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LA HORA DE LA GLORIFICACIÓN (8)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta, administrador apostólico
de Resistencia (15 de mayo de 2005 - Solemnidad de Pentecostés)



I. PENTECOSTÉS VS. BABEL


1.
En el libro del Génesis, cuando el autor explica la multiplicidad de las lenguas, lo hace con la profundidad e ingenuidad de los sabios antiguos, diciendo que es fruto de un castigo divino por el orgullo de los hombres en la construcción de la ciudad: “Así el Señor los dispersó de aquel lugar, diseminándolos por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad. Por eso se llamó Babel: allí, en efecto, el Señor confundió la lengua de los hombres” (Gen 11,8-9). De hecho, el orgullo es la causa fundamental de la incomunicación humana.

Pentecostés, que celebramos hoy, es, por el contrario, el reverso de la medalla: la efusión del Espíritu de Dios sobre la humanidad, y, por lo mismo, la restauración de la unidad interior del lenguaje humano: “Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan (los Apóstoles de Jesús) no son todos Galileos? Todos los oímos proclamar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios” (Hch 2,5-11).


2. La comunicación es un don de Dios, que hace a la perfección del hombre. No se trata de conocer idiomas, que bien pueden ayudar. Tampoco es cuestión de medios técnicos. Éstos hoy abundan. Hasta los niños tienen sus teléfonos celulares. Pero aun así se puede estar incomunicado. La comunicación es mucho más que información. Ésta es sólo una de sus formas más elementales. La comunicación supone varios pasos. Por parte del comunicador: tener algo valioso que comunicar, querer hacerlo, trasmitirlo de manera inteligible. Por parte del interlocutor, supone sintonizar con el que trasmite, captar su mensaje, responderle. Y ello, en el plano conceptual y afectivo.



II. EL JUEGO DEL TELÉFONO DESCOMPUESTO


3. En las parroquias se suele hacer el juego del “teléfono descompuesto”, muy adecuado para enseñar que la comunicación es un arte. Uno trasmite una noticia al oído de otro. Y éste, a otro. Y así sucesivamente. Es notable cómo la noticia se va deformando paso a paso hasta adquirir un significado a veces contrario al original: “El Padre dijo que los chicos deben venir el jueves a las diez, y no el viernes”; “el Padre dijo que los chicos que no vengan el jueves a las diez tampoco podrán venir el viernes”; “el Padre dijo que los chicos deben venir el viernes a las diez, y no el jueves”.

Esto, que es tan risueño en el juego, pone en evidencia lo dificultoso de la comunicación humana. Muchas veces, y a pesar de las apariencias en contrario, ésta no se da, o a lo sumo se establece un diálogo de sordos. Y ello por múltiples razones. Entre otras: primero, las limitaciones de los interlocutores. Sin ninguna mala voluntad, estos no logran entenderse, o se entienden mal. Segundo, las diferencias culturales. Una misma palabra dicha aquí y en Chile puede tener significados diversos. Lo mismo que los gestos. Tercero, los prejuicios. Éstos (“pre-juicios”) son actitudes aparentemente intelectuales, pero profundamente sentimentales, que pretenden encerrar al interlocutor en determinada casilla. Por cierto que así nunca podrá comunicarse con él. Cuarto, la ideología. Actitud próxima a la anterior, pero más abarcativa, que filtra toda la realidad a través de un determinado prisma. Quinto, la ignorancia. Su campo es amplísimo. Desde la incapacidad natural para comprender, hasta la suficiencia del que cree saberlo todo y de todo opina. Esta última forma de ignorancia la hemos experimentado en forma extraordinaria con ocasión de la elección del Papa Benedicto XVI. Sexto, la intemperancia. Una conversación a los gritos confunde todo. Séptimo, la mala fe, cuando el interlocutor deforma la verdad a su arbitrio. Y, por fin, la suma de todas estas coordenadas desordenadas: limitación, diferencia cultural, prejuicio, ideología, ignorancia, intemperancia, mala fe.


4. En su apostolado, Jesús se encontró con muchas de estas situaciones, que tornaban el diálogo difícil y, a veces, imposible. Las parábolas más sencillas les resultaban incomprensibles a los discípulos: “Jesús les dijo: ¿No entienden esta parábola (del sembrador)? ¿Cómo, entonces comprenderán todas las demás?” (Mc 4,13). Ni qué decir de su muerte y resurrección: eran para ellos una jerigonza: “Los discípulos no comprendían esto y temían preguntarle” (Mc 9, 37). Hay muchas escenas en las que los interlocutores más cultos, los escribas y fariseos, le planteaban a Jesús cuestiones importantes, pero desde sus prejuicios, ideología o mala fe, y no desde el amor a la verdad. Por ejemplo, sobre el mandamiento más importante de la Ley, la resurrección de los muertos, pagar o no el tributo al emperador, el divorcio. Algunos procuraron infundirle miedo para que no hablase, y por hacerlo lo abofetearon. El colmo fue la deformación flagrante de la verdad proclamada por Jesús: “Algunos declaraban falsamente contra Jesús: Nosotros lo hemos oído decir: Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre” (Mc 14,56-58). La mejor comunicación Jesús la tuvo con la gente humilde: “Se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Lc 10,21)



III. EVANGELIO Y PENTECOSTÉS


5. Anunciar el Evangelio a toda la creación es el mandato que Jesús dio a sus Apóstoles el día de su Ascensión. Y para ello los capacitó con su Espíritu en Pentecostés. Cumplir ese mandato es la misión ineludible de la Iglesia considerada en su totalidad, fieles y pastores. Es la máxima gloria del cristiano. “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!”, exclamaba San Pablo (1 Co 9,16).

La Iglesia debe perfeccionar permanentemente su lenguaje evangelizador, sus palabras y gestos, lo mismo que los medios que emplea. No por ello la empresa le será fácil. Sin dejar de someterse a una permanente autocrítica para no empañar el Evangelio, no puede olvidar que su propuesta va a suscitar ineludiblemente la incomprensión. Mientras peregrine por este mundo, el glorioso anuncio del Evangelio estará siempre marcado por las llagas de Jesús resucitado.


Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico de Resistencia



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