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LA HORA DE LA TENTACIÓN (3)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
20 de febrero de 2005 - Segundo domingo de Cuaresma



I. SER TENTADO ES PROPIO DEL SER HUMANO


1. El domingo pasado, primero de Cuaresma, comenzamos a contemplar las tentaciones de Jesús. Éstas nos asombran por varios motivos. En primer lugar porque en nuestro lenguaje reina la confusión entre “tentación” y “pecado”. Y por cierto que no podemos atribuir pecado a Jesús. Pero la tentación no es pecado. Ni es necesariamente la antesala del mismo, aunque puede ser una pendiente resbaladiza hacia él. La tentación es un deslumbramiento de la mente y un engaño del corazón, provocado por razones falsas, pero a primera vista muy fundamentadas e importantes, que impulsan al hombre a desechar la senda del bien y abrir una cortada que haga más rápido y exitoso el logro de la propia misión en la vida. Los argumentos más frecuentes y con viso convincente son: “quiero ser feliz, libre, realizarme como ser humano”. De esta situación no hay quien escape. Todo hombre por ser tal es tentado. Por lo mismo, Jesús, hombre verdadero, y por tanto limitado como toda criatura, fue tentado.

En segundo lugar, y muy en relación con lo anterior, sentimos gran dificultad para admitir las tentaciones de Jesús porque nuestra consideración de su ser suele ser parcial. Lo miramos como Dios verdadero, pero olvidamos considerarlo también como hombre verdadero, con las limitaciones propias de la naturaleza humana. Una de éstas es poder engañarse con falsas razones. Adan no salió pecador de las manos del Creador, pero sí limitado y, por tanto, sujeto a la tentación.


2. El autor de la carta a los Hebreos muestra con claridad esta doble dimensión de Jesús, y por ello no tuvo dificultad en admitir sus tentaciones: “En este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo... Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados se sentó a la derecha del trono de Dios... Él no vino para socorrer a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo. Y por haber experimentado personalmente la prueba (tentación) y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba (tentación”)” (Hb 1,2-3; 2,16-18).



II. EL DISCÍPULO DE JESÚS ESTÁ SOMETIDO A LA TENTACIÓN


3. De la ley de la tentación no escapa nadie. Muchas escenas evangélicas nos muestran cómo los mismos apóstoles de Jesús estaban sometidos a ella. En la última cena Jesús le dijo a Pedro: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32).

Nadie puede presumir de ser inmune a la tentación. Ésta sabe disfrazarse bajo las máscaras más diversas. San Pablo dijo que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Co 11,14). Incluso, uno puede llegar a consubstanciarse tanto con la tentación, que se vuelve él mismo causa de tentación para otros. Así sucedió con el apóstol Pedro. Si bien había sido iluminado por Dios al punto que confesó la mesianidad de Cristo, su ser no era todo luz, y por ello tentó a Cristo para no abrazar el camino de la cruz. Por eso Jesús lo reprendió: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás (Tentador). Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mt 16,23).



III.
ORAR PARA DESENMASCARAR LA TENTACIÓN Y NO CAER EN ELLA


4. Jesús escapa a todos los moldes conocidos. Es infinitamente más que un profeta, que un gurú, que un santón, que un maestro de vida espiritual. Por ello que en los Evangelios casi no hay consejos suyos de qué o cómo tiene que hacer un discípulo; por ejemplo, etapas a recorrer, ritos a cumplir. Si bien a sus apóstoles los instruye especialmente, su doctrina es pública y va dirigida a todos. El discípulo se vuelve tal estando con Jesús, espejándose permanentemente en él, imitándolo. Sin embargo, al tema de la tentación Jesús le dedicó un espacio muy peculiar en su vida y enseñanza.

En primer lugar, nos legó la experiencia que hizo al comienzo de su ministerio de ir al desierto y permanecer allí durante cuarenta días, y así descubrir los tropiezos o tentaciones que podría sufrir como Mesías.

No es éste un dato que podamos pasar por alto. A la tentación sólo se la desenmascara con la oración asidua y solitaria. La ayuda de un director espiritual, o incluso de un psicólogo, puede ser útil, pero será siempre insuficiente. Sin oración es fatal caer en la tentación, porque no se tiene la luz del cielo para desenmascararla.


5.
Tampoco es un dato menor que entre los bienes que Jesús nos enseñó a pedir en la oración al Padre figure “no nos dejes caer en la tentación” (Mt 6,13). Y sumamente importante es la exhortación de Jesús a sus discípulos durante su agonía: “Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt 26,41). Con la tentación no se juega. No se puede ceder a su lógica. De su esencia es ser tramposa, engañar, hacer pasar negro por blanco, maldad por bondad. Querer entablar un diálogo con la tentación es una falacia. Pero ¿cómo advertirlo sin oración?



IV. NECESIDAD DE UNA CATEQUESIS SOBRE LA TENTACIÓN


6. Mucho trabajo apostólico se escurre como el agua por la rejilla porque estamos faltos de una buena catequesis sobre la tentación. Si en tiempos remotos se pudo abusar de ella, hoy reina la más crasa ignorancia al respecto. Y así lo cristianos, en especial los jóvenes, desconociendo los criterios que nos dio Jesús, vamos adoptando los criterios del Príncipe de este mundo. ¿Se animarán los catequistas a retomar este tema?


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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