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JUAN PABLO II, EL GRANDE
ALGUNOS RASGOS DE SU FIGURA


Entrevista al diario Norte de Resistencia concedida por monseñor Carmelo Juan Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia (6 de abril de 2005)


Norte: ¿Cuál es el legado que deja Juan Pablo II a la Iglesia y al mundo?

Respuesta: Imposible en estos pocos días, todavía conmocionado por su desaparición física, intentar una síntesis de la inmensa obra de Juan Pablo II. Fue digno heredero de sus dos grandes predecesores: los Papas Juan XXIII y Pablo VI. De allí que adoptara el nombre que es una síntesis de ambos: “Juan Pablo”. Y supo acrecentar enormemente la herencia recibida de ellos. Ha batido todos los records apostólicos. Y ha realizado los gestos más audaces en el acercamiento de los pueblos, en el camino de la reconciliación de los cristianos, en el aprecio con el pueblo de Israel, como también en el diálogo con las grandes religiones del mundo. No sin razón, la gente comienza a llamarlo Juan Pablo el Grande, como siglos atrás llamó a León el Grande y a Gregorio el Grande. Le cuadran las palabras con que el apóstol San Pablo se justificaba en la segunda carta a los Corintios frente a algunos falsos apóstoles que despreciaban su persona y su apostolado porque era un converso: “De lo mismo que otros se jactan, también yo me puedo jactar. Ahora hablo como un necio. ¿Son ministros de Cristo? Yo lo soy más que ellos. Mucho más por los trabajos, mucho más por las veces que estuve prisionero, muchísimo más por los golpes que recibí”. Juan Pablo II es más en todo. Ofrece tantas facetas, y en todas descolló como un coloso, que cualquier síntesis sería parcial, y reduciría su legado. Pero en su figura hay algunos rasgos que son capitales.

Primero, el hombre de la Paz. A los dos meses de elegido como Romano Pontífice, cuando la maquinaria bélica de la Argentina y de Chile ya estaba en marcha, se interpuso entre ambos ejércitos ofreciéndose a mediar, gracias a la perspicacia del Cardenal Raúl Primatesta y del Nuncio Apostólico Pío Laghi. Los argentinos no tenemos idea de qué horrores nos salvó Juan Pablo II. Sin olvidar la destrucción de vidas y ciudades que habría sobrevenido, nos salvó del odio entre dos pueblos hermanos. No hay peor destrucción que el odio. Sólo quien ha conocido el odio engendrado entre los pueblos europeos a raíz de las guerras, puede entender esta calamidad. Baste recordar los odios entre serbios y bosnios, que afloraron en la década del 90, y los horrores que han causado. La reciente guerra de Irak, declarada unilateralmente por los Estados Unidos, la nación más poderosa de la tierra, no lo amilanó al Papa y se opuso firmemente a ella, porque entendió que la defensa de la paz es un bien inigualable y es preciso condenar la guerra como instrumento para solucionar o prevenir conflictos. Con Juan Pablo II el grito que Pablo VI lanzara en la ONU en 1965, “guerra a la guerra”, se ha vuelto una voz sonora, imposible de no escuchar. No será fácil que en adelante los cristianos puedan adherir a ciertas formas patológicas de nacionalismo, de derecha o de izquierda, con la conciencia tranquila, y menos esgrimiendo argumentos seudoreligiosos para justificar guerras de cualquier tipo.

Segundo, el hombre de la reconciliación de los cristianos. La senda del ecumenismo abierta por el Concilio Vaticano II, y secundada ampliamente por Juan XXIII y Pablo VI, fue seguida resueltamente por Juan Pablo II. En la encíclica “Ut unum sint” (“Para que sean uno”) aceptó encontrar una forma de ejercicio del primado de la Iglesia de Roma que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva. Y para ello pidió a los responsables eclesiales y a sus teólogos establecer con él un diálogo fraterno y paciente. Sin duda que el futuro Papa profundizará este surco, que no ha sido abierto en vano por el Espíritu de Dios.

Tercero, el hombre que rescató la herencia israelita de la Iglesia. Los cristianos no somos conscientes de nuestra herencia judía. Lo cual no nos hace nada bien. En la Misa oramos a Dios pidiendo que acepte “estas ofrendas, como aceptaste el sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe”, pero no somos conscientes muchas veces de lo que decimos. Abraham es nuestro padre en la fe. Los cristianos somos hijos espirituales suyos, pero no lo sabemos. No sólo Jesús y los Apóstoles eran judíos, sino que las Escrituras que él leía y comentaba eran las judías, (no existía entonces ningún escrito del Nuevo Testamento), lo mismo que era judía la liturgia que él celebraba. De allí brotó la nuestra. Cuando Juan Pablo II llamó a los judíos “nuestros hermanos mayores” no hizo un cumplido, sino que dijo una gran verdad. Y ésta nos sirve no sólo para reconciliarnos con los judíos, a quienes tanto ofendimos, sino para conocer más profundamente nuestra identidad cristiana y poder así dar ante el mundo un testimonio más cabal de nuestra fe. Los cristianos: o nos reconocemos espiritualmente israelitas, o no somos cristianos.

Cuarto, el pastor universal. La senda que emprendiera Juan XXIII, de salir de Roma, - pues desde 1870, con la invasión de Garibaldi, los Papas vivían recluidos en el Vaticano-, y que afirmara Pablo VI organizando una peregrinación a la Tierra Santa y luego emprendiendo el primer viaje papal a la ONU, y las visitas apostólicas a diversas Iglesias del mundo (India, Colombia, etc.), este Papa la ha afianzado de manera inimaginable. Fueron innumerables los viajes apostólicos Y los ha preparado con mucho esmero. La visita apostólica es lo que hacía Jesús yendo por pueblos y ciudades. Lo que hacían los apóstoles Pedro y Juan, visitando las ciudades en las que surgían núcleos de cristianos. La palabra “Obispo” significa “el que visita”. Desde ahora la visita pastoral o apostólica integrará cada vez más la figura del Obispo y también la del Papa, que es el Obispo de Roma y de toda la Iglesia. Imaginar que el futuro Papa supere a Juan Pablo en este aspecto es difícil de concebir. Pero no se trata de organizar una maratón, a ver quién recorrerá más kilómetros, sino de una misión apostólica. Yo imagino que el futuro Papa también visitará a la Argentina, y cuando venga al Noreste, será Resistencia la que lo reciba, como en 1987 lo fue Corrientes. Estoy seguro que los chaqueños querrán emular con nuestros hermanos de Corrientes, la cual en menos de veinte años por dos veces fue sede de dos eventos eclesiales de magnitud: la Visita Papal y el X° Congreso Eucarístico Nacional.

Quinto, el arquitecto de la Nueva Evangelización. El aspecto que más me impresiona en Juan Pablo II es su genio como constructor de una obra pastoral monumental: la celebración del Gran Jubileo por los dos mil años del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Si observamos el transcurso de su ministerio papal desde sus orígenes en 1978, apreciaremos que todos sus dichos y hechos, sus gestos e iniciativas de todo orden (encíclicas, viajes apostólicos, audiencias masivas y privadas, sínodos de los Obispos, la IV Conferencia Latinoamericana de los Obispos en Santo Domingo, etc.), confluían todos en una dirección: la celebración del Gran Jubileo. Cada una de tales iniciativas fue como un ladrillo que se insertó en esa gran construcción. Y no se trató de una celebración puramente externa, sino de dramatizar una gran acto fe de la Iglesia en Nuestro Señor Jesucristo, al comienzo del Tercer Milenio. Para lo cual repitió insistentemente una afirmación bíblica fundamental tomada de la carta a los Hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será siempre”. En este sentido su carta apostólica “Tertio Millenio Adveniente” (Al acercarse el tercer Milenio) es, en mi opinión, el máximo documento pontificio de pedagogía pastoral de toda la historia eclesiástica. Nunca antes un Papa había propuesto una planificación pastoral tan profunda, vasta, a la vez que sencilla. Y para que nadie pensase que la celebración del Gran Jubileo era una obra para el consumo intraeclesial, fue mechando su preparación y celebración con encíclicas que mostrasen cómo el Evangelio de Jesucristo es capaz de iluminar los aspectos más diversos y complejos de la vida humana. Por eso a las tres grandes encíclicas teológicas sobre Jesucristo Redentor del hombre, Dios rico en misericordia, y el Espíritu Santo, añadió tres encíclicas sociales decisivas: sobre el trabajo, el desarrollo de los pueblos, y la nueva situación del mundo después del colapso del comunismo y el peligro del capitalismo salvaje. Y también otras encíclicas sobre temas candentes: la Vida humana, la relación entre razón y fe, y cuestiones fundamentales de moral. Al considerar a Juan Pablo II como pedagogo de la fe, me viene a la mente la frase del apóstol San Pablo a los corintios: “Yo puse los cimientos, como lo hace un buen arquitecto”. Nos toca ahora a nosotros continuar la obra emprendida de la Nueva Evangelización. Roguemos a Dios para que le dé al futuro Papa sabiduría y fuerza de continuar esta obra.


Norte: ¿Qué piensa usted de quienes dicen que Juan Pablo fue un Papa progresista de la Iglesia para afuera, y muy conservador de la Iglesia para adentro?

Respuesta: De tales personas procuro no pensar nada. Pero de las afirmaciones de los mismos, digo que suelen ser simplificaciones groseras de la realidad. Dan una cierta aureola de intelectualidad y criticidad a quienes las profieren, pero de hecho impiden analizar la realidad y malforman la opinión pública. Salvada la infinita distancia que hay entre Juan Pablo II y Jesucristo, yo a mi vez pregunto: ¿Jesucristo fue conservador o progresista? Al considerar el trato indulgente que dispensó a la mujer sorprendida en adulterio, tal vez algunos hoy lo alabarían como a un progresista. Pero al considerar sus dichos en el Sermón de la Montaña sobre “el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”, lo estigmatizarían como a un conservador retrógrado. O bien, al considerar la orden que le da Pedro: “guarda la espada, porque el que a hierro mata a hierro muere”, algunos los considerarían un pacifista eximio, digno de que su imagen estuviese junto a la de Mahatma Gandhi. Pero otros, al considerar su frase “si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mi, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar”, lo calificarían como a un fundamentalista enrolado en Alqaeda. Por lo que usted puede apreciar, no simpatizo con este tipo de etiquetamientos. Se parecen mucho a los que usaban los escribas y fariseos, los cuales para todo tenían una explicación. Por ejemplo. Jesús realizaba milagros porque estaba poseído por el demonio. Así cualquiera hace milagros, decían.


Norte: ¿Considera que al nuevo Papa lo elegirá el Espíritu Santo, o más bien será el fruto de quien sea más hábil entre las corrientes internas de la Iglesia?

Respuesta: La elección que Jesús hizo de los Doce Apóstoles fue obra de él, en cuanto hombre, y también obra de Dios, a quien oró durante toda la noche. La elección del apóstol Matías, que cubrió la vacante de Judas, fue obra de la comunidad primitiva que fijó criterios de selección de los candidatos, y fue obra de Dios a quien la comunidad le suplicó: “Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de los dos elegiste”. Lo mismo sucede con toda elección en la Iglesia. Es simultáneamente obra humana y obra del Espíritu Santo. Como dijeron los apóstoles al final del Concilio de Jerusalén: “El Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido...”. Porque la elección del Papa es obra humana, corresponde organizarla adecuadamente, de modo que lo exterior ayude a lo interior. De allí que en la elección del Romano Pontífice se tomen todos los recaudos que impidan las presiones políticas, que siglos atrás existieron a veces de parte de reyes y emperadores. Y porque es obra del Espíritu corresponde que la Iglesia ore intensamente en estos días, y que los mismos Cardenales electores se dediquen a la oración.


Norte: En sus visitas al Papa para rendir cuenta de su labor en la Arquidiócesis de Resistencia, ¿qué consejos o directivas recuerda?

Respuesta: Que cuide muy especialmente el Seminario Interdiocesano.


Mons. Carmelo Juan Giaquinta, administrador apostólico
de Resistencia



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