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COMPARTIR LOS DONES DE DIOS (5)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
21 de noviembre
de
2004
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Solemnidad de Cristo Rey
I.
COMPARTIR LOS PADECIMIENTOS DE CRISTO
1.
La solemnidad de Cristo Rey, con la que hoy culmina el año litúrgico,
nos ayuda a comprender que Cristo reina de manera muy distinta que los
grandes de este mundo. La lectura del Evangelio lo presenta en la Cruz
que lleva esta inscripción: “Éste es el Rey de
los judíos” (Lc 23,38).
La
frase de tono sarcástico en la pluma del gobernador romano, fue tomada
muy en serio por el primer pensamiento cristiano. Según el apóstol San
Pablo, Cristo reina desde la Cruz. Teniendo que vérselas con los
cristianos de Corinto, que retenían su vieja impronta pagana y
pretendían que el Evangelio apareciese como un mensaje cuerdo y al
gusto de la época, los desengañó y les dijo con todas las letras que
el mensaje de la Cruz es una locura. Y que no esperasen que él
predicase otra cosa: “Mientras los judíos piden milagros y los
griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a
un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los
paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido
llamados, tanto judíos como griegos. Pero la locura de Dios es más
sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más
fuerte que la fortaleza de los hombres”. (1 Co 1,18.22-25).
2. En esta ocasión, como en otras, el apóstol Pablo cargó las
tintas. Y ello porque la situación pastoral a enfrentar lo exigía,
pues se corría el peligro de que los cristianos de Corinto olvidasen
el misterio de la Cruz. Pero al final de esta carta contrabalanceó su
enseñanza con el capítulo 15 sobre la resurrección. Porque así como no
hay resurrección sin Cruz, tampoco hay Cruz cristiana sin
resurrección.
3. El olvido de la Cruz ¿no es éste un grave problema también
en la Iglesia de hoy? La Cruz repugna. No me refiero a las cruces que
cuelgan de las paredes o lucimos en el pecho. Me refiero a la Cruz de
cada día, a las contradicciones a sufrir por ser cristiano, de la que
Jesús dijo que es condición indispensable para ser su discípulo:
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue
con su Cruz cada día y me siga” (Lc 9,23). Y a la que refirió
también el apóstol San Pablo: “Los que pertenecen a Cristo Jesús
han crucificado la carne con sus pasiones y malos deseos” (Ga 5,24).
4. El misterio de la Cruz tiene mucho que ver con el tema de
“compartir” los bienes, del que venimos hablando desde hace cinco
domingos. En el Nuevo Testamento se habla de “compartir” todo lo que
se es y se tiene. Se comparten, en primer lugar, los bienes
espirituales: el Evangelio, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el
Espíritu Santo. Un lugar privilegiado ocupa el compartir los
padecimientos de Cristo. El apóstol San Pedro escribía: “Alégrense
en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de Cristo” (1 Pe
4,13).
II. DAR CON TODO EL CORAZÓN
5. En la Iglesia se comparten, también, los bienes materiales.
¿Por qué? Muy bien lo explica el apóstol San Pablo cuando les informa
a los romanos sobre la colecta que las Iglesias de la gentilidad
habían hecho en favor de la empobrecida Iglesia de Jerusalén: “Si
los paganos participaron de sus bienes espirituales, estos deben a su
vez retribuirles con bienes materiales” (Rom 15,27).
Malos
discípulos seríamos del Maestro que lo compartió todo si
compartiésemos lo espiritual pero no lo material. ¿Cómo nos podríamos
llamar “hermanos”?
6. De esta manera, el reinado de Jesucristo, que en esta
solemnidad consideramos desde la Cruz, es un buen preludio de la
Jornada Nacional que se realizará en breve, el segundo Domingo de
Aviento (4-5 diciembre), con el lema “La Iglesia necesita tu ayuda”.
Los cristianos estamos invitados a hacer nuestro aporte a la obra
evangelizadora de la Iglesia. Y no sólo de unos pocos centavos, sino
de todo lo que somos y tenemos: existencia, talentos, tiempo y dinero,
haciéndolo cada uno según su propia vocación.
Que a
veces nuestra ofrenda se concretice en unos pocos centavos es otra
cosa. La misma será válida en la medida en que lo poco que se dé, se
lo haga con todo el corazón, como la viuda del Evangelio: “Jesús
vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio
también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos monedas de
cobre, y dijo: ‘Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que
nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les
sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para
vivir’” (Lc 21,1-4).
III. LA ARGENTINA DESIGUAL
7. El Barómetro de la Deuda Social, un estudio hecho
recientemente por la Pontificia Universidad Católica Argentina,
muestra que la desigualdad está creciendo en la Argentina en forma
galopante. Y desigualdad significa todo lo contrario de solidaridad,
entendida ésta como actitud permanente entre las diversas partes del
entramado social. No sólo está afectada la capacidad de subsistencia
de muchos argentinos (hábitat adecuado, alimento, salud, seguridad),
sino niveles muy profundos de su personalidad: dificultades para
comprender y razonar, sometimiento a las situaciones adversas del
entorno, no poder enfrentar los problemas de modo resolutivo, no poder
proyectar ni planificar la propia vida, no tener acceso a recursos
educativos adecuados, no lograr desarrollar capacidades de trabajo en
el marco de un empleo estable, no formar parte de una comunidad ni
contar con lazos de confianza y reciprocidad, no participar de la vida
política ciudadana ni sentir confianza en los actores institucionales,
percibir que la propia vida no tiene sentido. Y todo ello en una
Nación que presenta condiciones objetivas para evitar y corregir tales
daños.
¿Cómo
revertir esta situación de inmoralidad colectiva? No habrá que dejar
de transitar ningún camino. Pero uno muy eficaz es fomentar en la
Iglesia el espíritu de compartir en grado tal que éste rebalse en la
sociedad civil.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia |