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SOMOS CORRESPONSABLES (2)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
17
de octubre de
2004
- Vigésimo noveno domingo durante el año
I. SER RESPONSABLE
1. “El Señor preguntó A Caín: ‘¿Dónde está tu hermano?’ ‘No
lo sé, respondió Caín. ‘¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”
(Gen 4,9). El desentenderse del prójimo, el lavarse la manos de lo que
puede sucederle es tan antiguo como la humanidad. Sin embargo, el
deber de cuidarlo es más profundo aún, pues está escrito por Dios en
el corazón del hombre. Es un deber indispensable. Nada puede eximirnos
de él. Responder del otro, ser responsable de él, es lo que crea la
amistad social. De allí fluyen todos los demás bienes que constituyen
la sociedad.
2. “Irresponsable” es el que, debiendo responder de sus actos
con respecto al prójimo, no sabe dar respuesta de lo que hizo, ni de
cómo o por qué. Denota una psicología inmadura, más propia del
adolescente que del adulto.
3. “Ser corresponsable” es una noción más difícil. Apenas uno
la pronuncia algunos saltan de sus sillas para rebatir: “No, yo no soy
culpable”. Y uno no habla de “culpabilidad”, sino de
corresponsabilidad. Se puede hablar de una corresponsabilidad en el
bien. Y también de otra en el mal. Nada se da porque sí. Ningún
ambiente o clima adverso a los grandes valores se plasma en la
sociedad sin que los que formamos parte de ella tengamos que ver con
su deterioro. Y sea por omisión, comisión, miopía. Los pueblos cuyos
ciudadanos admitieron ser corresponsables de los desastres de la
guerra, han sabido levantarse. Los otros se arrastran lánguidamente.
Un ejemplo de lo primero es Japón. Ejemplo de lo segundo: dejo que el
lector lo busque y proponga.
II. IRRESPONSABILIDAD COLECTIVA
4. Son muchas las señales que indican que en la Argentina
existe una gran irresponsabilidad colectiva. Pongo sólo dos ejemplos,
que extraigo de la prensa diaria. Y que nos pueden ayudar a poner los
pies en la tierra.
El “vandalismo”
El
primero es el vandalismo. Hace pocos días un diario traía la siguiente
noticia en primera página: “El vandalismo causa gastos millonarios
en la ciudad (de Buenos Aires). Con lo que se paga por arreglos se
comprarían 1000 ecógrafos. Son algo así como 7,2 millones de pesos. Se
podrían comprar 73 ambulancias equipadas. Es el presupuesto para que
el Hospital Garrahan funcione 21 días. El gobierno porteño podría
construir cuatro centros de salud y acción comunitaria barriales. Cada
mes desaparecen unas 600 tapas de sumideros de la red pluvial y unas
300 rejas de sumideros. Mensualmente se roban 80 Lámparas de las
calles porteñas. En los últimos dos meses desaparecieron 200 semáforos
peatonales y se sustrajeron 50 puertas de gabinete. Faltan casi 90
placas de los monumentos. Cada tres minutos alguien destruye un
teléfono público. Edenor contabilizó el robo de 155 kilómetros de
cable de baja y media tensión”. Y continúa la letanía de actos
vandálicos. Y ello en Buenos Aires, la reina del Plata.
5. ¿Qué nos pasa a los argentinos que odiamos lo público?
¿Sería posible esta ola de vandalismo si el ánimo colectivo no lo
consintiese? Ello puede suceder de muchas maneras. No censurando tales
conductas. No denunciando los ilícitos. Tal vez, hasta los miramos con
simpatía. Se debe, sobre todo, a que no tenemos idea cabal sobre qué
es lo público. Para muchos es lo de nadie. En cambio, como lo indica
la palabra, lo público es lo que es de todos y a todos sirve. Lo que
por todos es pagado, y por todos ha de ser cuidado y defendido.
¿Alguna vez la mayoría pensaremos así?
El espíritu tramposo
5.
Un segundo rasgo de irresponsabilidad es el espíritu tramposo.
“Echan a monjas de la universidad por hacer trampa. Las dos religiosas
se habían intercambiado en un examen”, continúa el mismo
periódico, unos días después. Probablemente el caso indique que la
cosa es muy frecuente, que no es socialmente censurada, que reditúa.
Además, en el caso concreto, indica una falta enorme de coherencia
entre fe y vida. ¿Cómo se puede decir “Amén” en las oraciones diarias,
y “trampear” tan rotundamente en la conducta cotidiana?
III. SER CORRESPONSABLE EN LA SOCIEDAD Y EN LA IGLESIA
6. A la sociedad la constituimos todos los que formamos parte
de ella. No sólo la autoridad. O los que tienen algún cargo en el
aparato estatal. Pero sobre esto ya me he explayado ampliamente en
innumerables mensajes.
Conviene que vengamos a la corresponsabilidad en la Iglesia. A ésta la
constituye no sólo el clero, si bien éste tiene especiales
responsabilidades. Todos los bautizados somos “piedras vivas” del
templo del Señor. Como escribía el apóstol San Pedro a los cristianos
de su tiempo: “Ustedes también a manera de piedras vivas, son
edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo
y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”
(1 Pe 2,5).
Cada
cristiano juega su propio papel en la transmisión de la fe. Con
frecuencia, los miembros más sencillos son los que juegan un papel más
decisivo. En mi caso, si bien muchos jugaron un papel importante en el
crecimiento de mi fe (mis superiores del Seminario de Buenos Aires,
los profesores de la Universidad Gregoriana, el P. Lombardi, el Papa
Pío XII, etc.), posiblemente nadie pesó más que mis padres, que eran
humildes campesinos, y también el padrino y la catequista. Y junto a
ellos, las maestras de la escuela primaria, estatal y religiosa. Ellos
de veras fueron “responsables” de aquel pequeño sujeto que Dios les
encomendó.
7. La evangelización del mundo es la gran tarea encomendada a
la corresponsabilidad de la Iglesia entera. La tarea a realizar es
colosal. Y no puede ser llevada cabo sino así, aportando cada uno de
los miembros su granito.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia |