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HACIA UNA ARGENTINA NUEVA (4)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta, administrador apostólico
de Resistencia (12 de junio de 2005 - Décimo primer domingo durante el año))



I. EN LA ARGENTINA SOMOS CATÓLICOS: ¿ES CIERTO?


1.
Entre nosotros, ¿quién no se profesa católico? Por poco hasta los ateos se dicen tales. En las encuestas de opinión se detecta que entre un 80% y un 85% de la población argentina se dice católica. Con ello la gente quiere significar algo valioso. Para la mayoría “católico” es sinónimo de “cristiano”. Ambas palabras en el lenguaje común tienen la misma hondura y vaguedad. Pocos saben que “católico” es una palabra de origen griego y significa “universal”; o, más exactamente: “lo que es conforme a la totalidad” (“katá hólon”). La mayoría expresa con ella la práctica de tradiciones religiosas, entre las que se destacan el Bautismo y la Primera Comunión. En el plano cultural, “católico” se ha vuelto sinónimo de “correcto”. “Esto no es muy católico que digamos”: se dice cuando algo aparentemente bueno ha sido obtenido mediante alguna matufia. Para otros, tal vez la minoría, “ser católico” es la adhesión incondicional a todo lo que enseña la Iglesia.



II. MUCHOS HECHOS LO DESMIENTEN


2. No es mi propósito detectar todos los significados de “católico” y valorar lo que en ellos haya de auténtico. Pretendo, más bien, enfrentar a la mayoría “católica” con el panorama concreto del País, para asumir la responsabilidad que nos cabe. ¿Es este un País “católico”? ¿Vivimos en una cultura cristiana?

Así sería si lo juzgásemos por las peregrinaciones masivas a Luján, a Itatí o a Santa Rita de Puerto Tirol.

Pero ¿cómo lo calificaríamos si lo juzgásemos por los conflictos irresolubles que se suman a diario a lo largo y ancho de la República? No es mi misión juzgar de cada acto de protesta en particular, pues para eso está la justicia. Pero mirando el fenómeno de la protesta en general, tal como sucede desde La Quiaca hasta Ushuaia, es difícil decir que seamos una ciudadanía culturalmente cristiana. Más bien parecemos paganos. Y no porque sea injusto protestar para defender nuestros derechos fundamentales, sino por la falta de creatividad en encontrar medios de protesta más conformes con la fe cristiana, que no dañen a terceros. Los hindúes, que no son cristianos, en 1947 echaron a los ingleses de la India sin disparar un tiro. En la cristiana Argentina, en cambio, donde hay crucifijos hasta en las comisarías, todo medio se ha vuelto lícito para protestar, incluso victimizando a los más débiles: los niños de las escuelas, los ancianos de los hogares, los enfermos de los hospitales. Por fortuna, está asomando un atisbo de sensatez y de creatividad en la gente del Teatro Colón: protestar ejecutando artísticamente las mejores composiciones musicales. Seria bueno que el ejemplo cundiese. Los japoneses protestan produciendo más del cupo permitido.


3. La misma sensación de paganismo se tendría si juzgásemos la realidad a partir de la pasividad con que la ciudadanía en su conjunto mira todo lo que deteriora la moral pública. Si la Televisión es una cloaca a cualquier hora es porque la mayoría católica “se apichona” apenas le dicen que la TV pasa lo que la gente quiere ver. Nadie es capaz de tomar el teléfono y reclamar al director del Canal. No lo hacen ni siquiera las señoras piadosas, que se escandalizan cuando en esta cultura erotizada se viola impunemente a sus hijas o nietas.

Esto que pasa en la dimensión micro, pasa también en la dimensión macro de la sociedad. Los argentinos hemos sido sucesivamente “filoguerrilleros” y “filorepresores”. Y ello con nuestro silencio, con nuestra falta de discernimiento. Hace treinta años, durante la presidencia de Isabel Perón, venía uno, y con aire heroico te susurraba al oído: “somos 25.000 (los enrolados en la guerrilla)”. Luego venía otro de la Triple “A” y te susurraba: “esto se soluciona fusilando a 25.000”. Terrible, pero fue así. Hemos dejado que un puñado de dementes pensasen y decidiesen por los 30 millones de argentinos. El terror de Estado, que se adueñó de los cuarteles, y que fue potenciado por el maccarthysmo norteamericano, fue posible porque primero un virus se inoculó en la débil conciencia ciudadana argentina, que la debilitó aun más: el virus de la indiferencia y de la falta de discernimiento. Lo mismo que en la Alemania de Hitler. Sin un difuso antisemitismo en la debilitada conciencia colectiva, el Fûhrer no habría logrado la fuerza necesaria para concretar la demencia del Holocausto.



III. RESPONSABILIDAD DEL CRISTIANO


4. El fenómeno de la incongruencia entre la fe cristiana y la conducta social cotidiana no es de ahora. En el antiguo Israel había muchos que se jactaban de ser creyentes y hasta ofrecían sacrificios de animales en honor de Dios, pero éste les hizo saber que en su conducta eran como los paganos: “Dios dice al malvado: ¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos y a mencionar mi alianza con tu boca, tú, que aborreces toda enseñanza y te despreocupas de mis palabras? Si ves a un ladrón, tratas de emularlo; haces causa con los adúlteros; hablas mal sin ningún reparo y tramas engaños con tu lengua; te sientas a conversar contra tu hermano, deshonras al hijo de tu propia madre. Haces esto, ¿y yo me voy a callar? ¿Piensas acaso que soy como tú?” (Salmo 50,16-21). El apóstol San Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma, entre los que había un buen número de judíos, recurre al mismo razonamiento para acicatear a los cristianos a diferenciarse de los paganos por una conducta social intachable: “Tú, que te precias de ser judío; tú que te apoyas en la Ley y te glorías en Dios; tú que dices conocer su voluntad e, instruido por la Ley, pretendes discernir lo mejor, presumiendo ser guía de ciegos y luz para los que andan en tinieblas; tú que instruyes a los ignorantes y eres maestro de los simples, porque tienes en la Ley la norma de la ciencia y de la verdad; ¡tú, que enseñas a los otros, no te enseñas a ti mismo! Tú, que hablas contra el robo, también robas. Tú que condenas el adulterio, también lo cometes. Tú, que te glorías en la Ley, deshonras a Dios, violando la Ley. Como dice la Escritura: Por culpa de ustedes, el nombre de Dios es blasfemado entre las naciones” (Rm 2,17-24).


5.
Para una Argentina nueva hacen falta múltiples reformas: política, educativa, judicial, productiva, etc. Pero, sobre todo, hace falta una profunda reforma moral en lo que toca a los comportamientos sociales de todos los ciudadanos y grupos sociales. Ésta es el alma de todas las demás reformas. Sin ella, todo lo que hagamos por levantar a la Argentina será como el agua que se escurre en la arena. Asumir esta reforma moral les corresponde a todos, tanto a las personas, como a los distintos grupos. Los cristianos, que nos decimos mayoría, debemos asumirla con valentía. (Continuará).


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia



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