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LA HORA DE LA TENTACIÓN (6)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
20 de marzo de 2005 -
Domingo de Ramos



I. LA SEMANA SANTA DE JESÚS: LA HORA DE LA AMARGURA


1.
La Semana Santa, que hoy comenzamos, nos pone ante el máximo drama del ser humano jamás sufrido: la hora del dolor de Jesucristo. No hay drama que se le pueda comparar. Ni siquiera sumados todos los dolores de la historia. Se trata de un dolor del alma, para el cual no existe ningún analgésico, ni consuelo alguno de parte de los hombres. Dolor sufrido por el más grande de los hijos de los hombres. Ello fue así, porque siendo Jesucristo el Hijo de Dios, su naturaleza humana es la más perfecta de todas, y, por lo mismo, la más sensible y capaz de probar al máximo el dolor del propio límite humano, de la maldad de sus hermanos los hombres, de tener que asumir el lugar de ellos en la reparación de tanto pecado. Por ello que en Jesucristo hasta el mismo dolor humano fue redimido.

Hojeando las páginas de los Evangelios, encontramos rasgos que, contemplados con espíritu de adoración, nos permiten entrar un poco en el alma de Jesucristo y percibir algo de lo que fue su infinito dolor. Es bueno y hasta necesario que en estos días meditemos esos rasgos, no sólo como individuos, sino como Iglesia de Resistencia. Porque sólo así nuestro dolor actual puede ser preanuncio de gloria.


2. Después de entrar en Jerusalén, vivado por la gente, y buscado por unos griegos, Jesús les muestra el dolor de su alma a los apóstoles Felipe y Andrés: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto... Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para esto he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica a tu hijo!” (Jn 12,23-28). Se trata de una glorificación muy extraña, que los hombres no entendemos: a través de la humillación, como la del grano de trigo que es enterrado en la tierra para pudrirse y germinar.

Como en todas las despedidas, en la hora última de Jesús se potencian sus sentimientos de dolor y de afecto, como si él se doliese y amase más. El evangelista San Juan describe así esta hora: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). Es normal que así sea. En el último momento se sufre más, y el amor se concentra y se hace más fuerte. San Lucas dice lo mismo: “Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc 22,14-16).



II. ANTE UN PARTO DOLOROSO Y GOZOSO DE NUESTRA IGLESIA


3. Jesús intentó explicarles a sus discípulos algo del misterio de su dolor. Además de la parábola de la semilla de trigo, empleó la del parto: “Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar: el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo. También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver; y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16,20-22).

San Pablo recurrió a la misma imagen con los cristianos de Galacia que se habían dejado tentar por un falso apóstol: “¿Dónde está la alegría que sintieron entonces (al comienzo de la evangelización)? Yo mismo puedo atestiguar que, de ser posible, se habrían arrancado los ojos para dármelos. ¿Y ahora me he convertido en enemigo de ustedes por decirles la verdad? El interés que los otros muestran por ustedes no es bueno... ¡Hijos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes! Ahora mismo desearía estar allí para hablarles de otra manera, porque no sé cómo proceder con ustedes” (Ga 4,15-20).


4. No por leer con frecuencia los textos del Nuevo Testamento los entendemos. Nos escandalizamos cuando tenemos que sufrir algo personalmente. Enseguida concluimos que Dios no existe. El escándalo es mayúsculo cuando es la Iglesia la que sufre. Si sufre es porque se equivocó. Hoy se tiene la idea de que “éxito” equivale a “verdadero”. Esta ideología se va metiendo tanto que hay grupos cristianos que se presentan con el lema “¡pare de sufrir!”. Y son exitosos.


5. ¡Pero es tan clara la afirmación de Jesús sobre la hora del dolor! De adentro y de afuera. De parte de enemigos y de amigos. En el alma y en el cuerpo: “Les he dicho esto para que no se escandalicen. Serán echados de las sinagogas, más aun, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios” (Jn 16,1-2). Fue tan amarga la hora del dolor de Jesús que el evangelista San Marcos nos dice: “se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora” (Mc 14,35). Pero finalmente la hora terrible llegó. A sus apóstoles en el Huerto de los Olivos les dijo: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” (Mt 26,45). Y agregó a los que vinieron a arrestarlo: “Esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas” (Lc 22,53). Esta hora lo hiere profundamente a Jesús. Pero también a sus discípulos. Esto último le duele mucho más que su propio dolor: “Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero yo no estoy solo” (Jn 16,32).



III. EL RELATO DE LA PASIÓN DE JESUCRISTO


6. El relato de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo se lee dos veces durante la Semana Santa. Hoy, Domingo de Ramos, en el Evangelio según San Mateo. El próximo Viernes Santo, en el Evangelio según San Juan. Además de la lectura escuchada en el templo, invito a todos los cristianos a repetirla en sus casas, con devoción. Es una fuente de sabiduría espiritual.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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