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LA HORA DE LA
GLORIFICACIÓN (5)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(24
de abril de
2005
- Quinto domingo de Pascua)
I. SENTIMIENTOS ANTE UN NUEVO PAPA
1. Cuando escribo este mensaje, es domingo 17, y estoy a punto
de partir hacia San Miguel para participar de la Asamblea Plenaria del
Episcopado. Mañana lunes 18, comienza el Cónclave de los Cardenales
para la elección del nuevo Romano Pontífice. ¿Qué habrá pasado entre
hoy, cuando escribo esto, y el domingo 24, cuando aparece este Mensaje
y estoy regresando de Buenos Aires? No tengo el don de la
precognición. Muy probablemente tengamos nuevo Papa, y desde hace
varios días. Y habremos cantado el Te Deum. Y estemos a la expectativa
de sus primeros gestos. ¿Cuáles serán los sentimientos en cada uno de
nosotros? ¿En el mundo católico? ¿En la prensa? Tampoco lo puedo
saber. Pero tal vez ayude recordar los sentimientos habidos en otra
ocasión.
2. El 9 de octubre de 1958 moría el gran Pío XII. No habían
pasado veinte días, casi ni había habido tiempo para hacer duelo, y el
28 de octubre era elegido Juan XXIII. Un obispo petiso, más bien
gordinflón, que tomaba el nombre de Juan XXIII, que fuera también el
del último de los antipapas entre 1410 y 1415. Los seminaristas de
Buenos Aires estaban petrificados ante el aparato de la radio. ¿Cómo?
¿Ya había nuevo Papa? ¿Con esa pinta y ese nombre? Prometía ser un
desastre.“Vamos, muchachos, bajemos a la Capilla a cantar el Te
Deum”, les dije yo que no estaba menos petrificado. Me costó un
Perú convencerlos. A las pocas semanas varios sacerdotes dejaron de
comprar la edición argentina de L´Osservartore Romano. No valía la
pena. Los discursos de este Papa eran improvisados, y se publicaban
resúmenes. ¿A qué gastar la plata? La Iglesia había entrado en una
decadencia definitiva. Pero hete aquí que, el 25 de enero de 1959, ni
tres meses después de su elección, Juan XXIII anuncia un Concilio. Y
lo hacía con santa osadía, sin consultar a los Cardenales de la Curia
romana, no sea que le bochasen la iniciativa. Luego en 1961 vino la
encíclica social Mater et Magistra. Y en abril de 1963, poco antes de
su muerte, la Pacem in Terris, que produjo la admiración del premier
soviético. Los mayores recordamos la emoción con que el mundo vivió la
agonía de Juan XXIII. Sin el carisma de Juan Pablo II para conmover
multitudes, Juan XXIII, hijo de humildes campesinos, el Papa de la
transición, conmovió al mundo con su bondad y con su libertad, y le
dio un nuevo rumbo a la Iglesia.
3. Los Evangelios nos hablan de otra situación semejante, pero
mucho más grave: la desilusión que produjo Jesús entre la gente de su
pueblo: “¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de
hacer milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? Y Jesús era para
ellos un motivo de escándalo. Y no hizo allí muchos milagros, a causa
de la falta de fe de esa gente” (Mt 13,53-58). Sin embargo, a
pesar del rechazo de sus compueblanos, y pese a su fracaso en la cruz,
Cristo sigue siendo el gran imán de la humanidad. Y siempre será la
gran piedra de tropiezo.
II. REPULSA AL OBISPO DE ROMA
4. Un fenómeno digno de atención es la acritud con que, cada
vez más, en el mismo mundo católico, también en América Latina,
–¿en
el NEA también?–,
se expresan sentimientos de repulsa al Obispo de Roma, en especial
entre los que piensan saber de teología o de pastoral. Una cosa es el
llamado culto a la personalidad, que es rechazable en cualquier caso.
Recordemos lo acaecido con los apóstoles Bernabé y Pablo en Iconio,
cuando sus habitantes quisieron adorarlos como a los dioses Zeus y
Mercurio (Hch 14,11-18). Otra cosa es el desprecio al Obispo de Roma,
que posee el carisma de ser la roca visible sobre la que Cristo
edifica su Iglesia: “Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,17). El desprecio al Papa y a
los demás pastores de la Iglesia es desprecio a Cristo: “El que los
escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me
rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a aquel que me envió” (Lc
10,16).
A
fines del siglo II, Tertuliano inventó la antinomia: “Sí, a la
Iglesia del Espíritu; No, a la Iglesia de los Obispos”, que cada
tanto es reflotada como gran invención teológica. Y muchos incautos se
tragan el anzuelo.
5. Volviendo al apóstol Pedro: el mismo Cristo oró por él y le
pidió su amor, y le confirió las llaves del Reino de los cielos. Y
ello a pesar de su poca fe, de su somnolencia y de su triple negación.
¿Cómo los católicos podríamos despreciar al Papa que hereda el carisma
de Pedro? No está bien la desmesura en las demostraciones de afecto al
Papa. Visitando a Juan Pablo II, en enero de 1997, uno de los Obispos
del grupo le dijo: “Santidad, aquí estamos sus hijos”. Y él con
suavidad y claridad corrigió: “Ustedes son mis hermanos”.
Entre
los que desprecian al Papa, algunos pretenden escudarse en el
enfrentamiento que tuvo el apóstol Pablo con el apóstol Pedro, según
se cuenta en la carta a los gálatas (2,11-14). Pero no tienen el
espíritu de Pablo, y olvidan que éste había ido a visitar al apóstol
Pedro para estar en comunión con él: “Tres años más tarde, fui para
visitar a Pedro, y estuve con él quince días. Al cabo de catorce años,
subí nuevamente a Jerusalén, en virtud de una revelación divina, y les
expuse el Evangelio que predico entre los paganos, en particular a los
dirigentes, para asegurarme que no corría o no había corrido en vano”
(Ga 1,18; 2,1-2).
III. OREMOS POR EL PAPA BENEDICTO XVI
6. No sabemos qué evolución tendrá en este milenio el ejercicio
del Papado. Posiblemente asuma formas distintas a las del segundo
milenio, como éstas lo fueron con respecto al primero. Pero el Señor
seguirá construyendo su Iglesia sobre el humilde fundamento de Pedro,
para mostrar que él es la Roca viva. Y seguiremos orando: “Señor,
que en tu providencia edificaste la Iglesia sobre el fundamento de
Pedro, y lo pusiste al frente de los demás Apóstoles, mira con bondad
a nuestro Papa Benedicto XVI, a quien has constituido sucesor de
Pedro, y concédele que sea para tu pueblo principio y fundamento
visible de la unidad de fe y de comunión”.
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
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