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LA CULTURA DEL TRABAJO
Apuntes de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, para la inauguración de
las IX Jornadas Bases para el Desarrollo Chaqueño, en la Casa de
Retiro y Encuentro “Jesús de Nazaret”, en Puerto Tirol, el viernes 24
de septiembre de 2004.
1. ¡Josesito!, ¿qué vas a ser cuando seas grande?
- Voy a
ser Jefe de hogar, respondió Josesito muy decidido.
¿Quiso
decir que no va ser papá de una familia bien constituida, con mujer e
hijos? De ninguna manera. Él dijo que va a ser lo que ve y escucha. A
su padre, que es un honesto padre de familia, fidelísimo esposo de su
única mujer, que ha quedado sin trabajo, hoy lo llaman así: “jefe de
hogar”. Y le dan ciento cincuenta pesos mensuales, que va a retirar a
la ventanilla del Banco. Y con ello y con los cartones que junta, tira
todo el mes.
Es cierto
que hay muchos Josesitos. Está el Josesito hijo de don Fulano, el cual
ganaba quinientos pesos mensuales, pero prefirió renunciar a su
trabajo y poner a su mujer e hijos al amparo de diversos planes
sociales. Y así entre todos, sumando lo que recibe cada miembro de la
familia, ahora desocupada y desvencijada,
–porque
la mujer también es jefa de hogar, y también lo son los hijos mayores–
, viven la buena vida.
Y está el
Josesito hijo de Perengano, el cual tiene un cargo público bien
rentado, y se las ingenió para que varios planes “Trabajar” vayan a
engrosar las entradas mensuales de su familia.
I. LA CRISIS LABORAL Y LA CRISIS ARGENTINA
2. No se puede hablar de la Cultura del Trabajo sin tener en
cuenta el contexto de crisis en el que éste se debate. Crisis a todos
los niveles. Miremos por un momento sólo el trabajo industrial.
Crisis por equipamiento obsoleto.
Industrias pioneras hace cuarenta años, o menos, hoy son chatarra, y
no han sido reemplazadas por otras adecuadas a los tiempos y
necesidades humanas. Industrias, por tanto, no competitivas. Y, por lo
mismo, puestos de trabajo que se pierden irremediablemente. Baste
echar una mirada a nuestro Puerto Vilelas. Emociona ver a obreros que
se organizan en cooperativas para poner a funcionar una fábrica
cerrada. ¿Pero hasta cuándo será solución que los obreros tomen la
posta que dejan los antiguos dueños?
Crisis por supermodernización del equipamiento industrial y falta de
comercialización.
El ritmo
de la innovación tecnológica es hoy tan veloz que hay artículos que no
pueden ser producidos a escala y salir al consumo masivo porque el
mercado no lograría absorberlos. La famosa destrucción creativa del
capitalismo para competir a cualquier precio, comienza a volverse en
contra como un boomerang. Por tanto, puestos de trabajo que no se
abren.
Crisis por la mano de obra que se fuga.
El
trabajo industrial huye de un país a otro buscando la mano de obra más
barata. En mi último viaje relámpago a Roma (marzo 2004), escuché a
algunos italianos hablar preocupados “porque el trabajo se está yendo
a China, donde la mano de obra es baratísima”. Por tanto, puestos de
trabajo que desaparecen.
Crisis psicológica,
a causa
de la famosa reconversión laboral. Un obrero que a los cuarenta años
pierde el trabajo en el que se especializó, es posible que ya no sea
capaz de adecuarse a un trabajo nuevo. Por tanto, puestos de trabajo
que ya no causan alegría sino tristeza.
Crisis social.
La
pirámide demográfica se está invirtiendo. Los que aportan con su
trabajo a los fondos de pensión son menos que los jubilados. Y
mientras estos ven en peligro los beneficios sociales para los cuales
aportaron durante años, los primeros temen no gozar nunca de ellos.
Crisis moral,
como la
de los diferentes Josesitos. Etc.
3. Pero no me propongo hoy estudiar el contexto de la crisis
del Trabajo. Para ello séame lícito remitirme a la conferencia que
dicté en estas mismas Jornadas, el 22 de septiembre de 2000, sobre “El
trabajo y la dignidad del hombre”. La primera parte la intitulé
entonces: “Trabajo en crisis, Hombre en crisis”. En ella hablaba de la
“Crisis cultural del Trabajo en el mundo contemporáneo” (cf. IV, pf.
11), y de “El empobrecimiento del Trabajo en la Argentina” (cf. V, pfs.
12-22), donde apuntaba especialmente a las diversas pobrezas que
afectan al trabajo: pobreza política, económica y, sobre todo,
ético-social.
Es cierto
que los tiempos corren y las situaciones de crisis se van modificando.
Y, por tanto, también las circunstancias en que transcurre el Trabajo.
¿Cómo no tomar en cuenta acontecimientos gravísimos ocurridos desde
entonces, y que, sin duda, agravaron la crisis del Trabajo? Por
ejemplo, a nivel internacional: el 11 de septiembre de 2001, el 11 de
marzo de 2004, y las guerras de Afganistán y de Irak. Y a nivel
nacional, el 21 de diciembre de 2001. Unos, como los Estados Unidos,
para mantener su alto índice de bienestar, modernizan su industria
bélica y libran guerras preventivas. Otros, como nosotros los
argentinos, producimos trescientos millones de toneladas de cereales,
pero no sabemos dar trabajo a nuestra gente desocupada, que en gran
parte vive en la pobreza e indigencia. Ambos casos son señales
paradojales e inequívocas de la crisis del Trabajo en el mundo
contemporáneo.
4. En cuanto a la Argentina, hojeando lo que escribí en el 2000
sobre el empobrecimiento del Trabajo, no observo que el contexto
cultural se haya modificado sustancialmente para mejor. Más bien la
crisis general y la de la Cultura del Trabajo en particular ha seguido
su curso descendente y se ha profundizado. Y ello, por muchas causas.
Una no menor es que los argentinos seguimos anclados en una visión
mágica de la vida. “La Argentina está condenada al éxito”, le dijo a
la ciudadanía el presidente Duhalde en uno de los peores momentos de
nuestra historia. Sin desmerecer cuanto ese Presidente hizo luego por
sacar a la Argentina del marasmo, afirmo que “la Argentina no está
condenada al éxito”. Y que sólo puede tener un destino feliz si sus
hijos –dirigentes y simples ciudadanos–
decidimos reconstruir la nación con inteligencia, sacrificio y
perseverancia. La magia y la retórica, a la que todavía son tan
proclives nuestros dirigentes, ya no sirven, salvo para mantenernos
anclados en un pasado que hace tiempo no existe.
5. Por los demás, un buen planteo de la crisis laboral
argentina debería tomar en cuenta la crisis general de todo el sujeto
social argentino y la solución de fondo del mismo. Por ejemplo, sería
ingenuo pensar que se estaría dando en la tecla de la cuestión laboral
si se siguiese fomentando el gigantismo de Buenos Aires y de las
capitales de casi todas las Provincias. O si continuásemos admitiendo
como un dogma indiscutible que la agricultura es redituable sólo si es
a gran escala, y que por tanto no habría más remedio que reacomodar a
los pequeños productores lo mejor posible en los suburbios de nuestras
capitales. O si prescindiésemos del perfeccionamiento de la educación.
O si postergásemos al infinito la reforma política. O si descuidásemos
que la democracia llegue de veras a todos los sindicatos. O si
accediésemos a dar a los empresarios extranjeros un trato de
intocables como que ellos no deberían hacer ningún aporte a la
reconstrucción nacional. O si permitiésemos sin más que los nacionales
exporten sus capitales al exterior por sumas superiores a la deuda
pública...
Esto no
significa que la crisis del Trabajo sería un tema inabordable mientras
no se solucionasen los otros problemas. La vida no procede con lógica
conceptual. Pero para abordar en serio el problema del Trabajo en la
Argentina, hemos de ubicarlo dentro del cuadro general de crisis
terminal a la que, por la torpeza de los dirigentes y la deshonestidad
de los ciudadanos, hemos llevado a nuestra Patria. Porque, a no
equivocarse, el resuello económico que estamos experimentando en la
Argentina después de tantas pálidas, no significa todavía que ya
hayamos salido de la crisis terminal.
II. EL TRABAJO: ¿TORMENTO O POESÍA?
6. En las reflexiones siguientes no intentaré hacer un planteo
completo de la Cultura del Trabajo. Apenas voy a esbozar algunos
pensamientos que sirvan para centrar la reflexión de estos dos días.
Por lo demás, tengo en cuenta que la crisis argentina, también en el
plano laboral, es sustancialmente moral. Y que la verdadera solución
debe darse fundamentalmente en ese plano. O, si preferimos, ha de
consistir en una actitud cultural nueva frente al Trabajo. Con esto no
niego el valor, y la necesidad de iniciativas en los otros planos, en
especial en el político y en el económico. Pero sin el fundamento
moral éstas serían como el agua que se pierde en la arena.
“Y vio Dios que era bueno”
7.
Cuando escucho hablar de “Cultura del Trabajo”, lo
primero que me viene a la mente es un pasaje del Génesis, el primer
libro de la Biblia: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el
jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Gn 2,15). En
este pasaje el trabajo aparece como una expresión de amistad entre el
hombre y la naturaleza: “para que lo cuidara”. Y, en cierto
modo, como continuación de la obra creadora que tanta alegría le dio a
Dios.
En
efecto, el mismo Génesis, en el capítulo primero, muestra a Dios
satisfecho con su obra. Al finalizar cada uno de los días de la
creación (de la luz, de las plantas, de los astros, de los animales
marinos y de los terrestres), el autor exclama: “Y Dios vio que
esto era bueno” (Gn 1,4.12.18.21.25). Al concluir el sexto día con
la creación del hombre, la exclamación adquiere forma superlativa:
“Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (v.31).
La
satisfacción de Dios por su obra creada es como la raíz de la
satisfacción del hombre por su trabajo. ¿No es cierto que la
satisfacción por el trabajo bien hecho es una de las alegrías más
profundas del ser humano?
Sin
forzar el texto bíblico, podemos decir que Dios se regocijó en grado
superlativo cuando vio al hombre, el más perfecto de los seres
vivientes creados por él, trabajando, cultivando y cuidando el jardín
de Edén; es decir: participando de su poder creador, colaborando con
Él en el embellecimiento del mundo, y poniéndolo a su servicio de una
manera racional y digna. Porque eso es en definitiva el trabajo
humano.
“Opera”
7.
Más que un trabajo o fatiga, éste a los comienzos fue considerado una
verdadera “obra”; es decir: una acción creativa y embellecedora.
Para
entender esto, recurramos al lenguaje que empleamos cada día. Solemos
decir con orgullo “voy a la obra”, para señalar la casa que estamos
levantando, pues, a pesar de los andamios y de ensuciarnos con cal,
nos cautiva su belleza. Y ya en la obra, preguntamos por el “maestro
mayor de obras”. Porque al obrero que conoce su oficio lo respetamos y
no desdeñamos llamarlo “maestro”.
También lo llamamos “artesano”; lo cual suena a “artista”.
Por otra
parte, a los trabajos artísticos los consideremos trabajos por
excelencia, y por ello corrientemente los llamamos “obras”. Decimos,
por ejemplo: “Voy a la exposición de las Obras de Fulano”. Y cuando
entre las producciones musicales una se destaca por su belleza y la
fruición que nos produce, la llamamos por antonomasia la “ópera”, que
traducido literalmente del latín significa “obras”, en plural. O bien
nos jactamos de poseer la “Opera omnia” de algún sabio o escritor
famoso.
Muy
próxima a la palabra “obra” (opus, opera), está la palabra latina
“labor”. Ésta, si bien designa el trabajo sencillo del campo (laboreo
de la tierra), también designa las obras cumbres del hombre, un “capolavoro”.
“Poesía”
8.
Esta misma concepción del trabajo como obra embellecedora la
encontramos en la lengua griega. Una de las palabras que los griegos
usan para decir trabajar es “poiéin”. De allí viene “póiesis”; de
donde, en castellano, “poesía”, “poema”. Una clara referencia al
trabajo como quehacer bello.
“Trapalium”
9.
En la Biblia, sólo a partir del pecado del primer hombre la labor
humana aparece como “trabajo”, “trapalium”, una especie de tormento,
como el de los esclavos uncidos a los remos de las galeras. Así en el
capítulo 3 del Génesis leemos que Dios le dice a Adán: “Con fatiga
sacarás del suelo tu alimento todos los días de tu vida. Él te
producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el
pan con el sudor de tu frente” (Gn 3,17-19).
Pero al
principio no fue así. Todo lo contrario.
III. JESÚS, EL CARPINTERO
10. Lo segundo que evocan en mi las palabras “Cultura del
Trabajo” es que el mismo Jesús era identificado en su pueblo como
“el hijo del carpintero” (Mateo 13,55); incluso, como “el
carpintero” (Marcos 6,3).
Fue
frecuente que nuestros antepasados se identificasen por el oficio que
tenían. ¡Cuántos apellidos, en los idiomas occidentales, aluden a
esto! Recordemos algunos en castellano: “Herrero” o “Herrera”,
“Sastre”, “Carpintero”. El trabajo era como una especie de desposorio
del hombre con la sociedad. Uno se relacionaba con ella por medio del
trabajo, cumpliendo en su favor tal o cual servicio, en compensación
del cual ella le retribuía con el sustento necesario.
11. Volviendo a Jesús, él formuló muchas de sus parábolas en
torno a la figura de un trabajador: el sembrador, el pastor, el
constructor, el pescador, la mujer que amasa el pan, la que barre la
casa, el general que va a la guerra, el comerciante de perlas finas,
etc. Para él todo trabajo humano podía ser un trampolín para elevarse
a una verdad superior.
Por lo
demás, frente a los que malentendían el descanso del sábado como si no
se pudiese hacer en él ni siquiera una obra buena, Jesús se presentó
como un trabajador incansable: “Mi Padre trabaja siempre, y yo
también trabajo” (Jn 5,17).
San Pablo, el fabricante de carpas
12.
Lo tercero que el Trabajo evoca en mi es todo lo que el apóstol San
Pablo enseña sobre esta materia con sus dichos y con sus gestos.
Es bien
conocido que el apóstol tenía el oficio de fabricante de carpas (cf.
Hch 18,3), y lo ejercía para sustentarse, y evitar así que lo tomasen
como a uno de tantos charlatanes que disertaban por dinero (cf. 1 Ts
2,9; 2 Ts 3,7-8; 1 Co 4,12; 9,6.15-18; 2 Co 12,13-18; Hch 20,34-35).
Pero es
especialmente valioso lo que él enseñó sobre la necesidad de trabajar,
que el cristiano no debe desestimar por la espera de la vuelta del
Señor:
* “En
aquella ocasión les impusimos a ustedes esta regla: que el que no
quiera trabajar, que no coma. Ahora, sin embargo, nos enteramos de que
algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y
entrometiéndose en todo. A estos les mandamos y les exhortamos en el
Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse el pan” (2 Ts
3,10-12);
* “El
que robaba, que deje de robar y se ponga a trabajar honestamente con
sus manos, para poder ayudar al que está necesitado” (Ef 4,28).
La
ociosidad era un vicio que el Apóstol fustigaba duramente (cf. 1 Tm
5,13), y alababa la laboriosidad (cf. Tt 2,5).
13. Mucho más amplia y profunda podría ser nuestra lectura de
la Santa Biblia para detectar en ella el pensamiento religioso sobre
el Trabajo. Pero baste lo dicho.
IV. LA ACTIVIDAD HUMANA SEGÚN EL CONCILIO VATICANO II
14. En su batallar por una Cultura del Trabajo, la Iglesia
cuenta con un arma muy humilde: su doctrina sobre el Hombre y todo lo
que hace directamente a él. También sobre el Trabajo. Y por cierto una
experiencia de milenios. A primera vista ésta es un arma muy débil.
¿Qué puede hacer con ella frente a la visión de la vida más propia de
payasos que difunden los medios? (“¡Llame ya!” “¡Compre ya!” “¡Goce
ya!”). Pareciera una batalla perdida de antemano. Sin embargo, como un
pequeño David frente al gigante Goliat, la Iglesia debe atreverse y
sembrar la doctrina del Evangelio, confiando en que haya hombres de
buen corazón que la reciban y hagan fructificar.
La actividad humana es conforme al Plan de Dios
15.
El Concilio Vaticano II resumió la doctrina social de la Iglesia
enunciada hasta entonces. Y lo hizo en la constitución conciliar sobre
la Iglesia en el mundo de hoy. Allí hay un capítulo sobre "La
actividad humana en el mundo" muy en coherencia con la enseñanza del
apóstol San Pablo sobre el Trabajo y con la lectura que hicimos del
libro del Génesis. Lo leeremos despacio de manera que podamos
meditarlo. Dice así:
"Los
creyentes tienen la certeza de que la actividad humana individual y
colectiva, es decir, aquel ingente esfuerzo con el que los hombres
pretenden mejorar las condiciones de su vida a lo largo de los siglos,
considerado en sí mismo, responde al plan de Dios. Pues el hombre,
creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en
justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto hay en ella,
y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de
relacionarse a sí mismo y al universo entero con Él, de modo que, con
el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre
de Dios en toda la tierra.
"Esto
atañe a los trabajos más ordinarios. En efecto, los hombres y mujeres
que, mientras se ganan el sustento para ellos y sus familias, ejercen
su actividad de modo tal que sirvan a la sociedad, pueden pensar con
razón que, con su trabajo, desarrollan la obra del Creador, velan por
el bien de sus hermanos y contribuyen con su diligencia personal al
cumplimiento del designio divino en la historia.
"Y así
los cristianos, lejos de pensar que las obras que los hombres han
generado con su ingenio y valor se oponen al poder de Dios y que la
criatura racional se alza casi como rival del Creador, están más bien
persuadidos de que las victorias del género humano son signo de la
grandeza de Dios y fruto de su inefable designio. Cuanto más crece el
poder de los hombres, más ampliamente se extiende su responsabilidad
individual y colectiva.
Por lo
cual se manifiesta que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de
la construcción del mundo ni les impulsa a despreocuparse del bien de
sus semejantes, sino que les obliga más llevar a cabo esto como un
deber” (GS 34).
16. Y para que nadie ceda a la tentación de manipular la
palabra de Dios despreciando el trabajo del hombre, el Concilio en
otro párrafo aclara: “Se nos advierte que de nada sirve al hombre
ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de
una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la
preocupación de cultivar esta tierra, donde crece el cuerpo de la
nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo
nuevo” (GS 39).
Dignidad del trabajo manual y productivo
17.
Al hablar de Trabajo, casi instintivamente pensamos en la labor que
hace el hombre en el terreno económico-productivo. Si bien conviene
ampliar el concepto del Trabajo a “toda actividad humana”, como lo
hace Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens, no podemos omitir
este aspecto. A él la constitución conciliar le dedica un párrafo
importante en el capítulo sobre la vida económico-social, que merece
ser leído:
"El
trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en
los servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida
económica, pues estos últimos no tienen otro papel que el de
instrumentos. Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede
inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia
sobre la que trabaja y la somete a su voluntad. Es para el trabajador
y para su familia el medio ordinario de subsistencia; por él el hombre
se une a sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar la
verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creación
divina.
* No
sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los
hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio
al trabajo una dignidad sobreeminente, laborando con sus propias manos
en Nazaret.
* De
aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así
como también el derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su
parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para
que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente.
* Por
último, la remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre
y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y
espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad
de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común.
"La
actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los
hombres; por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con
daño de algunos trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente
también hoy día que los trabajadores resulten en cierto sentido
esclavos de su propio trabajo. Lo cual de ningún modo está justificado
por las llamadas leyes económicas. El conjunto del proceso de la
producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de la persona y a
la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar,
principalmente por lo que toca a las madres de familia, teniendo
siempre en cuenta el sexo y la edad.
Ofrézcase además, a los trabajadores la posibilidad de desarrollar sus
cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al
aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus
fuerzas, disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente
que les permita cultivar la vida familiar, cultural, social y
religiosa. Más aún, tengan la posibilidad de desarrollar libremente
las energías y las cualidades que tal vez en su trabajo profesional
apenas pueden cultivar" (n° 67).
V. LA ENCÍCLICA LABOREM EXERCENS, SOBRE EL TRABAJO
17. La doctrina católica sobre el Trabajo ha sido profundizada
por una rica Teología elaborada en las décadas del 40 y 50, y
últimamente ha sido ahora enriquecida por Juan Pablo II con la
encíclica Laborem exercens (14-IX-1981). En ella se subraya
fuertemente que el sujeto del Trabajo es el Hombre. Y que de éste le
viene toda su dignidad. Recomiendo vivamente su lectura.
VI. SUGERENCIAS PARA PROMOVER UNA CULTURA DEL TRABAJO
18. Ante la tarea ciclópea a realizar para rescatar y promover
en la Argentina la Cultura del Trabajo, vale la pena señalar pasos
concretos posibles de dar. Yo señalaré algunos desde el ángulo
pastoral. De ellos, unos son compartidos con mis hermanos de la fe
cristiana; otros, que también provienen del Evangelio, son
compartibles con todo hombre de buena voluntad.
Conviene que Ustedes, por su parte, hagan el esfuerzo de proponer
pasos concretos desde su ángulo profesional específico: el
empresarial, el político, el sindical, el educacional, el
comunicacional, etc.
Entre
otros, se me ocurren los siguientes pasos:
1° Catequizar sobre la verdad de Dios creador y sus
consecuencias. Porque los cristianos creemos en Dios creador,
creemos también en el Hombre creado por él; dotado, por tanto, de
todos los recursos (inteligencia, voluntad, dos manos, instinto
solidario y tierra bajo los pies) para enfrentar los problemas de la
vida mediante el trabajo;
2° Reavivar la teología del trabajo,
como colaboración del hombre a la obra creadora de Dios;
3° Dar importancia a la parábola de Jesús sobre los talentos
y la
obligación de multiplicarlos mediante el trabajo (cf. Mt 25,14-30; Lc
19,12-27);
4° Concebir la espera de la Vuelta del Señor
como el tiempo en el que hemos de servir a nuestros hermanos con
nuestro trabajo bien hecho (cfr. Lc 12,35-48);
5° Inculcar la enseñanza de San Pablo:
“que el que no trabaja no coma” (2 Ts 3,10);
6° Promover la devoción a Cristo Obrero;
7° Ídem, a San José Obrero,
copatrono principal de la Arquidiócesis;
8° Enseñar que todo derecho tiene su correspondiente deber,
y esto
ya a los niños, haciendo ver lo pernicioso de la enseñanza unilateral
de los derechos;
9° Abrir los ojos y denunciar el trabajo infantil
explotado por los mayores;
10° Alabar la enseñanza para el trabajo del niño en la familia y en la
escuela,
y
enseñarle a éste a colaborar en los trabajos necesarios de los
ambientes donde vive;
11° Ponderar la importancia del estudio,
en
especial del niño, adolescente y joven, para adquirir competencias
laborales reales, huyendo de todo facilismo, y repudiando prácticas
corruptas de otorgamiento de títulos;
12°
Enseñar a ver cuánto trabajo hay detrás de cada servicio que gozamos:
luz,
agua, limpieza, etc., y cuántos son los trabajadores que en este mismo
momento lo están haciendo posible;
13°
Enseñar a comprender que la sociedad civil
es la
asociación de las familias para la mutua ayuda, y que ésta se presta
de ordinario mediante el trabajo bien hecho;
14°
Enseñar que lo público
es
propiedad de todos y es pagado con los impuestos, que son fruto del
trabajo de cada uno;
15°
Enseñar que el Estado es una creación permanente de los ciudadanos,
los
cuales lo financian de la misma manera;
16°
Enseñar a ver con ojos críticos las actitudes que denoten una actitud
mágica ante la vida,
como si
las cosas viniesen de arriba sin necesidad de trabajar, y como quiera
esa actitud sea favorecida: medios de comunicación, partidos
políticos, sindicatos, diversos grupos de presión;
17°
Enseñar a discernir críticamente el sentido mágico que inculcan
algunas sectas,
que
invocan el nombre cristiano, las cuales prometen el éxito fácil, en
especial en el campo de la salud y de los negocios;
18°
Enseñar a distinguir entre el regalo y la dádiva:
el
primero, fruto del propio trabajo y del amor al prójimo para promover
su libertad; la segunda, instrumento de una voluntad despótica para
someter al otro a intereses propios o sectoriales;
19°
Enseñar a ver, denunciar y combatir el clientelismo “político”,
propio de grupos de presión que carecen de sentido democrático;
20°
Enseñar a verificar el grado de empobrecimiento moral de amplios
sectores del pueblo argentino,
causado
por la manipulación realizada sobre ellos por diversos grupos de
presión; lo cual constituye uno de los grandes dramas que se viven en
la Patria, tanto o más doloroso que la tragedia del Terror de Estado o
que el derrumbe del 21 de diciembre de 2001;
21°
Enseñar a ser críticos ante las medidas de fuerza:
aprender
a distinguir entre la huelga justa y la injusta, entre el empleo de
medios proporcionados y desproporcionados, y a descartar los medios
repudiables que promueven la descomposición social;
22°
Enseñar a vivir y ejercer la propia libertad frente a los
representantes políticos y sindicales.
Y ello,
porque los electores con su voto no se despojan de su responsabilidad
moral frente a las determinaciones que tomen sus representantes. La
justicia de una causa y la voz de la propia conciencia están siempre
por encima de cualquier tradición y lealtad;
23°
Enseñar que la democracia,
a la vez
que exige una gran calidad moral de las personas y sectores, requiere
también el trabajo responsable de todos y de cada uno;
24°
Enseñar que es necesario trabajar políticamente en equipo,
para
la definición de políticas de Estado, que hagan posibles los
emprendimientos necesarios para la transformación del País y su
continuidad en el tiempo;
25°
Enseñar la conveniencia y necesidad de la agremiación laboral,
para la formación permanente de los agremiados, la legítima defensa de
los propios derechos y las negociaciones intersectoriales;
26°
Enseñar que la justicia y la equidad se deben entrelazar,
haciendo posible que las demandas de los trabajadores de un sector no
perjudiquen a otro; que los de la ciudad no perjudiquen al campo; ni
los del Estado a los privados;
27°
Ponderar las virtudes que son las verdaderas riquezas del hombre
trabajador:
honradez,
laboriosidad, competencia profesional, cumplimiento de la palabra,
compañerismo, solidaridad, etc.;
28°
Detestar los vicios contrarios:
la
holgazanería, el trabajo mal hecho, la “fallutería”, el espíritu
tramposo, la prepotencia, el “matonismo”, etc;
29°
Apoyar el fortalecimiento de los municipios del Interior,
de
modo que la gente pueda florecer, trabajar y prosperar en su propia
tierra.
CONCLUSIÓN
19. Y ahora es el turno de ustedes, hombres de la empresa, de
la política, de la educación, de los medios.
Resistencia, 24 de septiembre de 2004, fiesta de Nuestra Señora de
la Merced.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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