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JESÚS, EL MESÍAS (3)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
26
de diciembre de
2004
- Solemnidad de la Sagrada Familia
I.
“SALVARÁ A SU PUEBLO DE SUS PECADOS”
1. Poner el nombre a una persona es siempre algo muy
importante. ¿Quién no recuerda, especialmente en las familias con
muchos hijos, las discusiones por el nombre del nuevo hermanito? En la
Biblia poner el nombre es un gesto sagrado. Desde que el primer hombre
fue invitado por Dios a poner el nombre a todos los seres vivientes
(Gen 2,19-20). Pasando por la escena de la imposición del nombre de
Juan al hijo de Zacarías (Lc 1,59-63). Hasta que le fue revelado a
José qué nombre poner al Hijo de Dios que nacería de María: “Y le
pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados” (Mt 1,21).
2. En la Biblia el nombre suele significar la misión a cumplir
en la vida. En el caso de Jesús su nombre vino de perillas.
Porque “Jesús” en hebreo significa “Dios ayuda”, o “salva”. Y de veras
que vino a salvarnos de nuestro peor enemigo, que es interno a
nosotros: nuestro pecado en su compleja realidad. Desde el pecado
heredado de nuestro padre Adán, que nos hirió profundamente y nos dejó
inclinados al mal. Hasta los pecados personalísimos de los que no
podemos responsabilizar a nadie.
3. En los Evangelios es evidente que Jesús cumplió
perfectamente la misión que le señalaba su nombre. En primer lugar, es
clara su preferencia por los pecadores. La queja de la gente
bienpensante era: “¿Por qué vuestro Maestro come con publicanos y
pecadores?” Pero él respondía que había venido precisamente para
eso: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”
(Mt 9,11.13). El peor insulto que pensaron hacerle fue en torno a
esto, pero él lo tomó como un título de gloria: “¡Amigo de
publicanos y pecadores!” (Mt 11,19). Y dada la ocasión, concedía
en concreto el perdón de los pecados: “Al ver la fe de esos
hombres, Jesús dijo al paralítico: Ten confianza, hijo, tus pecados te
son perdonados” (Mt 9,2). Finalmente, toda su vida se consumó en
la cruz. Y explicó que la sangre derramada en ella es “la Sangre de
la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados”
(Mt 26,28).
II. ¿TIENE ESTO IMPORTANCIA PARA LA HUMANIDAD?
4. Pero ¿qué puede significar hoy día esto de que “Jesús salva
a su pueblo de sus pecados”? La noción de pecado ha sido borrada del
lenguaje cotidiano. Su simple mención es una afrenta a la cultura
moderna. Recientemente liquidaron a un eurodiputado porque se atrevió
a calificar como pecado la relación homosexual. A lo sumo, se admite
que algo es “incorrecto”. Salvo no pagar los intereses usurarios de la
banca internacional, que nadie se atreva a decir que algo es en sí
mismo malo. Y aún así tampoco se puede hablar de usura, porque eso es
hacer un juicio moral. En el tipo de democracia imperante no se
toleran los juicios morales. Nada que ver con la democracia por la que
muchos bregamos: un modo de vida social basado en una mayor
responsabilidad moral personal y colectiva. Hoy es bueno o malo lo que
señala como tal la opinión pública manejada por los grandes intereses
del mercado. Como dije el domingo antepasado, estamos en medio de una
guerra cultural y de religión. Una de sus principales víctimas es la
noción de bien y de mal. Y con ello, la de pecado. Y,
consecuentemente, la de un Mesías redentor del hombre.
III. “¡HIJO DE DAVID, TEN PIEDAD DE NOSOTROS!”
5. La historia humana ha sido un sucederse de imperios que se
endiosaron y acabaron desplomándose. Periódicamente se cumple el viejo
sueño de Nabucodonosor: una gran estatua, con cabeza de oro, pecho de
plata, vientre de bronce, piernas de hierro y pies de arcilla, que, al
ser golpeada por una piedra desprendida de la montaña, se hace añicos
(Daniel 2,29-45). No hace mucho, escuché de un cubano su visión de la
historia: “En Cuba, en el lapso de un siglo, hemos vivido bajo el
colonialismo, el capitalismo y el socialismo. Queriendo salvarnos de
una esclavitud, hemos caído siempre en otra peor. Y ello, porque los
hombres somos ciegos. No vemos que para construir un sistema social en
el que sean posibles las relaciones humanas basadas en la verdad,
justicia y libertad, necesitamos de una profunda liberación de la
atadura interior del pecado”. Somos muchos todavía los que hemos sido
contemporáneos del apogeo del nazismo y de su estrepitoso derrumbe. Lo
mismo que del avance arrollador del comunismo y de la caída del muro
de Berlín. ¿Cómo pudieron pueblos cultos como el alemán y el ruso
llegar a semejante abismo de maldad? En este momento somos testigos
del endiosamiento de los Estados Unidos. Siento pavor ante los
próximos cincuenta años bajo el imperio de los nuevos Estados Unidos
surgidos del 11 de septiembre y conducidos por Bush. ¿A qué grado de
maldad se llegará?
6. Pero algo me tranquiliza: a la postre quedará el ser humano
ansioso de una salud que ningún poder (ni la ciencia, ni la técnica,
ni ideología alguna) le puede brindar, y necesitado de gritar como los
ciegos de Jericó: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”
Y Jesús no se hará rogar. “¿Qué quieren que hagan por ustedes?”,
les preguntará. Habrá siempre quienes le respondan: “Señor, que
se abran nuestros ojos”. Y Jesús compadecido abrirá los ojos de
quienes crean en él (Mt 20,30-34). Es decir, a la vez que distinguirán
la misteriosa realidad del pecado, contemplarán la gloria con que Dios
reviste al hombre. No se trata de una visión maniquea de la historia,
como si el Bien y el Mal fuesen fuerzas parejas que se disputan el
mundo. Pero sólo el que con la luz del Mesías sabe distinguir el
pecado, puede contemplar la gloria de Dios. “Si caminamos en la
luz, la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. Si
decimos que no tenemos pecado, la verdad no está en nosotros. Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y
purificarnos de toda maldad” (1 Jn 1,7-9).
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia |