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JESUCRISTO: PAN DE VIDA (10)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
19
de setiembre de
2004
- Vigésimo quinto domingo durante el año
I. LA
EUCARISTÍA, TEMA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
1. Ya pasó el X Congreso Eucarístico Nacional. Pero no pasará
el misterio central que éste celebró. Ni tampoco la importancia que el
mismo tiene para la vida de la Iglesia y la evangelización del mundo.
Porque sin Eucaristía no hay Iglesia ni apostolado.
A
mantener la Eucaristía en el primer plano de la conciencia eclesial
contribuirá ahora el Sínodo de los Obispos, cuya XI Asamblea Ordinaria
se realizará en Roma en octubre de 2005. El tema será, precisamente,
“La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la
Iglesia”. A lo cual sucederá la exhortación apostólica
correspondiente.
Esta
persistencia en el tiempo de un tema tan capital es una circunstancia
que los cristianos, y en especial los pastores y catequistas, debemos
aprovechar con sabiduría. Una pastoral inteligente saca provecho de
todo lo que la Iglesia reza y piensa en el mundo entero. Esto, más que
complicar, facilita enormemente la tarea pastoral.
II. ¿QUÉ ES EL SÍNODO DE LOS OBISPOS?
2. Muchos se preguntarán ¿qué es el Sínodo de los Obispos?
Hace
cuarenta años, durante el Concilio, cuando se discutía sobre los
deberes pastorales de los Obispos y de su corresponsabilidad con
respecto a la Iglesia universal y a la evangelización del mundo, se
sugirió instituir un instrumento que, sin esperar a un Concilio
Ecuménico, reuniese periódicamente a los representantes de los
Episcopados de todo el mundo, junto con el Papa, para deliberar sobre
temas fundamentales. Pablo VI, que con su genio le dio forma al
Concilio, asumió la idea como propia, e instituyó inmediatamente el
Sínodo de los Obispos. Éste tiene una secretaría permanente, y se
reúne en Asamblea Ordinaria cada tres años con los Obispos elegidos
por los diversos episcopados.
Llamó
la atención la rápida puesta en marcha del Sínodo. No era una
institución conciliar que quedaba en los papeles. Y más cuando, con
ocasión de la Asamblea sobre la Evangelización (1974), se comenzaron a
hacer públicas las líneas (Lineamenta) para la reflexión preparatoria
y el instrumento de trabajo, fruto de la reflexión previa de toda la
Iglesia. Y así facilitar a todo el Pueblo de Dios participar del
Sínodo con su oración y consejo.
3. Como todas las cosas humanas, el Sínodo también se erosiona.
Signo de ello es que hoy no rezamos por él como lo hacíamos en 1974,
ni como entonces formamos equipos de reflexión sobre el tema a tratar.
Y esto nos pasa a todos: pastores y fieles. Por una parte, es
explicable que, pasada la primera novedad, el Sínodo no interese hoy
como en aquellos inicios, y que nos dejemos distraer por el aluvión de
novedades que nos tensionan cada día. Pero, por otra, la necesidad de
reforma permanente de la Iglesia es un principio siempre válido. Vale
también con respecto al Sínodo: el aprecio a tenerle, la oración por
él, los aportes a presentarle. El Sínodo, como otras instituciones
eclesiales, puede interesar en la medida en que lo concibamos como
instrumento de escucha de lo que las Iglesias del mundo quieran
decirse recíprocamente, y, sobre todo, de lo que el Espíritu de Dios
quiera decirles a ellas por medio de él.
III. IMPORTANCIA DE ESTE SÍNODO
4.
La Eucaristía, tema del próximo Sínodo, no es un tema teológico entre
tantos, ni una simple cuestión litúrgica, o canónica, o pastoral. Es
el máximo bien de la Iglesia peregrina: el sacramento de Cristo que,
en el momento supremo de su vida y yendo a la muerte por nosotros, se
nos da como pan y bebida espiritual para caminar sin desfallecer por
esta vida hacia la patria del cielo. Sin este sacramento la Iglesia no
existiría, y todo lo que hacemos en ella no tendría sentido. Guardada
la proporción, me animo a comparar el próximo Sínodo con el Concilio
Vaticano II. Gracias a que éste comenzó por la renovación de la
Liturgia, cuya expresión máxima es la Eucaristía, resultó el Concilio
que tenemos. Sin la constitución conciliar sobre la Liturgia no habría
habido la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy.
De la misma manera, pienso que la evangelización del nuevo milenio
dependerá muchísimo de la celebración eucarística en las comunidades
cristianas. Y para ello puede resultar providencial el próximo Sínodo.
Algunas razones invocadas para su realización tal vez puedan parecer
menores (abusos que se cometen), pero la materia es como un astro
arrollador capaz de transformar toda la vida de la Iglesia. Así como
las razones que tuvo Juan XXIII para convocar el Concilio fueron
desbordadas por su realización, del mismo modo puede acontecer con el
próximo Sínodo. Ello dependerá de cuán fiel al Espíritu de Dios sea la
Iglesia de esta generación.
IV.
INVITACIÓN A ORAR
5.
Para motivar nuestra oración por el Sínodo, es conveniente partir de
nuestra incapacidad para entender el misterio de Cristo y de la
Eucaristía. Nosotros no somos mejores que los discípulos de Jesús que
no entendieron la multiplicación de los panes (cf. Mc 6,52; 8,17-21).
Ni que aquellos que saciaron su vientre con el pan y los pescados
multiplicados por Jesús, pero no entendieron su significado (cf Jn
6,14-15. 26). Ni que los doce apóstoles que durante la última cena se
disputaban la primacía, ajenos a lo que Jesús decía y hacía con la
bendición sobre el pan y el vino (cf. Lc 22,24-27). Y hasta podemos
asemejarnos a los cristianos de Corinto que reducían la celebración
eucarística a una comilona y borrachera egoísta (cf. 1 Co 11,17-22).
Nuestra incapacidad y torpeza, más que deprimirnos, deben llenarnos de
humildad y llevarnos a suplicar insistentemente la comprensión de este
misterio. Más que por el raciocinio teológico o iniciativas
pastorales, ésta se obtiene por el gusto o sabor espiritual que da la
oración.
Por eso el Sínodo necesita de mucha plegaria. Y a ella invito a todos.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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