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LA HORA DE LA
GLORIFICACIÓN (7)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(8
de mayo de
2005
- Ascensión del Señor)
I. “¿POR
QUÉ SIGUEN MIRANDO AL CIELO?”
1.
Cuenta el libro de Los Hechos de los Apóstoles que, cuando Jesús quedó
oculto detrás de la nube, “como éstos permanecían con la mirada
puesta en el cielo, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco,
que les dijeron: Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo?
Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de
la misma manera que lo han visto partir” (Hch 1,10-11).
Una
vez más, salvadas las distancias, durante los meses de marzo y abril,
con la agonía y muerte de Juan Pablo II y el solemne funeral, y la
elección de Benedicto XVI: la Iglesia ha estado viviendo una situación
análoga a la que vivieron los Apóstoles con la pasión, muerte,
resurrección y ascensión del Señor. Les hizo falta que alguien los
zamarrease: “¿Por qué siguen mirando al cielo?”. Quizá convenga
que alguien también nos zamarree para hacernos aterrizar. La
solemnidad de la Ascensión es muy propicia para ello.
2. Aunque todos aspiramos al Cielo, hemos de caminar por la
tierra cumpliendo nuestra misión, cada uno según su propia vocación.
Cumplir la misión aquí es el trampolín necesario para llegar allá. La
misión es común. Nos la dio Jesús resucitado: “Serán mis testigos
en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra” (Hch 1,8). La misión del fiel cristiano no es diferente de
la del Obispo. Ambos deben dar testimonio de Jesucristo con la palabra
y el ejemplo. Distinta es la vocación. Cada uno es llamado a cumplir
la misión andando por su propio carril. En el camino que es Jesucristo
hay muchos carriles.
II. LA MISIÓN DEL CRISTIANO EN EL MUNDO GLOBALIZADO
3. Esto, que fue siempre así, tiene hoy un ingrediente nuevo:
la espectacularidad. Millones han visto por la TV cómo un Papa llegaba
al final de su misión asomándose agónico a la ventana de su
habitación. Millones hemos participado de su funeral. Por millones
hemos acudido a la Plaza San Pedro para participar de la elección del
Papa Benedicto XVI. Aunque la palabra “globalización” no sea fácil de
explicar, los hechos señalados la dan a entender perfectamente.
4. ¿La espectacularidad añade algo a la misión que debe cumplir
el cristiano? Me viene a la mente lo dicho por Jesús en el Sermón del
Monte: “Ustedes son la luz del mundo. No se puede esconder una
ciudad situada en la cima de una montaña” (Mt 5,14). Y también
otra expresión del apóstol San Pablo: “Hemos llegado a ser
espectáculo para el mundo, para los ángeles y los hombres” (1 Co 4,9).
La espectacularidad no añade nada, salvo una mayor responsabilidad,
pues hace ver cuán importante es cada cristiano y la misión a cumplir.
Vivimos en una mundo globalizado, convertido en una gran aldea, donde
un pequeño gesto personal repercute instantáneamente en el otro
extremo del mundo. Se globaliza el mal, la confusión, pero se puede
globalizar el testimonio, la solidaridad. Aunque en la era de la
globalización la inmensa mayoría sigue permaneciendo en el anonimato,
este fenómeno permite captar mejor cómo cada uno es único e
insustituible. La marea humana que en pocos minutos llenó la Plaza San
Pedro cuando hubo “fumata bianca”, no habría existido sin cada una de
esos cientos de miles de personas anónimas que concurrieron
espontáneamente a la Plaza.
5. La espectacularidad, que muestra un costado positivo de la
realidad que antes permanecía velado, tiene también sus propias
tentaciones. La más frecuente: pensar que los cristianos estamos en la
antesala del éxito. ¿Para qué se hace un espectáculo sino para
arrancar aplausos? “Hacé el espectáculo, le dijo el Demonio a
Jesús. ¿Eres el Hijo de Dios? Manda que estas piedras se conviertan
en panes. ¿Eres el Hijo de Dios? Tírate abajo, porque está escrito:
Dios dará órdenes a sus ángeles y ellos te llevarán en sus manos para
que tu pie no tropiece con ninguna piedra” (Mt 4,3-6).
Jesús
nos previno contra esta tentación. Aun cuando el cristiano deba ser a
veces un espectáculo, su suerte es muy otra que el aplauso: “A
causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar
testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no
se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban
decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes
los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes”
(Mt 10,18-20). El apóstol San Pedro, en la lectura que corresponde
al séptimo domingo de Pascua, escribe lo mismo a los cristianos:
“Alégrense en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de
Cristo. Felices si son ultrajados por el nombre de Cristo, porque el
Espíritu de gloria , el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes. Que
nadie tenga que sufrir como asesino, ladrón, malhechor o delator. Pero
si sufre por ser cristiano, que no se avergüence y glorifique a Dios
por llevar ese nombre” (1 Pe 4,13.14-16).
III. LLAMADO UNIVERSAL A LA SANTIDAD EN LA ERA GLOBALIZADA
6. Uno de los mejores aportes que el Concilio hizo a la vida de
la Iglesia fue refrescarnos una gran verdad: que Dios llama a todos a
la santidad. Pero, frágiles de memoria, lo olvidamos enseguida. En los
cuarenta años pasados desde entonces no pareciera que los Pastores
hayamos insistido suficientemente en ello. Pero éste fue el legado
espiritual del Apóstol Pedro, el primer Papa, en tiempos de Nerón. En
la carta citada escribió a los cristianos: “Así como aquel que los
llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de
acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (1
Pe 1,15-16). Y éste es también el legado del último Papa, Juan
Pablo II, para estos tiempos globalizados: “Este ideal no ha de ser
malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria,
practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de
la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno”. Es
el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto
grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad
eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección”
(Continuará).
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
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