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LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Para reconstruir una patria justa y fraterna (2)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (7 de agosto de 2005)



I. LA DOCTRINA SOCIAL ES UNA LUZ


1.
La Doctrina Social de la Iglesia no es una ideología, que siempre corre el peligro de absolutizar un modo de ver la realidad social, y, por tanto, de esclavizar al hombre. Ni es una plataforma de un partido político, que lucha para obtener el poder. Ni tampoco es un programa de gobierno a realizar. La Doctrina Social es una luz que ayuda a ver con claridad el núcleo de todo problema social, que siempre es el hombre, cuyo respeto es la condición de toda solución. También ayuda a caminar con libertad y sin tropiezos, para trazar sendas de convivencia humana. Ayuda, por lo mismo, a relativizar toda ideología, y a mantenerla dentro de cauces democráticos. Igualmente, es capaz de iluminar toda plataforma partidaria o plan de gobierno.


2. La Iglesia no se arroga título de propiedad sobre la Doctrina Social. Todos pueden acudir a ella. Incluso, pueden invocarla. A los fieles cristianos, en especial a los que militen en uno u otro partido, les corresponde vigilar para que esa invocación sea honesta y no se convierta en un manoseo de ella. Por ejemplo, que mientras se invoquen unos principios de la Doctrina Social, se callen otros. O que se la utilice para cohonestar cualquier conducta, rechazar la crítica que venga desde afuera, evitar toda autocrítica, pretender ser los auténticos intérpretes de la misma, o engañar a los fieles cristianos como si hubiese un partido “católico”. La Iglesia no le reconoce tal derecho a ningún partido político y a ninguna autoridad pública.


3. En la historia moderna ha habido intentos de parte de corrientes o poderes políticos de utilizar a la Iglesia para los propios fines ideológicos y de manosear su Doctrina Social. Algunos parecen muy sutiles, pero saltan a la vista por lo burdos que son. Ha sucedido con diversos regímenes fascistas inspirados en Charles Maurras. Y ha sucedido también con corrientes de izquierda, en especial en América Latina, entusiastas por equivocadas teologías de la liberación, que intentaron contraponer la Iglesia institucional con el Reino de Dios, al Pueblo cristiano y sus pastores con la “Iglesia popular”.



II. DEFICIENCIAS DE NUESTRA FE Y DESCONOCIMIENTO DE LA DOCTRINA SOCIAL


4. En agosto de 2001, cuando se avizoraba el derrumbe de la Argentina –aunque nadie sabía cómo iba a ser–, los Obispos llamamos la atención sobre la debilidad de la fe de los ciudadanos cristianos que no llega a gravitar en la construcción y defensa de la República. Y dijimos: “Siendo tan numerosos (los católicos), debemos concluir que no estamos exentos de responsabilidades en esta crisis. Por lo mismo, debemos cotejar nuestra conducta social con el Evangelio, asumir nuestro puesto en la superación de la misma, aún a precio de grandes sacrificios, y crecer en nuestra conciencia como ciudadanos. No podemos ser peregrinos del cielo si vivimos como fugitivos de la ciudad terrena” (Queremos ser Nación, 10 agosto 2001). Y, a la vez, examinábamos la responsabilidad que nos cabía a nosotros como pastores, y dijimos: “Si bien hemos multiplicado los mensajes dedicados a iluminar la situación del País con la Doctrina Social de la Iglesia, debemos examinar si lo hacemos en forma suficiente, con la debida pedagogía, procurando que los fieles laicos asuman su estudio, difusión y aplicación a la realidad”. Y para evitar cualquier suspicacia que con la enseñanza de la Doctrina Social pretenderíamos réditos que no nos correspondían, agregamos: “Ha de ser claro que en esta crisis no queremos ocupar un lugar que no nos corresponda. Por ello pedimos a todos los actores sociales que actúen según su responsabilidad en el marco de las instituciones republicanas” (ib.).


5. En los Evangelios no hay nada que Jesús haya enseñado sólo para que lo conociésemos con la mente, sino para que lo aceptemos y practiquemos de corazón. Cuando el doctor de la Ley le preguntó “¿Quién es mi prójimo?”, Jesús le respondió con la parábola del Buen Samaritano. Y concluyó su explicación diciéndole: “Ve y procede tú de la misma manera” (Lc 10,29.37). De la Doctrina Social vale lo mismo. No basta conocerla. Hemos de practicarla.


6. Dicho esto, hemos de insistir en la necesidad de estudiar la Doctrina Social. No se puede practicar una doctrina que no se conoce. Ni sin conocerla se puede pretender con ella iluminar la realidad político-social. Como también hemos de insistir en la necesidad de estudiar la realidad social que pretendemos iluminar con esa Doctrina. No basta conocerla por pálpito, o por la pura experiencia. Hemos de animarnos a conocerla también con método científico.

Esta obligación nos cabe a todos. A los pastores y a los fieles cristianos.


7. Cada vez más en la cultura en la que estamos inmersos se hace difícil estudiar. Es la cultura del espectáculo, de la emoción, del aplauso fácil. Nada de concentración, de reflexión. No se nos ocurra pedir que alguien se documente antes de hablar de algo. Hoy se tiene la palabra fácil, se opina de todo, en cualquier momento. Y hasta ese emiten juicios definitivos, sin reparar en lo que se dice y sin fundamento alguno. Ante una pregunta, nadie se anima a decir: “Mire, no lo sé; lo voy a estudiar y después le respondo”.

De allí que buena parte de la dirigencia argentina se deje devorar por la figuración. Están siempre en pose, fingiendo conocer los problemas, y tener la solución de todo. De allí, también, la chatura intelectual de muchos discursos políticos y de tantísimos proyectos de leyes. La Iglesia no es inmune a esta decadencia cultural.


8. De allí, por tanto, que el estudio de la Doctrina Social supone método, esfuerzo. Lo peor que podría acontecer con este Compendio es que quedase en las bibliotecas.


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia



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