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HACIA UNA ARGENTINA NUEVA (3)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(5
de junio de
2005
- Décimo domingo durante el año))
I.
DE LA REALIDAD CRÍTICA A LA CRÍTICA DE LA REALIDAD
1. Cuando hablamos de una Argentina Nueva hemos de evitar
pensar en una era mesiánica en la cual habría una Argentina sin mezcla
de mal alguno. Como también que estamos en una Argentina tan decrépita
que en ella no habría nada con que construir la nueva. Ambas son
simplificaciones burdas. También mañana habrá injusticias a vencer,
cómo hoy existen valores a rescatar. Sin embargo, si hablamos de
“Argentina nueva” es porque percibimos que hay una “Argentina vieja”,
agónica, si no está ya irremediablemente muerta. Su sepelio podrá
durar más o menos tiempo. Pero esa Argentina debe ser sepultada, si
deseamos de veras su resurrección. Es la Argentina cuyo momento
crítico más perceptible fue el 21 de diciembre de 2001.
2. Y con esto no estoy diciendo que desde entonces no se haya
hecho nada para reconstruirla. Si así fuese tal vez hoy no estaríamos
pensando en una Argentina nueva.
Tampoco estoy hablando del gobierno. La Argentina trasciende todos los
gobiernos, aunque éstos tengan mucho que ver con su suerte. Una mala
costumbre es que, cuando se habla de los males de la República, en
seguida le ponemos el sayo a los gobernantes. Ellos serían los
causantes de todos los males. ¿Llueve? “¡Este gobierno ladrón!” ¿Hay
sequía? “¡Qué gobierno de incapaces!”. Nunca miramos hacia adentro de
nosotros. Y menos, de la institución a la que pertenecemos. Hay,
además, un periodismo que fomenta esta visión maniquea. Cualquier
reflexión que haga un obispo sobre las raíces morales de nuestros
males aparece al día siguiente en los diarios con el título “Dura
crítica de la Iglesia al gobierno”. Jamás va a haber uno que diga “La
Iglesia llama a la reflexión a los ciudadanos”. Y menos cuando es el
Episcopado en pleno el que habla. A veces el gobierno cae en esta
trampa y reacciona indebidamente. Recuerdo que cuando los Obispos
publicamos “El Evangelio ante la crisis de la civilización” (1986),
vinieron del partido gobernante a preguntarnos: “¿qué tienen ustedes
contra el gobierno?”. Visita inesperada. ¿Desde cuándo el gobierno es
toda la realidad? Por cierto que ésta tampoco existe sin el gobierno
de turno. Pero, a no olvidarlo, la realidad lo desborda infinitamente.
II. DIAGNÓSTICO DE LA CRISIS ARGENTINA
3. Cuando se habla de la crisis argentina se suele escuchar:
“el Diagnóstico ya lo conocemos. Lo difícil es dar con la solución”. Y
no es así. La practica médica enseña que, cuando se logra el
diagnóstico, gran parte de la solución ya está dada, pues se prescribe
la terapia a seguir. No porque los argentinos nos quejemos mucho
conocemos ya la causa de nuestros males. La queja es sólo síntoma de
un mal a diagnosticar. Para ello el médico te toma la presión. Te
palpa el abdomen. Te ausculta el corazón, los pulmones. Te hace fondo
de ojo. Pero antes te dice: “quítese la ropa”. Pareciera que los
argentinos tenemos pánico a ese momento. Cualquier cosa menos
desnudarnos, sacarnos las máscaras con que siempre nos hemos visto. De
lo contrario no se explican ciertas reacciones ante un esbozo de
crítica hecha serenamente, incluso en ámbitos reunidos expresamente
para reflexionar sobre la crisis. ¿Tenemos miedo al diagnóstico? Con
él cuánto más fácil sería la terapia y más rápida la recuperación de
la República.
III. CAUSAS ESPIRITUALES Y ESTRUCTURALES
4. Una crisis como la argentina se hace de muchas causas,
gestadas durante largo tiempo, en el que éstas se entrelazaron tan
íntimamente hasta no ser fácil reconocer hoy cuáles fueron las
originarias.
El
aspecto económico siempre tiene un peso gravitante en la crisis de un
país. Aliviado de éste, la crisis se vuelve más manejable. Pero este
aspecto no surge por sí solo; tiene siempre raíces más profundas. En
el caso argentino: la Deuda Pública, que es abrumadora, le dificulta
al País la salida de la crisis. Pero cabe preguntarnos: ¿qué fue
aquello que nos llevó a endeudarnos tanto? ¿Sólo razones económicas?
Más bien fueron decisiones políticas. Hemos de preguntar una vez más:
¿por qué se tomaron tales decisiones? Queramos o no, la respuesta está
en el campo directamente moral: tentación de la “plata fresca”,
pretensión de vivir bien sin sacrificios, irresponsabilidad frente al
presente y al futuro, demagogia, cobro de comisiones suculentas, y
todo tipo de conductas corruptas.
5. Tampoco se puede negar que haya causas externas que influyen
en la crisis del País. La Argentina no está bajo una campana de
cristal, sino en medio de otros pueblos, cuyos intereses colisionan
muchas veces con los nuestros. Pero esta dificultad no es exclusiva.
Le acontece a todos los pueblos. Muchos de ellos han sabido revertir
en provecho propio las dificultades provenientes del exterior. Por
ejemplo, Japón. Porque no se sentó a lamentar la existencia de
enemigos externos, sino que se dedicó primero a combatir los enemigos
internos, los que provenían de sus propios yerros, supo enfrentar
luego a los externos y convertirlos en aliados suyos.
Me
apena constatar cómo hoy reverdecen viejas explicaciones de los males
argentinos, que también yo sostuve en mi adolescencia, hace sesenta
años en 1945. Entonces la Argentina era rica, y exportaba trigo y
carne a los vencedores y vencidos de la Gran Guerra. Japón, en cambio,
destruido con la atómica, era pobre. Pero la Argentina creyó que podía
lograr un lugar entre las grandes potencias con una retórica chillona,
culpándolas de sus dificultades. Japón, en cambio, entendió que al
mundo lo enfrentaría mejor con su sabiduría milenaria, que las bombas
no habían destruido. Hoy éste se sienta entre las grandes potencias.
La Argentina, excluida de aquellas, mendiga un lugar en el mundo.
¿Persistiremos en la retórica chillona? Ésta crea una ilusión de
heroísmo en ciertos sectores del pueblo, pero no soluciona nada, y
puede condenarnos a un atraso definitivo.
6. Viniendo a las causas internas más profundas de la crisis
argentina, las hay de dos tipos. Unas, espirituales, que hacen a
aspectos negativos de nuestra idiosincrasia. Otras, estructurales, que
hacen que seamos un País en permanente crisis. Las primeras pueden ser
superadas por la educación moral de nuestro pueblo. Y en ello le
corresponde a la Iglesia una gran tarea, lo mismo que a la Escuela, a
los Medios de comunicación y a la Autoridad. Las segundas pueden ser
superadas con un diálogo político sincero entre todos los sectores
sociales a fin de establecer políticas de largo aliento, que no
cambien con el humor de los gobernantes de turno. (Continuará).
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico de Resistencia
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