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JESUCRISTO: PAN DE VIDA (11)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
26
de setiembre de
2004
- Vigésimo sexto domingo durante el año
I. “UN ANTES Y UN DESPUÉS”
1. Como todo evento histórico, el Congreso Eucarístico
realizado en Corrientes comienza a diluirse en el tiempo. ¿Qué quedará
de él? En la carta de convocación, los Obispos decíamos: “Con un
porcentaje tan alto de bautizados como se da en el pueblo argentino,
se requerirán cambios significativos que marquen un antes y un
después; el fin de una etapa, inexplicable desde los valores
cristianos, y el comienzo de otra fiel a Cristo y a su palabra”. Y
más adelante: “Es nuestro vivo deseo que el Congreso Eucarístico al
que convocamos a todos los católicos de la República Argentina,
constituya un hecho espiritualmente trascendente que mire a un futuro
de auténtica renovación para la Iglesia y para la sociedad” (31 mayo
2003).
2. ¿Será así? Ciertamente, pero sólo si concebimos este “antes
y después” desde la fe. Antes y después de cualquier evento está
presente Dios que llama a los hombres a la conversión y les ofrece su
gracia para responderle. Antes y después está presente el hombre, que
con su libertad es capaz de aceptar o rechazar el llamado de Dios a la
conversión.
Por ello,
si bien a través de la historia de la salvación advertimos un
crecimiento del hombre en la comprensión de lo que es la verdadera
religión, nunca habrá “un antes y un después” como cortados por un
cuchillo. Ningún profeta, ni siquiera Juan Bautista, marcó “un antes y
un después” en este último sentido. Ni siquiera la venida de Cristo al
mundo significó para los hombres “un después” como una total ruptura
con el “antes” del pecado en el que vivían. Incluso algunos hoy se
atreven a decir que entramos en una era poscristiana. Si bien Cristo
vino y se entregó a la muerte “como víctima propiciatoria por
nuestros pecados y por los del mundo entero” (1 Jn 2,1), y en él
el pecado ha sido vencido para siempre, el hombre lo reaviva a cada
momento y continúa pecando.
3. Los hombres necesitamos eventos extraordinarios para
despertar a la gracia de Dios. Dios, no. No hay un solo día en el que
él sea tacaño y nos niegue su gracia. Para él lo más ordinario es
brindarnos su gracia a raudales todos los días, a todo momento. O si
preferimos, Dios vive siempre en la dimensión de lo extraordinario. Lo
más ordinario de él es ser extraordinariamente misericordioso.
4. Esta comprensión sobre el antes y el después es muy
importante para los cristianos, y en especial para los catequistas,
los pastores y los agentes pastorales en general. Muchas veces andamos
tristes como los discípulos de Emaús, porque no prevemos la cruz y nos
prometemos un mundo de gloria, pero con una gloria distinta de la que
promete Jesús: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a
Israel” (Lc 24,21). “Señor, ¿es ahora que vas a restaurar el reino de
Israel?” (Hch 1,6). Nos duele enormemente que los confirmados,
después de dos años de catequesis, deserten de la Misa dominical al
día siguiente de la confirmación. Nos duele el crecimiento de la
pobreza y que todos los esfuerzos de Cáritas se diluyan como el agua
en la arena. Nos duele que, a pesar de la planificación pastoral, la
evangelización cueste tanto. ¡Cuántas cosas nos duelen! No estamos
inmunes a la tentación que sufrieron los contemporáneos de Jesús:
“La gente seguía escuchando, y pensaban que el Reino de Dios iba a
aparecer de un momento a otro” (Lc 19,11).
II. ¿DISCÍPULOS RACIONALISTAS, O DISCÍPULOS CREYENTES?
DESAFÍO FUNDAMENTAL DE LA IGLESIA DE HOY
5. El juego de amor entre Dios y el hombre
–Dios
que llama, y el hombre que acepta o rechaza el llamado–,
se resuelve positivamente cuando el hombre acepta el llamado divino. O
sea, cuando le cree a Dios como un amigo le cree al amigo. Es lo que
nos enseña la actitud de Simón Pedro al final del sermón del Pan de
Vida. Mientras una gran parte de los discípulos de Jesús querían pasar
sus palabras por el tamiz del raciocinio, éstas se les volvían
incomprensibles. Y se les impuso una conclusión lógica: “¡Es duro
este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo? Desde ese momento, muchos de
sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo” (Jn
6,60.66). Simón Pedro, en cambio, que no entendía mucho, pero que
amaba mucho, se adhirió firmemente al Señor y le creyó: “Señor, ¿a
quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído
y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).
6. La gran finalidad de la Iglesia, de la evangelización y de
cuanto hacemos los cristianos es ayudar a que los hombres crean. O
mejor, que le crean a Jesucristo. Porque no se trata de que tengan una
fe sólo cerebral. Ésta no sirva de nada; o peor, sirve sólo para una
mayor condenación. Como escribía el apóstol Santiago: “¿Tú crees
que hay un solo Dios? Haces bien. Pero los demonios también creen, y,
sin embargo, tiemblan” (St 2,19). Se trata de la fe viva como la
del ciego de nacimiento: “Al encontrarlo, Jesús le preguntó:
‘¿Crees en el Hijo del hombre?’ Él respondió: ‘¿Quién es, Señor, para
que crea en él?’. Jesús le dijo: ‘Tú lo has visto: es el que te está
hablando’. Entonces él exclamó: ‘Creo, Señor’, y se postró ante él”(Jn
9,35-38). Se trata de una fe como la de Marta: “Jesús le dijo:
‘Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees
esto?’ Ella le respondió: ‘Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el
Hijo de Dios, el que debía venir a este mundo’” (Jn 11,25-27).
7. El desafío de la Iglesia siempre será el cultivo de la fe
llena de amor. San Pablo decía: “la fe que obra por medio del amor”
(Ga 5,6). Y no solamente cultivarla en los otros, sino dentro de
sí misma. ¿Qué significa una comunidad parroquial sin fe llena de
amor? ¿O un Seminario? ¿O una comunidad de religiosos? ¿O una
asociación eclesial? ¿O un movimiento de espiritualidad? La fe llena
de amor es la única que salva. Y no sólo en el futuro. Ya ahora es
germen de vida nueva.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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