Documentos  
 

SER CRISTIANO HOY (7)


Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
11 de abril de 2004 - Domingo de
Pascua



I. LA RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS BAUTISMALES


1.
La Cuaresma se coronó con la Semana Santa. Ésta culminó en el Triduo Pascual. Y éste, a su vez, en la Vigilia de anoche, cuyo momento cumbre fue el Bautismo de los nuevos cristianos y la renovación de las promesas bautismales de todos los participantes.


2.
¿Por qué renovar las promesas si el Bautismo es único e irrepetible? Éste no se repite porque Jesucristo es quien lo realiza. Y la obra que él hace es definitiva. Se hizo hombre para siempre. Murió una vez de veras. Resucitó y la muerte ya no tiene dominio sobre él. Del mismo modo, cuando él bautiza lo hace para siempre. Esta convicción la expresamos al decir que el Bautismo “imprime carácter”. Repetir el Bautismo sería, por tanto, una burla a Jesucristo. (No se considera aquí el caso del Bautismo bajo condición cuando hay dudas fundadas sobre su realización. Éste no es propiamente una repetición, y su fórmula muestra el respeto al Bautismo único: “Si no estás bautizado, yo te bautizo...”).


3.
Sin embargo, se renuevan las promesas bautismales. Y ello porque nosotros, que un día las hemos formulado (o, si éramos niños, nuestros padres y padrinos en lugar nuestro), somos de naturaleza cambiante. Hoy decimos Amen, y mañana nos desdecimos. En un momento de entusiasmo prometemos como el apóstol Pedro: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte”; y minutos después juramos: “Mujer, no lo conozco” (Lc 22,33.57).

Después del Bautismo, ¿cuántas veces nos hemos desdicho con nuestra conducta del seguimiento a Jesucristo? ¿Incluso, después de la última renovación de las promesas?



II. QUE UN BAUTIZADO PEQUE ES ABSURDO, PERO REAL


4. Pecar después del Bautismo es, en teoría, un absurdo. Pero es una realidad cotidiana. Lo constataba el apóstol San Pablo, que nos legó una sólida catequesis sobre el Bautismo: “¿Cómo es posible que los que hemos muerto al pecado sigamos viviendo en él? ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida Nueva” (Rom 6,2-3).

Las cartas del apóstol muestran que muchos cristianos caían en el absurdo de reincidir en el pecado. ¡Y pecado gordo! Así, el caso del que convivía con su madrastra, y la comunidad lo tomaba a risa (1 Co 5,1-5). Los que seguían frecuentando a la prostituta esgrimiendo el argumento de que Cristo los había hecho libres. Los que se tomaban el Bautismo como una pura ceremonia y continuaban con sus criterios mundanos (1 Co 6). A éstos el apóstol les echaba en cara su pecado y les recordaba el Bautismo: “Ustedes mismos son los que cometen injusticias y defraudan a los demás. ¡Y esto entre hermanos! ¿Ignoran que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se hagan ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos, ni los ladrones, ni los avaros, ni los bebedores, ni los difamadores, ni los usurpadores heredarán el Reino de Dios. Algunos de ustedes fueron así, pero ahora han sido purificados, santificados y justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co 6,8-11).



III. LA FALACIA DE CREERNOS UN PUEBLO CRISTIANO


5. “Pueblo argentino” y “pueblo cristiano” son formulaciones de dos realidades que tienen puntos de contacto, pero que son totalmente distintas. No se es cristiano porque se nazca o habite en una determinada geografía. O porque se pertenezca a una determinada raza o nación. Como escribí el 14 de marzo, “cristiano no se nace, se renace”. Los cristianos de los dos primeros siglos tenían una conciencia más clara que nosotros de que lo eran gracias a la fe en Cristo, y que ésta los incorporaba a un pueblo nuevo, pero sin excluirlos del pueblo terreno al que pertenecían. Como dice la carta a Diogneto, redactada a mediados del siglo segundo: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. Sino que habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente”.


6. No niego que haya razones (historia, tradiciones, leyes, origen inmigratorio, etc.) que autorizan a decir que el pueblo argentino es cristiano y católico. Pero hay otro cúmulo que avalan lo contrario: desprecio general de lo público; falta de conciencia ciudadana comprometida con el bien común; instituciones mafiosas, aunque luzcan el crucifijo en sus despachos; medios de comunicación degradantes; incumplimiento de la palabra dada; espíritu matón; rencor y venganza; haraganería; y otras lindezas que, si bien no son exclusivas, los argentinos poseemos en abundancia. Y son el origen de nuestra decadencia.


7. ¿Las ciento cincuenta mil velas paseadas en la tarde del 1 de abril, en recuerdo de Axel Blumberg, expresan la voluntad de sepultar definitivamente un modo político-social muerto y en descomposición? ¿Anuncian el surgimiento de una vida político-social nueva? ¡Dios lo quiera! Pero es preciso que también lo queramos nosotros. Y no sólo un momento, durante una manifestación, sino cada día, a toda hora. Los cristianos que, con nuestro cristianismo formalista, hemos jugado, como los demás, un triste papel en el Viernes Santo argentino, hemos de jugar nuestro papel para que alboree la Pascua en la vida social, y ser así un pueblo honrado, trabajador, mesurado.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.