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HACIA UNA ARGENTINA NUEVA (7)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (3 de julio de 2005)



I. EL BIEN Y EL MAL SOCIAL: FUERZAS ENFRENTADAS


1. Hace pocos días leí que la población mundial asciende aproximadamente a 6.700 millones de seres humanos. Más de 180 veces la población de la Argentina. Y allí me vino la pregunta: si tanto nos cuesta a los argentinos ponernos de acuerdo, ¿qué no le costará a la población del mundo?

Sin embargo, los cristianos sabemos que no es imposible. Dios ha hecho al hombre inteligente, capaz de elegir entre el bien y el mal, con un impulso muy fuerte a estrechar vínculos con los semejantes y a vivir con ellos como en una gran familia.


2. Pero tampoco es tarea fácil. Porque otro dato de la realidad es que, junto a la inteligencia del hombre para comprender la verdad, está la posibilidad de equivocarse. Junto a la libertad para elegir el bien, está la posibilidad de elegir el mal. Y junto a la capacidad de asociarse, está la posibilidad de oponerse, hasta dañar al prójimo y destruirlo. Y no se trata sólo de posibilidades en el plano teórico. Las vemos actuando en la vida de cada día. O sea que, frente a las fuerzas que impulsan al hombre a la convivencia justa y pacífica, están fuerzas destructoras.


3. No se trata, sin embargo, de un enfrentamiento maniqueo, al modo de dos fuerzas parejas que, cual dioses del bien y del mal, se disputasen el mundo. Las capacidades del hombre para construir la convivencia humana le están dadas por Dios Creador. Y, por lo mismo, son fuerzas que, pese a sus múltiples fracasos por construir una convivencia pacífica, nadie jamás podrá destruir definitivamente. Después de cada fracaso, pequeño o grande, por vivir en paz, volverá a resurgir en el hombre el ideal de la convivencia pacífica y la voluntad de construirla.



II. CONSTRUIR LA CONVIVENCIA SOCIAL: OBRA MÁXIMA DEL HOMBRE


4. En esta certeza, que proviene de un análisis desprejuiciado de la naturaleza humana, y que es confirmado por la fe, le viene al cristiano su optimismo inquebrantable de que la convivencia humana es posible, y que vale la pena luchar por ella, incansablemente, todos los días, a pesar de las dificultades y aparentes fracasos. Menos lo ha descorazonar la enormidad de la población humana y la complejidad de las relaciones negativas en juego.

Construir la convivencia humana es la vocación fundamental del hombre, su obra máxima en la tierra. La misma aspiración de Jesús de que sus discípulos “sean uno” (Jn 17,21), tiene su raíz en este primer llamado que le viene al hombre por ser creado. Hecho a imagen y semejanza de Dios, en quien reina la unidad sin división alguna, el hombre está llamado naturalmente a construir la unidad de la familia humana. Y para el cristiano es el trampolín necesario para alcanzar la patria definitiva del Cielo. Toda vocación particular brota de ella, a la vez que tiende a alimentarla. Hasta la vocación del monje sólo se explica dentro de esta vocación fundamental. Porque es necesario que los hombres mantengan clara la meta de la unidad de la familia humana a la que aspiran, es conveniente que algunos se aparten a la soledad para contemplarla desde ese atalaya y nos la propongan una y otra vez a los hombres olvidadizos.



III. EL HOMBRE ES UN SER “POLÍTICO”


5. Calificar de “política” la vocación del hombre a construir la convivencia humana puede provocar un malentendido. Y ello porque el ejercicio de la política ha sido muy desprestigiado. La misma palabra se ha vuelto despreciable. Para mostrar su escepticismo el argentino dice “todo es política”. Sin embargo, la palabra “política” es muy noble. Y más que desecharla como flor marchita, conviene rescatarla y devolverle su encanto.

Como expliqué más de una vez, “política” viene de “pólis”, palabra griega que significa “ciudad”. La política es, por tanto, el empeño que todo hombre está llamado a poner en construir la ciudad. Y no ya en su aspecto edilicio-urbanístico, sino en el aspecto más hondo de las relaciones ciudadanas. De este empeño nadie está excluido, ni puede excluirse sin dañar profundamente su propia dignidad.


6. Con la palabra “político” se corresponde la palabra “ciudadano”, de origen latino. Esta última, si bien no está desprestigiada, está empobrecida en la Argentina. Prácticamente se la identifica con aquel que a los dieciocho años adquiere el derecho a votar. Pero no se piensa en aquel que es responsable de construir la ciudad todos los días mediante el cumplimiento de todos sus deberes para con ella. El campo de los deberes del ciudadano sería muy estrecho: ir a votar. El de sus derechos, infinitamente vasto: pedir, exigir, agredir, impedir, privilegiarse, excluir.



IV. EL PADRE BERNARD QUINTARD: UN PASTOR DEL ARTE DE LA POLÍTICA


7. El 25 de junio partió para su tierra. Llegó hace diez años. A comienzos de julio de 1995 recibí una carta donde me anunciaba la muerte de su padre ocurrida el día anterior. “Zás!, me dije. No viene”. Y no. Me escribía, a la vez que para compartirme su dolor, para anunciarme su llegada.

Fueron diez años de entrega misionera. Dios lo bendiga y lo premie. Sacerdote, que supo insertarse en el Presbiterio diocesano con espíritu fraterno y sabiduría. Me recordó varias veces que había venido como misionero, y, por tanto, que aspiraba a la Parroquia más humilde. Como Vicario General, fue mi brazo derecho. Por no decir que también el izquierdo, y mis pies, y mi mente, mi corazón. Pues me ayudó a andar, entender y amar al pueblo cristiano.

Sin haber nacido aquí, ha sido chaqueño y argentino en grado sorprendente. Y muchos chaqueños, de la grey católica y fuera de ella, en especial los que dialogaron con él sobre la política” como arte de la construcción de la ciudad, lo extrañarán. Pero estoy seguro que aunque el P. Bernard partió a su tierra, lo que él sembró en la nuestra florecerá.


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia



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