|
HE DESEADO ARDIENTEMENTE COMER ESTA
PASCUA...
Apuntes de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo de Resistencia
para la homilía de la Misa Crismal del Miércoles Santo 23 de marzo de
2005, en el Centro Litúrgico-Pastoral Arquidiocesano Nuestra Señora
del Carmen
I. LA DESPEDIDA DE JESÚS
1. Hay momentos en la vida en los que pareciera que ésta se
condensa, se deja de lado todo lo secundario y se va a lo esencial.
Son los momentos de despedida. Cuanto más honda es la despedida, más
se condensa la vida. Y, por tanto, los sentimientos y afectos se hacen
más profundos. Y se formulan recomendaciones al ser querido que parte
o que se queda, en especial sobre aquello que puede asegurar su salud
y sobre los peligros que pueden acecharle. Sucede así cuando se
emprende un largo viaje. O cuando alguien parte de esta vida.
2. Si bien en el Nuevo Testamento hay varias escenas de despedida
(San Pablo en Mileto, cuando se despide de los presbíteros de Éfeso:
cf. Hechos 20,17-38; o cuando le anuncia a Timoteo su inminente
martirio: cf. 2 Tm 4,1-27), ninguna es de la intensidad de la de Jesús
en la última cena: “Llegada la hora, - dice San Lucas-, Jesús se
sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: ‘He deseado
ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión...” (Lc
22,14-15). Pero es San Juan quien ha profundizado más en los
sentimientos de Jesús al despedirse de sus discípulos: “Antes de la
fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de
este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en
el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).
3. Recomiendo a todos los cristianos (fieles laicos,
consagrados de todos los institutos, religiosas, religiosos,
seminaristas, diáconos y presbíteros), tomar en sus manos el Evangelio
según San Juan y, en clima de oración, leer la larga despedida de
Jesús, que se encuentra en los capítulos 13-17. Hagámoslo saboreando
cada una de sus frases, sintiéndonos interpelados por ellas. Así nos
dispondremos a renovar con fruto las promesas bautismales en la
próxima Vigilia Pascual, cuyo anticipo es la renovación que los
presbíteros y el obispo haremos hoy de las promesas del día de nuestra
ordenación sacerdotal.
4. El año pasado, en esta misma ocasión, les decía a todos, y
especialmente a los Presbíteros:
“Hoy, casi en la antevíspera de concluir mi ministerio episcopal, esos
sentimientos no han cambiado”
Y me refería
a dos sentimientos que tuve al cumplir 50 años de ministerio
sacerdotal: “a)
qué bueno que ha sido Dios conmigo; b) cuánto tiempo perdido en cosas
que no valían la pena”.
Y proseguía:
“Sin caer ahora en atolondramientos, quiero apurar el paso junto con
Ustedes para alcanzar más plenamente a Cristo. Los exhorto a no perder
el tiempo en cosas tal vez importantes pero secundarias.
Los
exhorto, sobre todo, a rescatar el primer amor, como le dijo Jesús a
la Iglesia de Éfeso (Ap 2,4). El primer amor del ingreso al Seminario,
del día de la ordenación sacerdotal.
Primer
amor, ingenuo, inmaduro quizá, pero total, sin condiciones, regateos o
conceptualizaciones. Preocupémonos ante todo por llevar un estilo de
vida a imagen de Jesús con sus apóstoles.
Quiero
pedirles, además, que Ustedes y yo nos unamos más estrechamente en el
ideal del Presbítero y del Presbiterio que, a partir del Nuevo
Testamento, nos propuso el Concilio Vaticano II, y que la Iglesia
profundizó en la exhortación postsinodal Pastores dabo vobis y
recientemente en Pastores gregis. Como dije no hace mucho, todavía
estamos a años luz de la figura del Presbítero y del Presbiterio del
Vaticano II. No porque estemos viviendo después del Concilio ya lo
tenemos asimilado” (cf. Homilía 2004, pfs. 18-19).
5. ¡Hermanos míos Presbíteros! Esto dicho el año pasado fue una
exhortación llena de amor, como la que el apóstol Pablo dirigía a sus
colaboradores Timoteo y Tito. Y si pareciese un reto, ¿acaso los
padres no corrigen a sus hijos? (cf. Hb 12,5-13). Sin distraernos
ahora de la lectura de la despedida de Jesús en el Evangelio según San
Juan, que conviene que hagamos en estos días, me permito recomendarles
que, oportunamente, vuelvan a releer la homilía del año pasado. Por
eso hoy entrego nuevamente su texto junto con el de ésta. Les
recomiendo que sepan leer entre líneas, como hacen los amigos.
6. ¡Hermanos míos todos! Hoy, la antevíspera de mi despedida,
de la que les hablaba el año pasado, se ha convertido en víspera
inminente. Por eso quiero hablarles entrañablemente con las palabras
de Jesús. Para ello espigaré algunos pasajes de su discurso de
despedida. Y los pasaré por mi corazón, para devolvérselos a Ustedes a
modo de testamento espiritual.
II. NECESITAMOS SER LAVADOS POR JESÚS
7.
“¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?”, le preguntó
sorprendido y rebelde Simón Pedro a Jesús. Y éste le respondió: “Si
yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte” (Jn 13,6-8).
¡Queridos cristianos! Para compartir la suerte de Jesús necesitamos
ser lavados por él.
El
lavatorio de los pies en la última cena es, por cierto, símbolo del
servicio humilde que debemos prestar a nuestros hermanos con nuestra
vida y ministerio cotidiano. Así lo explicó Jesús: “Si yo, que soy
el Maestro y Señor, les he lavado los pies a ustedes, ustedes también
deben lavarse los pies unos a otros” (Jn 13,14). Pero como el
mismo Jesús insinuó, el lavatorio de los pies significa mucho más:
“No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo
comprenderás” (Jn 13,7). El lavatorio de los píes es el anticipo
del baño con que Jesús nos lava de nuestros pecados en su sangre (cf.
Ef 5,25-27), el cual se nos hace efectivo en el Bautismo y en el
sacramento de la Reconciliación.
Para
ello debemos abandonarnos con total confianza en Jesús y dejarnos
lavar por él. De ningún modo hemos de proceder como Pedro, que se
resistió: “No, le dijo, Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!”
(Jn 13,8). Y, por lo mismo, terminó negándolo tres veces. Más bien
hemos de proceder como el ciego de nacimiento que acató con docilidad
la orden de Jesús de lavarse en la pileta o piscina de Siloé, que
significa “Enviado” (cf. Jn 9,6): “El ciego fue, se lavó y, al
regresar, ya veía” (Jn 9,7). Si nos lavamos en el “Enviado”, que
es el mismo Jesucristo, no sólo nos limpiaremos de nuestra suciedad
espiritual, sino que comenzaremos a ver de veras y comprenderemos la
vida de manera totalmente nueva.
8.
¡Hermanos! No temamos descubrir que, con harta frecuencia, nuestra
actitud, personal o grupal, sea como la de Pedro y no como la del
ciego de nacimiento. Tal vez sabemos mucho de religión, conocemos
demasiadas cosas de Jesús, pero hemos perdido la ingenuidad del ciego
que creyó al instante en la orden de Jesús: “Ve a lavarte a la
piscina de Siloé”. Y por ello recobró la vista. Nosotros quizá
tengamos demasiadas razones, incluso de apariencias religiosas, en las
que nos abroquelamos, que nos impiden aceptar que hemos de ser lavados
por el Señor. Y cuando digo “nosotros”, me refiero a los que
compartimos más de cerca el apostolado: yo, en primer lugar; y, en
orden descendente, los presbíteros, los diáconos, los seminaristas,
las religiosas, los catequistas, los agentes pastorales de los
diversos rangos.
¡Hermanas y hermanos míos muy queridos! Tenemos una gran suerte de
estar más cerca del Señor que muchos otros cristianos, pero a la vez
corremos un mayor peligro. Es un peligro como el de los esposos, que
después haberse extasiado el uno en el otro, sin darse bien cuenta
cómo, comienzan a distanciarse, se van volviendo indiferentes, y a
veces terminan agrediéndose y abandonándose. En nuestro matrimonio con
Jesucristo tenemos asegurada la fidelidad de él hacia nosotros, pero
puede pasarnos que nosotros nos distanciemos de él y de su Iglesia. Si
perdiésemos la docilidad del discípulo, en vano intentaremos ser
apóstoles del Señor.
III. CAMINAR EN JESÚS
9. “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la
Casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Yo voy a prepararles el
lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra
vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también
ustedes. Ya conocen el camino... Yo soy el camino” (Jn 14,1-6).
¡Queridos cristianos! “Se hace camino al andar”, dice un refrán. Y una
canción lo completa así: “Caminante, no hay camino. Se hace camino al
andar”. Lo cual suena hermoso y tiene una cuota de verdad. Pero como
toda verdad, si se la enuncia parcialmente se vuelve mentira.
Los
cristianos sabemos que hay Camino. Es Jesús, el Cristo: “Yo soy el
camino”. Y camino cierto, no incierto a pesar de todas las
oscuridades de la vida. Y camino caminado, sudado por el mismo Cristo.
Transitado por él en todas las direcciones. Especialmente desde
Galilea hasta Judea. Desde la intimidad de Nazaret hasta el Calvario
de Jerusalén. Un camino con inicio claro. Y con meta cierta: “Yo
soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el
Fin”. (Ap 22,13; 1,8.17; 21,6). Por tanto, no estamos condenados a
andar un camino a ciegas, a realizar una búsqueda azarosa, que podría
terminar en un callejón sin salida.
10.
Los primeros cristianos se sentían tan bien encaminados con Cristo que
una de las maneras de designarse era “los del Camino”. Era a éstos a
quienes perseguía el mundo descaminado de entonces: “Saulo pidió
cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a
Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor” (Hch 9,2; cf.
18,25.26; 19,9.23; 22,4; 24,14.22).
11.
¿Nuestras parroquias son sendas bien marcadas donde los caminantes
pueden encaminar sus pasos hacia la patria del cielo, pisando esta
tierra, y construyendo en ella una patria de hermanos? ¡Queridos
Presbíteros! La Parroquia como Camino: es todo un desafío para nuestra
pastoral. Y al decir parroquias, digo también asociaciones,
movimientos, las mismas reuniones fraternas informales. ¿Todo lo que
hacemos ayuda a que Jesús se pueda sumar al camino que estamos andando
a veces como los discípulos desilusionados que se iban a Emaús? (cf.
Lc. 24,14.32). ¿Contribuye a preparar el camino del Señor que viene a
nuestro encuentro? (cf. Mt 3,3).
IV. EL PADRE PODA LA VID DE JESÚS
12.
“Yo soy la vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis
sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más
todavía” (Jn 15,1). La poda implica necesariamente dolor, al menos
cuando ésta se realiza en los sarmientos verdes.
En los
mensajes dominicales sobre la Hora de la Tentación, y en especial en
los dos últimos, hablé insistentemente sobre el dolor, necesario e
inevitable, que supone ser discípulo de Cristo. Dato éste que estaría
muy debilitado en la espiritualidad contemporánea, y esto con gran
peligro de nuestra identidad cristiana, dado el lugar preeminente que
el dolor tiene en el Evangelio.
¡Hermanos míos! Pronto escucharemos la queja de Jesús resucitado a los
discípulos de Emaús: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les
cuesta creer todo lo que anunciaron los proifetas! ¿No era necesario
que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” (Lc
24,25-26). En esos discípulos estamos representados todos
nosotros. Como a ellos, también a nosotros nos cuesta admitir que el
dolor es el camino necesario para el gozo, y que la muerte lo es para
la vida.
13.
Por cierto que el seguimiento de Jesucristo nos produce
satisfacciones. Pero no como las piensa el mundo. Son satisfacciones,
o mejor alegrías, que durante nuestra existencia terrena están unidas
necesariamente al dolor. Éste puede venir de afuera. Como lo anunció
Jesús en el Sermón de la Montaña: “Felices los que son perseguidos
por practicar la justicia... Felices ustedes, cuando sean insultados y
perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran
recompensa en el cielo” (Mt 5,10-12). Pero el dolor puede venir
también desde adentro, por ejemplo de las renuncias y negaciones a las
satisfacciones de este mundo que supone el seguimiento de Jesucristo:
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que
cargue su cruz y me siga” (Mt 16, 24).
14.
¡Hermanos míos muy queridos! Que no nos engañe la cultura
contemporánea. No hay antropología ni soteriología cristiana que
excluya el dolor. El que nos salvó es el Hijo del hombre que cargó
sobre sí todos los dolores de la historia: “Él tomó nuestras
debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades” (Mt 8,17; Is
53,4). La salvación nos la trae el Hombre Jesús resucitado, pero
que mantiene los estigmas de la crucifixión: “¿Por qué están
turbados?” Les preguntó Jesús a los discípulos en la tarde del
domingo de la resurrección: “Miren mis manos y mis pies, soy yo
mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni hueso, como ven
que tengo yo. Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies” (Lc
24,36-41).
V. PEDIR AL PADRE POR NUESTRA IGLESIA EN EL NOMBRE DE JESUCRISTO
15.
“No los dejaré huérfanos” (Jn 14,18). ¡Hermanos míos! Nosotros
podemos dejar solo a Jesús. Pero él nunca nos dejará solos a nosotros.
Incluso cuando él se va es para venir a nosotros más profundamente
mediante su Espíritu: “Les digo la verdad: les conviene que yo me
vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si
me voy, se lo enviaré... Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los
introducirá en toda la verdad...” (Jn 16,7.13-14).
No
quiero hacer predicciones sobre el futuro de nuestra Iglesia
arquidiocesana. Pero el Señor la ama entrañablemente, como no lo
podemos imaginar. Y, por lo mismo, vale de ella lo que él dijo de la
mujer que da a luz: “Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se
convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia
porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su
dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al
mundo. También ustedes ahora están tristes”, pero Jesucristo hará
resplandecer su rostro sobre la Iglesia de Resistencia, “y ustedes
tendrán una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16,20-22).
Yo no
dudo que todo lo que vivió, vive y vivirá nuestra Iglesia está bien
guardado en el cocimiento y en el amor de Dios. Nada sucede sin que él
lo sepa. Nada negativo acontece sin que él pueda sacar mucho de
positivo. Nada positivo sucede sin que él lo haya preparado
minuciosamente desde toda la eternidad, con un cuidado que no tienen
todos los padres juntos para con sus hijos.
16.
En esto de superar lo negativo y acrecentar lo positivo de nuestra
Iglesia, a nosotros se nos encomienda principalmente orar, pedir,
insistentemente, con fe y confianza total: “Si ustedes permanecen
en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo
obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto
abundante... No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los
elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y este
fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se
lo concederá... Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo
concederá en mi nombre. Hasta ahora no han pedido nada en mi Nombre.
Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta... Aquel
día pedirán en mi Nombre, y no será necesario que yo ruegue al Padre
por ustedes, ya que él mismo los ama” (Jn 15,7-8. 16; 16,23-24.26-27).
Sí,
hermanos muy queridos, el Padre mismo nos ama. ¿Cómo no pedirle
entonces su Espíritu Santo? ¿Cómo no pedirle un amor entrañable a su
Hijo, a la Iglesia y todos los hombres de nuestro Chaco? ¿Cómo no
pedirle un profundo amor fraterno entre todos nosotros? ¿Por nuestro
Presbiterio? ¿Por nuestro Seminario Interdiocesano y por nuestros
seminaristas? ¿Por el Centro Vocacional Jesús Maestro? ¿Por la Escuela
de Diaconado San Esteban? ¿Por la Pastoral Vocacional? ¿Por mí? ¿Por
el futuro arzobispo de Resistencia? ¿Por todos y cada uno de nosotros,
para que en todo no queramos otra cosa que cumplir la voluntad de Dios
manifestada por su Iglesia?
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia |