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JESÚS, EL MESÍAS (2)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
19 de diciembre de 2004 -
Cuarto domingo de Adviento



I. JESÚS, HIJO DE DAVID


1. En la lectura del Evangelio de hoy, el Ángel del Señor lo llama a José en el sueño diciéndole: “¡José, hijo de David, no temas recibir a María!” (Mt 1,20). Pero al que importa llamar “Hijo de David” es a Jesús. De hecho, todo el párrafo precedente fue escrito por San Mateo para proponer la “genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (v. 1), que desemboca en José, el cual era “el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo (o Mesías)” (Mt 1,20). Si José tiene importancia es porque por medio de él, en cuanto padre legal, Jesús, concebido virginalmente de María, entra en la descendencia de David. Y así se cumplen las promesas que Dios le había hecho a David: “El Señor te ha anunciado que él mismo te hará una casa... Tu casa y tu reino durarán eternamente delante de mí, y tu trono será estable para siempre” (2 Sam 7,12.16).


2. Que Jesús era descendiente de David fue durante su vida un dato importante. Al ver las obras que realizaba “la multitud asombrada decía: ¿No será éste el Hijo de David? (Mt 12,21). E incluso lo reconoce como tal. Cuando entra en Jerusalén, lo ovacionan diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21,9). Y hubo más de una discusión sobre este asunto. Mientras los fariseos estaban reunidos, Jesús les hizo esta pregunta: “¿Qué piensan acerca del Mesías? ¿De quién es hijo? Ellos le respondieron: De David. Jesús les dijo: ¿Por qué entonces, David, movido por el Espíritu, lo llama Señor, cuando dice (en el Salmo 110,1): Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha? Si David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?” (Mt 22,41-46).


3. En la enseñanza de los Apóstoles también fue un dato valioso. San Pablo empieza la carta a los romanos de esta manera: “Pablo, servidor de Jesucristo, elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios, acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne” (Rom 1,1-3). Y en la segunda carta a Timoteo lo exhorta: “Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David” (2 Tm 2,8). En uno de los últimos renglones del Nuevo Testamento, Jesús aparece diciendo: “Yo, Jesús, he enviado mi mensajero para dar testimonio de estas cosas a las Iglesias. Yo soy el retoño de David” (Ap 22,16).


4. ¿Por qué esta insistencia bíblica en que Jesús es Hijo de David? Era sin duda un argumento importante en la propuesta que los apóstoles hacían a los judíos de Jesús como Mesías. En la sinagoga de Antioquía de Pisidia, San Pablo, después de recordar los orígenes del pueblo israelita, argumenta así: “Ellos pidieron un rey,... y cuando Dios desechó a Saúl, les suscitó como rey a David... De la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús” (Hch 13,21-23).


5. Pero es también una manera de recalcar la realidad humana del Mesías. Él viene todo de Dios, pero surge desde una humanidad pecadora, que viene a redimir. Porque ¡flor de pecador fue el santo rey David! La genealogía de Jesús que trae San Mateo recuerda que “David fue padre de Salomón, y que la madre de éste fue la que había sido mujer de Urías” (Mt 1,6). Es decir, Jesús tiene como abuelo lejano a David, el cual le robó la mujer a uno de sus mejores capitanes, y para ocultar su embarazo mandó que lo dejasen solo en el momento más crítico de la batalla, y así lo matasen (cf. 2 Sam 11). ¿Pecado más vil y cobarde se podía pensar? Ese lo cometió David, el abuelo de Jesús el Mesías.



II. “¡TEN PIEDAD DE MÍ!” LA HUMANIDAD TIENE NECESIDAD DE JESÚS


6. Siendo Jesús Hijo de David el pecador se garantiza también que el Mesías sea compasivo con nuestras miserias. Si bien concebido de una madre santísima, no le asusta que por sus venas corra sangre de abuelos pecadores. De allí, que la gente acudía muy confiada a Jesús: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!”, gritaban los ciegos (Mt 9,27; 20,30-31). Y lo mismo la mujer cananea, que pedía por su hija endemoniada (cf. Mt 15,23).


7. Posiblemente éste sea el rasgo más importante: Jesús es llamado Hijo de David porque de esta manera puede compadecerse de nosotros. No se trata simplemente de garantizar una línea dinástica que una a Jesús con David y asegurarle así ciertos derechos reales. Se trata, más bien, de mostrar que el Mesías, siendo un ser divino, no es un ser etéreo. Surge de la historia humana manchada de villanías y cobardías. Ésta, por tanto, no está irremediablemente perdida. Como dice a Carta a los Hebreos: “No vino para socorrer a ángeles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió asemejarse en todo a sus hermanos” (Hb  2,17; cf Hb 4,15).

8. Un aspecto de la espiritualidad cristiana contemporánea un tanto oscurecido es precisamente éste: el de la fe en Jesús el Cristo. Y ello a raíz de tendencias neoarrianas que desde los años 60 se han colado en la Iglesia. ¿Jesús es sólo un gran maestro de la humanidad? ¿Es sólo alguien que nos da buen ejemplo, como decía el monje Pelagio, pero del cual podemos prescindir, porque con la voluntad todo lo podemos? ¿Nuestras heridas son sólo de origen psico-social curables con tratamientos ad hoc? ¿O son más profundas, que provienen de una inclinación al mal heredada de nuestro primer padre Adan, y que necesitan de la curación que sólo Jesucristo puede proveer por el perdón de los pecados? ¿Experimentamos necesidad de Jesús?



III. GRATITUD


9. El próximo 31 de diciembre concluyen su ministerio entre nosotros para volver a sus Diócesis de origen el P. Julio Coté, párroco de San Antonio de Padua (Barrio Centenario) y el P. Emilio Gabrielli, Párroco de Espíritu Santo. Pasaron largos años entre nosotros haciendo el bien. Que El Señor les retribuya sobreabundantemente.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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