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HACE CINCUENTA AÑOS
El 16
de Junio de 1955
Recuerdos de monseñor Carmelo Juan Giaquinta
Entrevista
concedida por monseñor Carmelo Juan Giaquinta, administrador apostólico
de Resistencia, a la periodista Mila Dorso del diario Norte de
Resistencia
(1
de julio de 2005)
- Periodista:
En
estos días se recordó el 16 de junio del 55, con particular énfasis
tanto en los bombardeos de Plaza de Mayo, como en la quema de las
Iglesias, dos hechos que partieron en dos al País, y que aún
despiertan turbulencias. ¿Dónde estaba usted entonces? ¿Ya era
sacerdote? ¿Cómo vivió esos hechos y cuál es hoy su reflexión, a la
luz de los años transcurridos?
-
Respuesta:
Veo
que en su machete hay muchas otras preguntas. No creo que pueda
responderlas todas esta tarde. ¿Acordarme de 1955? Me acuerdo. Como
también me acuerdo de muchos otros hechos; por ejemplo, dónde estaba
el 10 de junio de 1956. Y del 28 de junio de 1966. Y del 24 de marzo
de 1976. Todos hechos que terminan en 6. Pero no creo que sea un
número fatídico. Y me acuerdo de otros hechos que terminan en 3: del 4
de junio de 1943, del 20 de junio de 1973. Por suerte me acuerdo
también del 10 de diciembre de 1983. No me acuerdo del 6 de septiembre
de 1930, porque era un bebe de dos meses y medio que descansaba en el
pecho de mi madre. Pero recuerdo después que mi padre y los hombres
grandes discurrían mucho sobre esa fecha y yo no llegaba a descifrar
de qué se trataba, y por qué se ponían tan serios.
Vengo
a su pregunta sobre el 16 de junio de 1955. Ese día, poco después de
las cuatro de tarde, volvía a mi domicilio en las afueras de París,
donde estaba estudiando. Y al recibirme, Madame Millot, la dueña de
casa me dice: “La radio acaba de interrumpir su programa para decir
que están bombardeando Buenos Aires”. Llegaba en ese momento desde
Lourdes, a donde había ido acompañando a un minusválido y aprovechando
el 75% de descuento en el tren que me correspondía por ello. Al
escuchar la noticia de labios de Madame, no le respondí, subí a mi
habitación, me tiré en la cama, y me puse a llorar.
Hacía
ya unos meses que en la Parroquia de Sainte Marie aux Fleurs, de
Saint Maur de Fossés, donde yo ejercía mi ministerio, ocultaba mi
condición de argentino. Cuando la gente me preguntaba por mi
nacionalidad, respondía: “Moi? Je suis latinoamericain”. Los franceses
se contentaban con mi respuesta, y no me preguntaban nada más. Me
liberaba así de un comentario que me hartaba.“Pobre, Monsieur l´Abbé.
Es argentino”. Pero me sentía un traidor a la Patria.
De
hecho, los medios de comunicación franceses traían con relativa
frecuencia noticias de la Argentina. Y eran malas. Lo corroboraban los
diarios argentinos que se exhibían en el Consulado. Cuando tuve que ir
a renovar el pasaporte, el cónsul me suplicó: “Padre, por favor, no
mire esos diarios. Son una vergüenza. Los pongo en público porque no
tengo más remedio”.
Las
noticias malas continuaron en los días siguientes al 16 de junio: la
quema de las Iglesias de Buenos Aires, el encarcelamiento de parte del
Clero. Pero venían desde meses antes. Cerca de la Navidad de 1954,
había pasado por Paris Mons. Emilio Di Pasquo, acompañado por el
presidente de la J.O.C. (Juventud Obrera Católica), un joven de
apellido Palacio. Y ávido fui a visitarlos para entender qué estaba
pasando en la Argentina. Hacía pocos días que Perón había denunciado
públicamente a algunos sacerdotes, entre ellos a varios compañeros
míos de estudios en Roma: al P. Bordagaray, de Córdoba, y al P.
Anzalaz, de La Rioja, que habían regresado hacía poco a la Argentina.
Ambos un pedazo de pan. A ninguno lo veía en el papel de conspirador.
Pero el General demonizó sus nombres lanzándolos al aire en uno de sus
discursos. Extraño modo de gobernar, comencé a decirme. No había visto
nada semejante en los grandes reconstructores de Europa, que tanto
admiraba. Ni en Schumann, ni en Adenauer, ni en De Gasperi. Yo que
estaba por volver a la Argentina, me asustaba. ¿Me pasará lo mismo
cuando regrese? ¿Será que en la Argentina es un crimen haber estado
unos años afuera estudiando?
No
entendía nada. Algo le estará pasando al General, me decía. La imagen
de perseguidor de la Iglesia no cuadraba con la imagen que yo tenía de
él. O mejor, que teníamos. Porque los clérigos en infinita mayoría
éramos peronistas. ¿A qué clérigo se le hubiese ocurrido entonces
votar por la Unión Democrática, o por la UCR? Habría sido una herejía.
Además, en el caso de mi familia era claro que con Perón estábamos
mejor que antes. En casa se comía fruta casi todos los días. Mi padre
tenía vacaciones anuales. ¿Cuándo eso antes de Perón? Y, sobre todo,
en esos años mi padre pudo construir la casa a través del Banco
Hipotecario. Nadie se la regaló. Pero nadie lo ahorcó para pagarla.
Porque el Banco tenía una política auténticamente popular.
¿Qué
le estará pasando al General?, nos preguntábamos entre amigos. Y lo
hacíamos bajando la voz en el Metro y en el Bus. Porque, con
fundamento o con fantasía, en 1955, en París teníamos miedo de hablar
de la Argentina en voz alta. Y menos deslizando una crítica al
General.
Pocos
días después, el 23 de junio, dejé París, pasando por Alemania para
saludar a mis amigos, aproveché los ahorros de mi beca para hacer un
viaje a Tierra Santa, y a comienzos de septiembre pasé por Sicilia
para despedirme de mi abuela y parientes. Cuál no fue mi sorpresa
cuando mis parientes no querían dejarme partir. “¿No has escuchado lo
que dijo Perón? Está loco. Cinco por uno”. Y lo repetían como
autómatas espantados, “cinco por uno”, lamentando el destino que le
tocaría a un cuñado de mi tía Angelina, que en el 53 había emigrado a
la Argentina. Me costó convencerlos que yo debía partir. El 16 de
septiembre estalló la Revolución encabezada por el General Lonardi. Yo
la seguía acudiendo al teléfono, donde, a través de un número
gratuito, trasmitían permanentemente noticias actualizadas de la
Argentina. Cuando me embarqué en Génova, en el buque Salta, me
dispensaron un trato horroroso. Pero la Revolución ya había terminado.
Llegué a Buenos Aires el 16 de octubre. Había un tanque de guerra en
el puerto.
Al
llegar a mi casa en Caseros, además de mis hermanos, me esperaban mis
primos maternos, y unas damas que me habían ayudado un poco
económicamente cuando seis años, en 1949, tuve que preparar mi viaje a
Roma. Ellas lucían radiantes contando las hazañas revolucionarias
realizadas por la gente de su clase. Mis primos estaban todos tristes.
Mis hermanos eran muy jóvenes, y estaban preocupados por Chiche que
estaba haciendo el servicio militar.
A los
pocos días de mi regreso, Monseñor Manuel Tato, Obispo auxiliar de
Buenos Aires, regresó del destierro que le impuso Perón. Y me convocó
para que fuese su secretario en la Curia. Ésta, después del incendio
del 17 de junio, funcionaba en el Colegio del Carmen, sobre la calle
Paraguay, entre Callao y Rodríguez Peña. A Monseñor Tato nunca le
escuché una palabra de rabia o de desprecio contra Perón, ni contra
nadie. Cada semana recibía a la señora del general Gamboa, ex jefe de
la policía federal, que estaba preso, y la animaba. Una vez, después
del 13 de noviembre, cuando fue removido el General Lonardi y
suplantado por el General Aramburu, fui testigo de una escena en el
hall del Colegio, entre un militar alto, Agustín Lanusse, que por
entonces sería teniente coronel, y un curial clérigo, de prestigio,
tal vez Monseñor Olmedo, y ambos se imputaban con dureza “¿qué
pretendían ustedes el 13 de noviembre?” Yo me quedé perplejo, pero
sentí que nada bueno había comenzado ese día. El cinco por uno de
Perón, había sido pésimo. Pero dejar la política “ni vencedores ni
vencidos” de Lonardi también era algo pésimo. Como fueron pésimos los
fusilamientos del 10 de junio de 1956, del general Valle y del coronel
Cogorno, por cuyo eterno descanso tuve que celebrar la Misa durante
varios años el 10 de cada mes, en la capilla del Colegio Niño Jesús, y
debía consolar a su viuda. Como fue pésimo el fusilamiento del general
Aramburu en 1970, que casi me cuesta un infarto. No entendía que en
alguna sacristía fuese pecado mostrar dolor por ese vano fusilamiento.
Y que se comenzase a distinguir entre el color de la sangre de unos y
de otros. ¿Los argentinos habremos de vivir siempre en lo pésimo?
El
resto de mis recuerdos puede ser para otra ocasión.
Yo no
creo, como usted dice, que el 16 de junio haya partido al País en dos.
Tal vez estemos partidos en dos desde mucho antes. ¿Desde 1943? ¿Desde
1930? ¿Desde 1880? ¿Desde 1810? Pero buscando el origen de nuestras
divisiones, ¿vamos a retroceder hasta el pecado de Adán? Posiblemente
casi todos nuestros gobernantes, antes y después de Perón, quisieron
reconciliar al País, incluyendo a los excluidos. Pero no supieron cómo
retener a los ya incluidos. Y por ello provocaron nuevas exclusiones.
Por cierto que Perón incluyó a muchos que estaban excluidos. Por
ejemplo, a mi familia (mi padre recién con Perón tuvo su trabajo
garantizado, y eso que estaba en la Argentina desde 1925). E incluyó a
“los cabecitas negras” y a “los grasitas” de Evita. Pero, nos guste o
no, Perón excluyó a muchos que habían sido causantes de la exclusión
anterior. El primer Perón (hasta 1952) tenía un sentido profundo de
“pueblo”, pero todavía imperfecto. No entendió cómo la democracia
verdadera, la que hace participar a todos los ciudadanos, enriquece al
pueblo, armoniza a
todos
los sectores que lo conforman, y hace de él una nación moderna. Me
imagino que esta afirmación puede desatar un escándalo. ¿Pero sabemos
los argentinos qué es la democracia? Lo pregunto a unos y a otros. El
segundo Perón, desde el 52 hasta el 55, desvarió. Y cavó su propia
fosa, y agrandó la división. El último Perón, (1973-1974), es el
sabio, el que se abrazó con Balbín, el de la reconciliación. ¿Hemos
sabido recoger esa herencia? ¿la estamos cuidando? ¿o la estamos
dilapidando?
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Periodista
Todavía una pregunta: ¿Qué puede decirnos de NORTE?
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Respuesta:
Los
felicito por los 37 años. De corazón. Pero yo tengo dos veces más
años, y todavía no quiero despedirme.
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