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HACIA UNA ARGENTINA NUEVA (1)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta, administrador apostólico
de Resistencia (22 de mayo de 2005 - Solemnidad de la Santísima Trinidad)



I. EN VÍSPERAS DEL BICENTENARIO (1810-2010)


1. El próximo 25 de mayo es un día muy especial. Hace 195 años, casi dos siglos, comenzó a tomar forma nuestra Nación como ente político-social autónomo de España, hasta cristalizar como Estado independiente en 1816. Es una fiesta patria, no una fiesta religiosa. Sin embargo, es de la máxima importancia para el cristiano. Nada auténticamente humano le es ajeno; tampoco una fiesta patria. Y menos, la suerte de la patria terrena, sus vicisitudes y logros. Le interesa, sobre todo, la vida de sus ciudadanos: en paz, libertad, trabajo, justicia y solidaridad. Porque es en la patria terrena por donde peregrina hacia la Patria definitiva del Cielo. Sin aquella ésta le sería inalcanzable. Por eso, en una fiesta patria los cristianos damos gracias a Dios de manera extraordinaria, y le suplicamos sus bendiciones por el bien sagrado de la Patria, en especial por sus ciudadanos y gobernantes. Esto se hace según las costumbres propias de cada lugar. En Resistencia reservamos la solemnidad mayor en la Catedral para el 9 de Julio; mientras que el 25 de Mayo se lo celebra rotativamente en las iglesias de las diversas ciudades y pueblos del Chaco.


2. Volviendo al 25 de Mayo: la proximidad del Bicentenario está suscitando iniciativas celebratorias en todos los órdenes. Ya las hay en círculos vinculados a la Iglesia. La más antigua que conozco es una publicación de ACDE (Asociación cristiana de Dirigentes de Empresa): “Pensando en la Argentina del Bicentenario - Hacia una visión compartida de País” (junio 2001). La más reciente, una publicación del Departamento de Laicos del Episcopado, “Hacia la Argentina del Bicentenario”, en preparación del Congreso de Laicos de octubre próximo. El mismo Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Corrientes el año pasado, en el que orábamos a Jesucristo “autor de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano”, fue una preparación espiritual remota del mismo.


3. Sin despreciar ningún tipo de festejos, los cristianos sabemos que en esta celebración hemos de apuntar a lo más hondo de la Patria, hacia la renovación de su alma y de sus estructuras fundamentales. Porque éste es el estilo de Jesús. Él hace nuevas todas las cosas desde adentro. No se conforma con las apariencias. Por ello los cristianos, que constituimos la mayor parte de los que vivimos en la Argentina, ante la inminencia del Bicentenario, hemos de mirarnos en el Evangelio, y preguntarnos: ¿somos ciudadanos que construimos la Patria cada día con responsabilidad, o sólo habitantes que la usufructuamos? Si la Patria padece males, no podemos hacernos los distraídos y mirar hacia el costado. Con la misma valentía, hemos de comprometernos luego en la construcción de la Patria. Como decíamos los Obispos meses antes de la explosión de la crisis de 2001: “Siendo los cristianos tan numerosos, debemos concluir que no estamos exentos de responsabilidades en esta crisis. Por lo mismo, debemos cotejar nuestra conducta social con el Evangelio, asumir nuestro puesto en la superación de la misma, aún a precio de grandes sacrificios, y crecer en nuestra conducta como ciudadanos. No podemos ser peregrinos del cielo, si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena” (10-08-2001).



II. LA CELEBRACIÓN: ¿ALIENACIÓN O IDEAL?


4. ¿Tiene sentido celebrar el Bicentenario? ¿No contribuirá a alienarnos más? Si sólo consistiese en rememorar el pasado con mayor o menor objetividad: sería tarea principalmente de historiadores, interesante, pero sin mayor utilidad inmediata. Si, en cambio, se trata de dar una mirada a los dos siglos transcurridos, reconocer los valores positivos que nos hicieron crecer como Nación, y descubrir los desvalores que se convirtieron en el lastre que nos tiene varados, y así poder lanzarnos hacia adelante con un proyecto de País a largo plazo: es un deber del todo urgente y necesario. Como cuando alguien al emprender una carrera da necesariamente un paso hacia atrás sobre el cual apoyarse. Israel es un ejemplo claro de pueblo que, en la conmemoración reiterada de su historia, en la gratitud por los dones recibidos de Dios y en el reconocimiento de sus yerros supo encontrar caminos nuevos y abrirse al futuro aun en los peores momentos. Son innumerables los Salmos que reflejan esta actitud.



III. JESÚS, HIJO Y CIUDADANO DE ISRAEL


5. Jesús está más allá de todo límite nacionalista y se resistió a ser considerado un Mesías mundano, cuya misión fuese sólo contra poderes de este mundo. Pero no por ello fue un Mesías “celestial”, desinteresado de su patria terrena. Desde el seno de su madre, cuando ella y José fueron a Belén para empadronarse, hasta su muerte en la cruz, donde un cartel decía “Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos”, toda su vida estuvo marcada por las vicisitudes de su patria. Los Evangelios muestran cómo él se alegraba con su pueblo y muchas veces se unía a los peregrinos que iban a Jerusalén para las grandes solemnidades que recordaban los beneficios de Dios a Israel: la liberación de la esclavitud de Egipto, la larga marcha por el desierto, la cosecha de los frutos de la tierra. Como todo hombre honesto, era un buen trabajador: “el carpintero” del pueblo (Mc 6,3) . Ya en los días de sus ministerio apostólico, interrogado Simón Pedro por los cobradores del impuesto del Templo si el Maestro lo pagaba, respondió sin titubear: “Sí, lo paga” (Mt 17,25). Al grupo de sus discípulos lo formó integrando hombres de diversos sectores sociales y de distintas tendencias. Junto a un pequeño empresario de la pesca como Simón Pedro, estaba Mateo el jefe de los cobradores de impuestos, y Simón el Cananeo o el Zelote. A todos trataba con el debido respeto, y más si era objeto de alguna discriminación: los leprosos, los publicanos, los pecadores, las mujeres, los niños, los extranjeros. A las autoridades civiles y religiosas, judías o romanas, las respetaba, a la vez que se mantenía libre y no negociaba con ellas la proclamación del Evangelio. Anunciaba la verdad con claridad, y ejercitaba la no violencia aun a riesgo de la propia vida. Fue un ciudadano de veras eximio, cuya claridad de vida denunciaba por sí sola toda injusticia. El rasgo que tal vez mejor exprese cuán profundamente Jesús se sentía unido a la suerte de su patria, fue su llanto por Jerusalén, al prever los días de su asedio por las tropas romanas y su destrucción: “Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella” (Lc 19,41). Si Jesús amó tanto a su patria terrena, ¿cómo, entonces, el cristiano no va amar la suya? Pero cabe una pregunta: ¿cuánto los cristianos nos dejamos inspirar por Jesús para ser honestos ciudadanos? (Continuará)


Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico de Resistencia



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