada” (Lc 12,40). También un día,
cuando el Señor vuelva, se consumará la historia humana. Y como dice
la parábola de las diez jóvenes que esperan al esposo, las que estén
preparadas entrarán al banquete nupcial, mientras que las otras serán
excluidas (Mt 25,10).
II. PREPARAR Y COMPRENDER LA MISA DOMINICAL
4. A la luz de lo dicho, es normal que se prepare la Misa
dominical, lo mismo que toda otra celebración litúrgica. La
preparación ha de ser integral. Algunos elementos son exteriores: la
limpieza del templo, la disposición de los ornamentos y vasos
sagrados, el repique de las campanas, la sincronización de las luces y
de los micrófonos. Otros elementos, aunque exteriores, inducen más
directamente a la preparación interior, pues hacen a la comprensión de
la liturgia: la composición del guión, la selección de los cantos, la
ubicación de los músicos, la designación de los lectores, de los
ministros de la sagrada Comunión y de los que han de hacer la colecta.
Otros son típicamente interiores, pues hacen directamente a la
comprensión cordial de la liturgia y a la participación activa en
ella.
5. Para ello es preciso fomentar una comprensión profunda del
misterio de la Santa Misa. Y esto tanto en el que preside la
celebración, como en todos los participantes. La Misa es la
celebración de la muerte del Señor hasta que él vuelva, en la que
Cristo nos ofrece su cuerpo y su sangre como pan y bebida espiritual a
nosotros que peregrinamos por este mundo hacia la patria eterna. Para
la comprensión y digna realización del misterio de la Santa Misa es
preciso tener presente lo que Jesús hizo y dijo en la última cena:
“Tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos,
diciendo: Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en
memoria mía’. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:
‘Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama
por ustedes” (Lc 22,19-20). Si se olvidase esto, podría hacerse
una celebración interesante y participativa, pero no sería la Cena del
Señor.
6. El espíritu y estructura de la Santa Misa forman una
arquitectura armoniosa, en la que deben ser respetados todos sus
elementos. Si se exagera uno, se dañan automáticamente los otros. Y
perece el conjunto. Así, si se enfatiza demasiado la muerte de Cristo,
se la puede convertir en un velorio. No hemos de olvidar que si bien
celebramos a Cristo que va a la muerte por nosotros, éste ha
resucitado para siempre. Si se exagera la celebración, podemos
convertirla en una fiesta de cumpleaños. Si se exagera el aspecto de
comida y de bebida podemos caer en el extremo de los cristianos de
Corinto que hacían una comilona e incluso se emborrachaban. Si se
exagera el pan consagrado, se la puede reducir a la santa ostia como
elemento sagrado de consumo individual al margen de la celebración
comunitaria. Si se exagera la peregrinación por este mundo, podemos
hacer de la Misa un planteo sociopolítico. Si se exagera la patria del
cielo, hacemos una bella e inservible alineación.
III. CRISIS LITÚRGICA Y CREATIVIDAD
7. La Liturgia católica, después de producir su más bella flor
en el Concilio con la reforma que dispuso, conoce ya un largo período
de declinación. Y ello, por desconocimiento de la reforma conciliar.
Se vuelve al “barroquismo” que le había quitado diafanidad. Y no que
ello fuese culpa del barroco del siglo XVI, porque el “barroquismo
litúrgico” venía desde la época carolingia. Uno de los equívocos de
hoy es en torno a la creatividad en la liturgia. Se la entiende como
obrar desde afuera de ella. Agregarle elementos que la hagan
interesante, amena, divertida. La creatividad litúrgica es muy
diferente. Es análoga a la del director de orquesta. Cuando éste es un
verdadero maestro, recrea primero adentro suyo la pieza que ejecuta
identificándose profundamente con el creador de la ópera. Desde esa
recreación interior, agrega quizá luego algún instrumento o adopta un
ritmo un tanto nuevo. Todos reconocen la pieza, la sienten recreada,
la gozan y aplauden a morir. Lo mismo hace el liturgo creativo.
Uniéndose íntimamente a Cristo en la Cena, recrea primero
interiormente la Santa Misa. Y quizá adopta luego alguno de los modos
o tropos previstos por la liturgia.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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