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COMPARTIR LOS DONES DE DIOS (2)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
31
de octubre de
2004
- Trigésimo primer domingo durante el año
I. FUEGO INTERIOR Y ENTREGA TOTAL AL EVANGELIO DE JESÚS
1. En algunas personas el Evangelio de Jesús se vuelve como un
fuego devorador, que las impulsa a la entrega de todo su ser para
anunciarlo. Es más ardiente que la pasión del amor. Ésta debería ser
la actitud normal de todo discípulo de Cristo. Y de hecho lo es cuando
éste descubre el Evangelio como “un tesoro escondido en un campo”, o
“una perla de gran valor” (cf. Mt.13,44-46). Así como en las dos
parábolas, el afortunado descubridor se desprende de todo
para
poder hacerse de ese bien, así el discípulo del Señor cuando se
encuentra con el Evangelio no quiere otra cosa que comprenderlo,
vivirlo y compartirlo con quien no lo conoce.
2. La figura más eximia en este sentido es el apóstol San Pablo.
Cuando no conocía el Evangelio, lo perseguía con furia. Pero cuando lo
conoció, se dedicó a él con pasión aún mayor. “¡Ay de mi si no
predicara el Evangelio!”, exclama en la primera carta a los
corintios (9,16). Y muestra cómo el anuncio del Evangelio se volvió en
él el criterio fundamental de su vida. Hacerlo todo por el Evangelio.
Y si algo obstaculiza su anuncio, renunciar a ello. Por ejemplo,
renunciar al derecho a ser sustentado por la comunidad cristiana y a
imponerse el deber de trabajar con sus manos.
Recomiendo leer íntegro el capítulo 9 de la primera carta a los
corintios. Allí el apóstol expone cómo él se despoja del derecho que
le da el mismo Señor, el cual “ordenó a los que anuncian el
Evangelio que vivan del Evangelio” (v.14). Y ello porque entendió
que el Evangelio es mucho más que una fuente de derechos; y que en
Corinto, a causa de la débil fe de los cristianos, no era oportuno
exigirlos: “Si yo realizara esta tarea (de evangelizar) por
iniciativa propia, merecería ser recompensado; pero si lo hago por
necesidad (interior), quiere decir que se me ha encomendado una
misión”. De allí sacó su decisión: “Predicar gratuitamente la
Buena noticia, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me
confiere” (vv. 17-18). ¡Magistral el apóstol San Pablo!
3. Pero sin ir a una figura tan eximia y lejana, hoy es posible
encontrar en nuestras Parroquias a gente sencilla, conocida sólo de su
círculo de relaciones, que aman con locura el Evangelio de Jesucristo,
y según sus fuerzas y vocación se dedican con pasión a darlo a
conocer.
En la
carta “Compartir la multiforme gracia de Dios”, los Obispos nos hemos
referido a este maravilloso fenómeno observable en nuestro pueblo:
“Hemos de recordar con admiración y agradecimiento a tantos
cristianos, varones y mujeres, que colaboran con desinterés en la
Evangelización, poniendo al servicio de la misma sus capacidades y
parte de su tiempo”. Catequistas, agentes de Cáritas, visitadores
de los enfermos, ministros extraordinarios de la Santa Comunión,
mensajeros parroquiales, animadores de diferentes grupos (jóvenes,
misioneros de verano, coro, etc.). Y no dudamos en decir: “Sin esta
colaboración espontánea, multiforme, alegre y competente del Pueblo de
Dios, sería imposible comprender la vitalidad de nuestras Parroquias”
(12).
II. LA ESCASEZ DE EVANGELIZADORES: UN PROBLEMA DE TODOS
4.
Sin embargo, cuánto queda por evangelizar. Y no se trata sólo de
hacerlo en espacios físicos donde haya sido escasa la acción de la
Iglesia. Hoy se trata sobre todo de evangelizar espacios humanos.
Conviene advertir que ninguna persona durante esta vida acaba de ser
plenamente evangelizada. En cada circunstancia vital, feliz o
dolorosa, necesita confrontarse con
el
Evangelio. Además, el camino del hombre por la vida no siempre es
lineal. Tal vez ayer dio un paso hacia adelante en la comprensión y
vivencia del Evangelio, y hoy da dos para atrás. Y debe ser llamado
nuevamente a la conversión. En la evangelización siempre se ha de
contar con la libertad y aceptación del evangelizado. La mejor siembra
no asegura siempre una buena cosecha. Le pasó al mismo Jesús de cuya
siembra nadie puede sospechar. También están las circunstancias
propias de cada época que marcan su cultura y que exigen que el
Evangelio sea nuevamente anunciado. Hoy estas circunstancias tienen el
carácter de lo global. En este mismo momento están incidiendo aquí
criterios, modas, slogan fraguados en el otro extremo del mundo, sobre
los que no tenemos ningún control. Y, sobre todo, está el ataque
alevoso, como nunca en la historia humana, a todos los valores morales
que el hombre fue descubriendo a lo largo de milenios, y la imposición
de otros diametralmente opuestos concebidos especialmente desde el
mercado. Lo útil y placentero es lo que vale. Lo verdadero y lo bueno
no existe.
5. Ante este cuadro de situación, no cabe duda que los
evangelizadores han de ser multiplicados y
mejor
formados. Y no basta con una formación inicial. Ésta debe ser
permanente. Y no sólo intelectual, sino integral.
En las
Parroquias
se
hace mucho por la formación de los catequistas. Pero las
circunstancias están exigiendo hacer más y mejor, también a nivel de
Arquidiócesis.
Los
demás agentes pastorales hoy necesitan una cierta
“profesionalización”. Por ejemplo, no basta ya que el agente de
Caritas reparta mercaderías para paliar necesidades. Es preciso un
conocimiento directo de las causas de la pobreza, a la vez que el
tacto de suscitar en el pobre el ansia de ser protagonista de la
superación de su problema. Y conviene que el visitador de los enfermos
aprenda a discernir las distintas formas del dolor humano para
mitigarlo mejor.
Y no olvidamos
cuánto deben ser multiplicados los ministros del Evangelio: diáconos
permanentes y presbíteros. Y cuánto debe ser mejorada su formación. A
mayores desafíos pastorales, ésta
debe ser mejor.
6. Y todo esto es problema
sólo
del Obispo o del Cura Párroco, sino de todos los cristianos. Jesús lo
dio a entender muy bien cuando a la multitud que lo escuchaba le dijo:
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen
al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt
9,37-38).
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia |