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JESÚS, EL MESÍAS
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
12
de diciembre de
2004
-
Tercer domingo de Adviento
I.
“¿ERES TÚ EL QUE HA DE VENIR?”
1. El tiempo de Adviento nos pone ante grandes preguntas. La
que Juan Bautista le formula a Jesús en la lectura del Evangelio de
hoy bien podría ser la nuestra. “¿Eres tú el que ha de venir o
debemos esperar a otro?” (Mt 11,2).
El
ambiente de la cárcel no es el más apto para alimentar certezas. Y
menos la cárcel a la que había ido a parar el último de los profetas.
Hasta ayer había proclamado la pronta llegada del que vendría a
“bautizar en el Espíritu Santo y en el fuego”, que “tiene en su
mano la horquilla y limpiará su era, y recogerá el trigo en el
granero, y quemará la paja en un fuego inextinguible” (Mt 3,11-12),
como leímos el Domingo pasado. Pero el Jesús del que Juan ahora oye
hablar no coincide con los rasgos que él le atribuyó al inminente
Mesías. Jesús no sólo no trae ninguna horquilla, sino que tampoco
prepara ningún fuego. Y niega explícitamente que el tiempo presente
sea el de arrancar la cizaña y de echarla al fuego. Para Jesús es el
tiempo de la siembra y del crecimiento, no el de la cosecha y de la
quemazón del rastrojo. Es, sobre todo, el tiempo de la paciencia. Y
esto en el doble sentido de la palabra. Tiempo de la espera, en el que
las personas pueden cambiar para bien. Y tiempo de “padecer”, de
sufrir para que ello suceda. Por ello proclama “felices” a los
pacientes y a los que son perseguidos por practicar la justicia. Y
enseña que hay que amar al enemigo. Y llama a su seguimiento a un
pecador de la laya de Mateo. Y come con pecadores y gente
despreciable. Y promete a sus discípulos que por ser tales irán a la
cárcel.
2.
La imagen que Juan tenía del Mesías es la que tenemos con frecuencia
los cristianos. Y es natural que así sea. Ante la difusión de la
maldad, muchas veces promovida oficialmente, ¿a quien no se le ocurre
que hay que suprimir ya a los que la difunden y promocionan? Sin
embargo, Jesús dice que no. Que en el campo que él sembró con semilla
de buen trigo nadie puede ser declarado “cizaña” hasta el día de la
siega. Lo cual no significa que Jesús propugne que no haya que luchar
de ningún modo contra la maldad. Pero para él toda lucha contra el mal
pasa por la práctica del bien a toda prueba. Por eso le manda
responder a Juan: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven:
los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados
y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es
anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de
escándalo!” (Mt 11,4-6).
II. GUERRA CULTURAL, GUERRA DE RELIGIÓN
3. Hace años me visitó una persona encumbrada, y comentando la
situación presente, le dije: “el mundo está entrando cada vez en una
guerra de religión”. Se sorprendió. Lo tranquilicé, pero con una
reflexión inquietante: “No me refiero a la llamada guerra de religión
que opuso a católicos y calvinistas en Francia. Me refiero a la
oposición cada vez más clara en la concepción del hombre”.
Confieso que hasta yo mismo me sorprendí de mi interpretación de la
historia. Pero cada vez más me convenzo de ella. Pues hay dos
concepciones del hombre. Una que proviene del sentido común, del
simple reconocimiento de la naturaleza del hombre. Y que en un momento
de la historia se enriqueció con la luz de la revelación
judeocristiana. Y que si bien tuvo yerros, a veces muy graves, se supo
recomponer una y otra vez por el reconocimiento del error y la vuelta
al sentido común. Esta cultura, expresada en los Diez Mandamientos de
Moisés, perduró a lo largo de milenios. Modernamente está surgiendo
otra, muy impetuosa, desde la ideología del Mercado (el Mercado como
valor supremo), capaz de barrer todo lo anterior, e imponer como bueno
y justo todo lo que pueda reportar alguna ganancia, así sea lo más
nefando e injusto.
4. Ante esta situación, que en los próximos decenios tenderá a
agravarse, no es improbable que los cristianos nos preguntemos como
Juan Bautista: “¿Eras tú el que habías de venir? ¿Tenemos que
esperar a otro? ¿Nos engañaste muriendo en la cruz? ¿El becerro de oro
es de veras el verdadero dios a quien hemos de adorar?”
La
situación, sin embargo, no es del todo maldita. Y hasta puede ser
bendita. Porque nos obliga a los cristianos a profundizar en lo que es
lo verdaderamente cristiano. Y a intentar vivirlo cada día en todas
las circunstancias de nuestra existencia concreta. Y, especialmente,
puede ayudarnos a descubrir algo que hemos descuidado mucho: el papel
que el cristiano debe jugar en la sociedad civil en cuanto ciudadano.
¿Hemos de ser talibanes dedicados a destruir Budas? ¿O borregos que
nos pleguemos sin más a los dictados del dios-mercado? ¿O ciudadanos
honestos e inteligentes que, en medio de la complejidad de la cultura
moderna, busquemos los caminos más conducentes al bien común?
San
Agustín calmaba los ánimos de los cristianos africanos ansiosos de
romper las estatuas de los ídolos, con palabras parecidas a éstas:
“Ayudemos a los paganos a destruir los ídolos erigidos en su corazón.
Y un día serán ellos los que vengan a pedirnos ayuda para destruir los
ídolos de piedra”.
5.
La vida nunca fue fácil para el cristiano. Y cada día le será más
difícil. Ofensas no faltarán. Contra lo más sagrado. No son pocos los
que militan expresamente a favor de una era nueva que llaman
postcristiana. O peor, ni siquiera ya nombran al cristianismo. Hechos
como la recientemente comentada exposición de pinturas de la Recoleta
se multiplicarán. Y mucho más graves. Lo que ayer no pudo el comunismo
ateo, que intentó borrar toda vestigio cristiano, lo está intentando
ahora el capitalismo ateo. Y sin duda tendrá un éxito mayor. Pero a no
temer. La ocasión es preciosa para que los cristianos profundicemos
nuestra fe en Jesús el Mesías. La dulce ironía de Dios se mostrará en
que el testimonio que los cristianos no siempre supimos dar con
diafanidad en una era que hemos llamado cristiana, lo daremos con
mayor plenitud y frecuencia en una postcristiana. ¡Maravillosa
debilidad y fortaleza del cristianismo!
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia |