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COMPARTIR LOS DONES DE DIOS (1)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
24
de octubre de
2004
- Trigésimo domingo durante el año
I.
PREPARARNOS
A LA NAVIDAD:
A
ADMIRAR
EL INTERCAMBIO ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA
1. "La
Iglesia necesita tu ayuda”.
Así comienza la carta que los Obispos dirigimos
a los
católicos, y que será distribuida en las Misas del segundo domingo de
Adviento (4-5 de diciembre). Y continúa: “En estos días intensos de
Adviento, nos preparamos con fe y esperanza para celebrar el
nacimiento del Salvador. Te escribimos esta carta para compartir la
alegría de ser Iglesia evangelizadora, llamada a proclamar la Buena
Noticia, y a procurar que Jesús siga naciendo en el corazón de todos”.
No se trata de realizar ninguna colecta extra, sino de promover una
Jornada especial de reflexión en el Pueblo de Dios, pastores y fieles,
en torno al maravilloso intercambio de dones entre el cielo y la
tierra que celebramos en la Navidad, y las consecuencias prácticas que
de ello dimanan para la evangelización, especialmente la
responsabilidad que los cristianos hemos de asumir en ella.
2.
Confieso que durante muchos años no entendía lo que rezábamos en la
Misa de Navidad cuando decimos: “Señor, que por este sagrado
intercambio nos asemejemos a tu Hijo”. ¿De qué “sagrado
intercambio” se trata?, me preguntaba. Y menos cuando lo decíamos en
latín (“sacrum commercium”). Pero nunca resolvía mi curiosidad. Y cada
año me volvía la misma dificultad. Hasta que un día se me hizo la luz:
“Pero si es más claro que el agua. Nosotros le ofrecemos a Dios el
pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, y él nos lo devuelve
transformado en Pan del cielo”. ¿Intercambio de dones más
maravilloso que éste? Por un poquito de pan, todo el cielo nos es
dado; reconociendo, además, que el poquito de pan tampoco es del todo
nuestro, porque también nos lo da Dios. ¡Un negocio redondo!
Este
“sagrado intercambio” alcanzó en el Nacimiento de Jesús una dimensión
inimaginable. El Hijo muy amado de Dios vino a nosotros y asumió
nuestra carne mortal gracias al Sí de la Virgen María. Y, en
recompensa, él nos comunica su naturaleza divina. Porque él se hace
hijo del hombre, nosotros podemos ahora volvernos hijos de Dios.
Y hay
mucho más. En Jesús el “sagrado intercambio” no es una acción que
pasa. Él, Verbo de Dios hecho carne, verdadero Dios y, a la vez,
verdadero hombre, es el “sagrado intercambio” definitivo, pues en él
se intercambian permanentemente el cielo y la tierra. Aunque pueda
sonar difícil, conviene recordar cuanto aprendíamos en el viejo
catecismo: las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana, sin
confundirse ninguna en la otra, se unen e intercambian en su única
persona divina.
3. Hace seis años, casi en esta misma fecha, los Obispos
publicamos otra carta, mucho más extensa, “Compartir la multiforme
gracia de Dios, sobre el sostenimiento de la Obra evangelizadora de la
Iglesia” (31-10-1998). Y la comenzábamos aludiendo también al misterio
de la Navidad, del cual nos preparábamos a celebrar los 2000 años, y
transcribíamos otra oración de la Misa de la fiesta: “Señor,
concédenos compartir la vida divina de aquél que se dignó compartir
nuestra humanidad”. Y la concluíamos con una frase del apóstol San
Pablo referida también al misterio de la encarnación: “Ustedes ya
conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico,
se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (1
Co 8,9).
A seis
años de aquella carta, los Obispos queremos insuflar nuevo espíritu a
aquellos propósitos. Y nada mejor que ponernos a contemplar el
misterio de la Navidad. Por eso hemos elegido el segundo domingo de
Adviento para esta Jornada de Reflexión nacional.
II. SI JESUCRISTO SE NOS DIO DEL TODO,
¿CÓMO LE RESPONDEREMOS NOSOTROS?
4. De la contemplación del misterio navideño, es fácil que
surja imperiosa una pregunta: Si Jesucristo vino a darnos todo lo suyo
(su divinidad) y asumir todo lo nuestro (nuestra humanidad), ¿cómo
debemos empeñarnos sus discípulos en su seguimiento y en el anuncio de
esa Buena Noticia? No queda otra respuesta que la siguiente: tenemos
que seguirlo del todo y brindarnos del todo a la evangelización.
5. En la carta de 1998 decíamos: “Si creemos y amamos de
veras a Jesucristo, no hemos de titubear en ofrendarnos por completo
para evangelizar su Nombre a los hombres de tercer milenio. Por lo
mismo, hemos de poner al servicio de los demás los dones que hemos
recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”
(n. 1). Y más adelante añadíamos: “Cuando hablamos de bienes a
compartir o poner a disposición de la Evangelización, no dudamos en
incluir nuestras personas, con todo lo que somos y tenemos: talentos,
tiempo y dinero” (n. 7).
6. Para entender bien esto de ofrendarnos a Cristo “del todo”,
tengamos presente dos cosas. Primero, la humildad de reconocer que
nuestro seguimiento siempre será pequeño y pobre, y nunca podrá
contrabalancear la totalidad con que Cristo se nos brinda. Nuestra
entrega “del todo” siempre será un fruto de la suya. Segundo, nuestra
entrega “del todo” se concretiza en las múltiples vocaciones a las que
Dios llama a sus hijos. Como escribió San Francisco de Sales: “La
devoción se ha de ejercitar de diversas maneras, según se trate de una
persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una
viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. La devoción
se ha de acreditar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y
ocupaciones particulares de casa uno. Dime, te ruego, si sería lógico
que los obispos quisieran vivir entregados a la soledad, al modo de
los cartujos; que los casados no se preocuparan de aumentar su peculio
más que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara todo el día
en la iglesia como un religioso; o que un religioso, por el contrario,
estuviera continuamente absorbido, a la manera de un obispo, por todas
las circunstancias que atañen a las necesidades del prójimo. Una tal
devoción ¿por ventura no sería algo ridículo, desordenado e
inadmisible?”.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia |