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ANTE LA SITUACIÓN DEL PAÍS Y DE LA
PROVINCIA:
¿QUÉ DICE LA IGLESIA?
Mensaje del Administrador Apostólico de Resistencia, monseñor Carmelo
Juan Giaquinta, en el Tedéum del 9 de Julio de 2005, en la Catedral de
Resistencia.
Ante
situaciones conflictivas como la actual, es frecuente que la gente
pregunte: “¿Y qué dice la Iglesia?” “¿Cómo? ¿No dice nada?” Todo el
mundo entiende que se pregunta por la Iglesia oficial, y, en
particular, por el Obispo local o por el Episcopado en pleno.
No
me corresponde justificar la enseñanza social que brindo. Porque
cuando la confusión es grande, uno nunca puede decir que enseña lo
suficiente. Posiblemente siempre habrá déficit de enseñanza social.
Pero siempre se pueden encontrar nuevos caminos para brindarla.
A
tal fin, se me ocurrió que podría ser útil en este 9 de Julio, ofrecer
una síntesis de lo enseñado tantas veces. Una especie de Catecismo
Social, útil para esta circunstancia, y para otras, que ojalá no se
repitiesen, pero que desde hace tiempo se vienen dando, y podemos
prever que se seguirán dando. Procuraré hacerlo desde el ángulo
adecuado. Ni desde la cercanía inmediata a los acontecimientos que
sean como el árbol que tapa al monte. Ni desde una perspectiva tan
lejana que no sirva para iluminar la realidad que transitamos. Lo haré
en forma de enunciados, que formen una unidad conceptual.
PRINCIPIOS BÁSICOS
PARA
RECONSTRUIR LA REPÚBLICA
La
persona humana, su dignidad y derechos fundamentales
1.
El ser humano, por ser tal, es el centro y cima de todos los bienes de
la tierra, y estos deben ordenarse a él.
Esto
que vale de todos los hombres en conjunto, vale de cada uno en
particular, por pequeño que fuere, y cualquiera sea la causa de su
pequeñez (salud, dinero, cultura, conducta moral, ubicación social,
etc.).
Por lo
mismo, los bienes de la tierra están destinados primariamente a todos
y a cada uno de los seres humanos, para que éstos puedan gozar de sus
derechos fundamentales y desarrollarse plenamente.
La fe
cristiana nos revela que el hombre está creado a imagen y semejanza de
Dios, lo cual es la fuente más profunda de su dignidad y raíz de sus
derechos fundamentales (vida, trabajo, familia, educación, salud,
vestido, vivienda, libertad).
Tales
derechos son irrenunciables, y son anteriores y superiores a los
derechos adquiridos. No es admisible que unos gocen de derechos
secundarios adquiridos por medio de leyes o privilegios, mientras que
otros no puedan gozar de los derechos esenciales que les da la misma
naturaleza.
Todo
derecho conlleva la correspondiente obligación. No hay derecho sin
obligación. Un conjunto humano que se basare exclusivamente en la
exigencia de derechos estaría condenado al fracaso.
El
hombre, al cuidado de la creación y al servicio de la sociedad por
medio del trabajo
2.
El hombre está dotado por Dios Creador de inteligencia, voluntad, dos
brazos, sentido solidario y tierra bajo sus pies. Por lo mismo, no es
un ser inútil, sino capacitado por la naturaleza para proveer a su
propio sustento y el de sus seres queridos por medio del trabajo. Éste
es uno de los primeros derechos y obligaciones del hombre, y es su
manera de cuidar la creación y de servir a la sociedad.
El
hombre, ser social o “político”
3.
El
hombre es, por su naturaleza, varón o mujer, ordenado recíprocamente
el uno al otro. Por lo mismo, es un ser social, llamado a constituirse
en familia, a asociarse con otras familias (tribu), y a formar así una
sociedad “política” o “ciudadana”, que garantice el desarrollo de la
persona, de la familia y del conjunto de las mismas.
Por
tanto, con anterioridad a toda organización política, y cualquiera sea
el tipo de gobierno que el hombre se dé, éste es por naturaleza “un
ser político”; es decir, destinado a procurar el bien común, y no
puede renunciar a esta vocación sin perjuicio de su propia dignidad.
El
estado al servicio del hombre
4.
El estado es el instrumento que crean los hombres asociados para la
defensa y cultivo de sus derechos fundamentales (personales,
familiares y sociales).
El
estado le debe respeto a cada uno de los ciudadanos y grupos sociales
que lo componen, y cada uno de ellos le debe respeto a él. Éste tiene
obligaciones que cumplir con los ciudadanos, y éstos a su vez tienen
obligaciones que cumplir con él.
En el
cumplimiento de las obligaciones respectivas estriba la garantía de
los derechos fundamentales, de la paz social y del progreso de una
nación.
El
estado no puede, por tanto, ser omnipresente, una especie de dios que
invada la vida de los hombres y los libere de sus responsabilidades.
Tampoco puede estar ausente y desentenderse de los débiles. Mucho
menos puede reducirse a ser gendarme de los intereses de los
poderosos.
La
autoridad
5.
Lo mismo que la familia y la tribu, el estado necesita de una
autoridad. Ésta, por definición, está destinada a hacer crecer al
conjunto de la sociedad y a cada uno de sus integrantes. Es decir, al
logro de su pleno desarrollo. (“Auctoritas” viene de “augere” = hacer
crecer).
Si
bien la fe cristiana reconoce que toda autoridad, incluida la pública,
viene de Dios que es el único verdadero Padre, no por ello diviniza la
autoridad de nadie, ni canoniza ningún método para investir a la
autoridad pública.
Igualmente, reconoce que toda investidura de la autoridad pública
necesita de algún tipo de aceptación y control por parte del pueblo,
so pena de que ésta se convierta en tiranía o dictadura. Por lo cual,
todo gobierno auténtico, de cualquier tipo que sea (monarquía o
república), tiene siempre una profunda raíz “democrática”.
El
desarrollo pleno de una comunidad política exige que la autoridad se
preocupe muy especialmente de los que, por cualquier razón, se los
tiende a excluir (niños, ancianos, enfermos, pobres, presos,
minorías).
La
autoridad más que “honor” es “onus” (peso, obligación), y por ello
debe ser ejercida con prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Entre todas estas virtudes cardinales se destaca la prudencia, que es
la sabiduría práctica para gobernar a las personas, resolver las
situaciones críticas y orientar al conjunto social hacia el bien
común.
La
autoridad pública lo es en todo el ámbito para el que es elegida o
nombrada, y para todos los ciudadanos que están en él. En cuanto
autoridad, está por encima del partido desde el cual pudo haber
surgido, y les debe respeto a todos los ciudadanos y sectores. El
favoritismo es un grave atentado que la autoridad se inflige a sí
misma y a la sociedad.
La
sociedad debe darle a la autoridad pública los medios necesarios para
su ejercicio, y ésta debe administrarlos con honestidad.
La ley
6.
La autoridad del Estado procura el bien de la sociedad mediante la
ley. Ésta ha de ser sancionada atendiendo al bien común. Es decir,
mirando a los derechos fundamentales del ser humano, procurando
conocer la verdad de las cosas y reconociendo las posibilidades reales
del pueblo para el que se legisla.
Salvo que la ley
atente contra un derecho fundamental, debe ser respetada.
La objeción de
conciencia es un ejercicio de la libertad religiosa, que es el derecho
más fundamental de todos, al cual el hombre puede sacrificar incluso
el derecho a su vida.
Justicia y equidad
7.
El fruto del ejercicio de la autoridad es la justicia. Gracias a ésta
se le da a cada uno lo que le corresponde.
Dada
la complejidad de las situaciones y la desigualdad que tiende a
instalarse en la sociedad y a disgregarla, la justicia debe ser
moderada por la equidad. Esta tiende a que entre los ciudadanos y
clases sociales haya cercanía y no distancia odiosa. Y, por tanto,
hace que la justicia sea más plena.
La
república
8.
“Re-publica”, palabra latina compuesta: “res” = cosa; publica = las
instituciones y propiedades de todos. Es una forma superior de
organización de la sociedad política, en la que los ciudadanos
reconocen el valor de la cosa pública, la construyen con su esfuerzo,
la cuidan y defienden como cosa propia. A tal fin fomentan la
participación activa de los ciudadanos e instalan en ella un tipo de
autoridad que se autocontrole mediante la división de los tres
poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.
El
desconocimiento de lo público es una de las hipotecas más onerosas de
la cultura política argentina. “Lo público” es considerado comúnmente
como “lo que es de nadie”, en vez de ser visto como “lo que es de
todos”.
Para
superar esta falsa visión se necesita de una educación profundamente
renovada, basada no tanto en la trasmisión de conocimientos (que hoy
se adquieren por Internet), sino en actitudes y comportamientos
propios de la moral social. La Iglesia puede colaborar mucho a ello
asumiendo en su catequesis el aprecio por tales comportamientos.
La
democracia
9.
Es una cultura política evolucionada. Es el mejor clima para que
crezca la república. Pone el acento en el pueblo (“démos”) para
promover la participación del mismo en la búsqueda del bien común y
para generar la autoridad.
Supone
un alto grado de moralidad y de responsabilidad política en todos y
cada uno de los ciudadanos.
Lo más
contrario a una democracia es la masa gregaria conducida por un “Duce”
o un “Führer”; dicho en criollo, por Caudillos.
La
democracia concebida como el modo de hacer lo que a uno se le ocurre
al margen o contra el bien común es una concepción degradada de
democracia.
Los
partidos políticos
10.
Son instituciones que canalizan la opinión de los ciudadanos y los
alientan a participar en la vida de la república, a la vez que
fomentan en ellos la cultura democrática. Están llamados a ser
escuelas de alta política.
Sin
embargo, a causa de la puja partidaria, sufren la tentación de olvidar
que representan sólo a una “parte” y no a la totalidad de la
ciudadanía, y por tanto de volverse hegemónicos, de generar formas
sectarias de actuar (p. e. clientelismo), e incluso llegar a ser
totalitarias. Por ello los partidos políticos han de someterse
permanentemente a una sincera crítica hecha por los propios
partidarios y por la opinión pública.
Dignidad de la vocación política
11.
La vocación política específica por la que un hombre, varón o mujer,
dedica su vida a ser político de profesión, es decir a construir las
relaciones en la “pólis”: es la vocación temporal más necesaria y
excelsa. Y ello, porque a la vez que edifica la ciudad, facilita todas
las demás vocaciones: familiar, profesional, empresarial, laboral,
científica, artística; incluso, la misma vocación religiosa, pues ésta
florece más fácilmente en tiempos de concordia social.
El
político de profesión, que tiene un cargo en el gobierno, está
dedicado a él en virtud de su elección o nombramiento, y no puede
descuidar la tarea ordinaria por atender situaciones extraordinarias
(campañas electorales, confección de listas). Como todo padre o madre
de familia que se sacrifican por ella, él también en tiempos
extraordinarios ha de hacer un esfuerzo extra y realizar una cosa y la
otra.
Cuanto
más excelsa es una vocación, mayor es el descrédito en el que se cae
cuando sus integrantes cometen abusos o no reaccionan ante los abusos
habituales de sus colegas. Sucede con todas las vocaciones, también
con la religiosa. Los políticos argentinos, incluidos los partidos,
han de examinarse por qué es tan grande su descrédito. El clamor “que
se vayan todos” y la incapacidad para canalizar los reclamos
populares, que hoy son encauzados al margen de ellos con serio peligro
de la paz social, los ha de llevar a examinar sus causas. Éstas son de
orden institucional (falta de reforma política), de orden moral
(corrupción, clientelismo), y con frecuencia una gran chatura
intelectual y el recurso frecuente a formas anacrónicas de demagogia.
Los
sindicatos
12.
Su razón de ser consiste en el derecho de los trabajadores a formar
asociaciones o uniones para defender los intereses vitales de los
empleados en las diversas profesiones. Son un factor constructivo del
orden social y de la solidaridad y, por ello, un elemento
indispensable de la vida social. Sus miembros pueden adherir
libremente a cualquier partido político, pero los sindicatos no lo
son.
Las
relaciones en el mundo del trabajo se han de caracterizar por la
colaboración. El odio, la lucha por eliminar al otro, la pelea de
pobres contra pobres, el corte de rutas y puentes impidiendo el libre
tránsito de los ciudadanos: constituyen métodos absolutamente
inaceptables.
Al
sindicato, además de la función de defensa y de reivindicación, le
competen las funciones de representación, dirigida a la recta
ordenación de la vida económica, y de educación de la conciencia
social de los trabajadores, de manera que se sientan parte activa,
según las capacidades de cada uno, en toda la obra del desarrollo
económico y social, y en la construcción del bien común universal.
Llama
dolorosamente la atención la indefensión en que algunos sindicatos
dejaron a sus representados en ocasiones difíciles; por ejemplo, en la
dictadura militar y en tiempos del último liberalismo salvaje.
Los
trabajadores sindicalizados eligen a sus representantes con
responsabilidad, confían en ellos, pero no se entregan a ciegas a los
mismos, y los someten a una sana y permanente crítica. Ante las
determinaciones que juzguen contrarias al bien común tienen la
obligación de desacatarlas, pues no les cabe una conducta similar a la
“obediencia debida”.
El
derecho de huelga
13.
La Iglesia reconoce su legitimidad cuando constituye un recurso
inevitable, e incluso necesario para obtener un beneficio
proporcionado, después de haber constatado la ineficacia de todas las
demás modalidades para superar los conflictos.
La
huelga, aun cuando aparezca como una especie de ultimátum, debe ser
siempre un método pacífico de reivindicación y de lucha por los
propios derechos. Resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada
de violencias, o también cuando se lleva a cabo en función de
objetivos no directamente vinculados con las condiciones del trabajo,
o son contrarios al bien común.
Es
contrario a dicho bien impedir el ejercicio de los derechos
fundamentales de terceros, en especial de los pequeños y débiles:
ancianos, enfermos, niños en edad escolar. Con mayor razón si se los
atropellase directamente.
Necesidad del Diálogo político
14.
No se trata de una discusión conceptual sobre la política. Ni tampoco
es una tertulia de amigos sobre ella. Es el alma de la república. Toda
la vida de ésta se podría expresar en términos de diálogo político: el
accionar de los partidos, la confección de las leyes, la ejecución de
las mismas, la administración de justicia.
Pero a
veces las situaciones se embrollan y se acude entonces a lo que con
frecuencia se llama en la Argentina “Mesa del Diálogo”, u otros
nombres similares.
El
lugar ordinario para la solución de los conflictos es la Justicia. El
del diálogo interpartidario es la Cámara de Representantes. Para
fomentar el diálogo con otros entes representativos de sectores
varios, suele haber previstos entes ad hoc, por ejemplo el Consejo
Económico Social.
Otra
hipoteca de la cultura política argentina es que, con frecuencia, se
confunde Diálogo con reclamo, exigencia, exponer con dureza la falta
de voluntad a ceder en algo así se vea que es imposible acceder a la
propuesta sin poner en peligro al conjunto social.
Siempre, y sobre todo frente a este tipo de situaciones, a la Iglesia
como institución le corresponde catequizar sobre la necesidad del
Diálogo político y la obligación de los ciudadanos e instituciones
civiles de acudir a él en forma permanente, a pesar de los reiterados
fracasos que el mismo pudiere sufrir. Igualmente, ha de exhortar a
cultivar las actitudes espirituales que faciliten el Diálogo. Y
denunciar las actitudes equivocadas que lo hacen imposible.
No le
corresponde intervenir directamente en el mismo Diálogo Político, ni
tampoco convocarlo, salvo en forma extraordinaria, cuando estuviese en
serio peligro la paz social y hubiese unanimidad entre las partes
adversas para que la Iglesia así lo haga.
En la
Argentina existe una larga tradición de acudir a la Iglesia para pedir
“la mediación” en los conflictos, al menos desde la larga huelga de
los ferrocarriles en 1961 (?), que se levantó gracias a la
intervención del Cardenal Caggiano. Pero no siempre se sabe bien lo
que se le pide a la Iglesia, ni se conoce la capacidad que ella tenga
para hacerlo. A veces sólo se le quiere pedir una escucha, un consejo,
una presencia, buenos oficios. Pero casi nunca se entiende lo que es
la mediación, ni tampoco se estaría dispuesto a aceptar su veredicto.
En una
República madura, o que se quiere que madure, no se debe acudir con
ligereza a la mediación de la Iglesia oficial. Y ni siquiera a sus
buenos oficios.
El
papel del laico en los conflictos del mundo
15.
Los laicos deben asumir como su tarea propia la renovación del orden
temporal. Si la función de la jerarquía es la de enseñar e interpretar
auténticamente los principios morales que seguir en el campo de lo
temporal, a los laicos les pertenece penetrar de espíritu cristiano la
mentalidad y las costumbres, las leyes y la estructuras de su
comunidad de vida. Y ello mediante sus iniciativas propias, y sin
esperar pasivamente consignas y directrices de la jerarquía.
Por lo
mismo, en situaciones conflictivas como la presente, conviene que cada
vez más los laicos asuman su papel, con la libertad que les cabe y sin
arrogarse la representación de toda la Iglesia. Y ello, tanto los que
están envueltos directamente en el conflicto, como también los otros.
El
papel del pueblo honrado y trabajador
16.
Muchos cristianos, varones y mujeres, sin mayor cultura religiosa,
pero movidos por un instinto sobrenatural que brota de la fe, ponen el
hombro todos los días en la construcción de la República. Y buscan
caminos nuevos para sus justos reclamos sociales, distintos de los ya
conocidos que hieren a terceros. Son, como se los llama, el pueblo
honrado y trabajador. No necesitan de largas explicaciones para
entender que, en medio de los conflictos más severos, son intangibles
los ancianos, los enfermos y los niños. Gracias a ellos la República
se regenera permanentemente de sus heridas. Son más valiosos que
cualquier institución. Sin ellos la República correría el peligro de
dejar de existir. La comunidad cristiana debe atenderlos muy
especialmente, con su oración y su consejo, facilitándoles realizar un
diálogo desapasionado, y ayudándoles a profundizar el camino
emprendido: insistir pacíficamente en que se les haga justicia, no
herir a terceros indefensos, continuar trabajando por la familia y por
la sociedad.
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico de Resistencia
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