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HACIA UNA ARGENTINA NUEVA (2)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(29
de mayo de
2005
- Solemnidad del Corpus Christi)
I.
LA RAZÓN Y LA FE ILUMINAN EL ACCIONAR HUMANO
1.
La Iglesia al enseñar sobre la conducta del hombre recurre
primeramente a la misma naturaleza humana creada por Dios; es decir, a
la recta razón. Ésta es, en cierto modo, el primer Evangelio entregado
al hombre. Pero dada la situación conflictiva de éste a causa del
pecado, la Iglesia debe recurrir necesariamente al Evangelio de
Jesucristo e interpretar la realidad humana con la luz de la fe.
En
principio, razón y fe coinciden, pues las dos provienen de Dios. Sin
embargo, en la práctica pueden contradecirse. Y ello es así cuando una
pretende apoderarse de toda la explicación de la realidad, impidiendo
a la otra hacer su propio aporte. Surgen entonces las patologías, sea
de la religión, sea de la razón, que tanto daño hacen. Pero
reconociéndose mutuamente, ambas pueden complementarse y corregirse en
beneficio del hombre. Así, en apretada síntesis, lo dicho el año
pasado por el Cardenal José Ratzinger, el actual Benedicto XVI, en
diálogo con el filósofo alemán Jûrgen Habermas.
II.
¿POR QUÉ LA IGLESIA HABLA DE LAS REALIDADES TERRENAS?
2. La Iglesia, que debe orientar a los hombres hacia la Patria del
Cielo, no puede dejar de mirar desde su propio atalaya la situación de
la patria terrena. De allí que la Iglesia, a la vez que constata
logros sociales que ayudan al hombre en su caminar, verifica
patologías que lo afectan gravemente: el deterioro de las condiciones
para la dignidad humana, la falta de moral pública, los enconos entre
sectores sociales, el partidismo exacerbado. A la Iglesia le interesa
necesariamente la dimensión social del hombre. Y habla de ella, no
para no perder protagonismo, como a veces se interpreta el ejercicio
de su magisterio social. Tampoco para asumir en la sociedad un papel
que no le corresponde. Sino en razón de su fe y de su misión. Porque
cree que el Hijo de Dios es hombre verdadero, no le es indiferente la
suerte terrena de ningún hombre.
3. Que la Iglesia puede también equivocarse y caer en patologías
religiosas, pretendiendo terciar en las disputas terrenas al mismo
nivel que lo haría un partido o un sector social más: es cierto. Y lo
admitiría dado el caso.
Sin
embargo, pienso que esto no es hoy lo más frecuente. Más bien molesta
que la Iglesia hable de la conducta del hombre en cuanto ser social. Y
esto por muchos motivos. Porque se parte de una concepción
ultraliberal de la religión, que la acepta sólo como fenómeno en el
ámbito puramente individual. O porque la misma Iglesia, aún rechazando
en el plano teorético la tesis ultraliberal, la aceptó muchas veces en
la práctica y habituó a los fieles a considerar al hombre casi
exclusivamente como ciudadano del cielo. O porque algunos, aún
compartiendo con la Iglesia principios del humanismo cristiano, se
abroquelan en prejuicios, como si todo planteo por parte de ella fuera
una crítica personal. O porque se tiene miedo de crecer y se evita
todo diálogo sincero. O porque se parte de la concepción de que el que
tiene el poder económico, político o cultural tiene siempre razón. O
por ideologías desaparecidas cuyos resabios perduran. O porque se
lleva una vida agitada que impide el mínimo de reflexión sobre lo que
la Iglesia dice. O porque los medios, en vez de comunicar, a veces
confunden y alientan antagonismos inexistentes. O simplemente por la
incomprensión humana, que se alimenta de tantas nonadas.
III.
LA “RE-PÚBLICA” Y LOS MANDAMIENTOS DE DIOS
4. A veces se piensa que la Doctrina Social de la Iglesia comenzó
con el Papa León XIII cuando publicó la encíclica Rerum Novarum, en
1891. Es un equívoco. Lo que entonces comenzó fue el empleo de las
cartas encíclicas (universales) por parte de los Papas para
proponerla. Pero la Doctrina Social es tan antigua como la misma
Iglesia. Incluso más. Le viene a la Iglesia desde sus raíces judías en
el Antiguo Testamento.
Los
que se tomen el trabajo de consultar el Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia, redactado por encargo del Papa Juan Pablo II y
publicado recientemente por el Consejo Pontificio Justicia y Paz,
podrán advertir cómo los capítulos sobre el Trabajo humano, la Vida
económica y la Comunidad política comienzan por los fundamentos
bíblicos a partir del Antiguo Testamento.
Una
expresión de esta sabiduría social antigua son las dos tablas de la
Ley de Moisés. “No matarás, no robarás, no darás falso testimonio
contra tu prójimo”, pueden parecernos hoy fórmulas sociales
rudimentarias. Pero dicen de un modo muy profundo que el hombre es un
ser político-social, y que es juzgado no sólo por su relación con Dios
invisible, sino también y sobre todo por su relación con su prójimo
visible, sea individual o comunitario.
5. Desde la escuela fuimos acostumbrados a imaginar que la
“república” era el mapa colgado en el aula: un instrumento didáctico
para ubicar las ciudades y accidentes geográficos de nuestro
territorio. Los argentinos necesitamos comprender que la “república”
es la “res publica” (palabras latinas), “la cosa pública”, lo que es
de todos, lo que por todos tiene que ser cuidado y defendido, porque a
todos nos hace falta, más que el aire, para crecer como personas y
como comunidad. Están “las cosas públicas”, los bienes públicos
tangibles, que hay que respetar. Y está, sobre todo, un bien
intangible, pero perceptible, que es la cosa más pública de todas: la
convivencia humana a construir entre todos en la verdad, justicia,
solidaridad y libertad. En orden a tal convivencia se estructuran
luego todas las instituciones públicas y privadas.
6. Muchas son las señales de que la recta comprensión de lo
público está muy deteriorada en nuestra Patria. Por momentos pareciera
inexistente. De ordinario “público” significa “lo que es de nadie”,
“lo que está a mi libre disposición para que yo me apodere de él”. De
allí la multiplicidad de robos y destrozos de bienes públicos. Como
también la irresponsabilidad en perturbar la convivencia social por
parte de sectores sociales que se creen con derecho a todo.
La
enseñanza de lo que es público, su valor y necesidad, y, por tanto, su
aprecio y cuidado, debe ser hoy el cometido principal de la escuela
argentina. También ha de ser un objeto muy importante de la
catequesis. Igualmente lo ha de ser de todas las fuerzas sociales que
tienen una misión de docencia con los miembros del propio grupo
(partidos políticos, sindicatos, cámaras empresariales, colegios
profesionales). Y, por cierto, ha de ser objeto de docencia por parte
de la autoridad, con su palabra y con su ejemplo. (Continuará).
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
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