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SOSTENER LA OBRA EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA ARQUIDIOCESANA


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (14 de agosto de 2005)



I. LA REFORMA ECONÓMICA DE LA IGLESIA: MOCIÓN DIVINA



1.
Hace doce años, cuando vine a Resistencia como pastor, me encontré con una Iglesia pobre de solemnidad. Sus únicos ingresos genuinos eran el alquiler de la casa contigua al edificio del Arzobispado en la calle Mitre por cuatrocientos cincuenta pesos mensuales. Hoy, cuando estoy a punto de dejar a otro pastor la conducción pastoral de la Arquidiócesis, no dejo una Iglesia rica, ni nunca fue esa mi intención. Ni siquiera dejo completamente saneadas las finanzas del Arzobispado. Pero no dudo en decir que Dios quiso que fuese esta Iglesia pobre su instrumento para plantear a toda la Iglesia argentina un problema que hasta entonces era tabú: el sostenimiento integral y permanente de la obra evangelizadora. Y ello, en primer lugar, por el eco inesperado que tuvieron en la República mis mensajes dominicales sobre este tema con ocasión de la Colecta que instituí en este domingo de agosto. Lo cual llevó a mis hermanos Obispos a elegirme, por dos períodos (1996-1999, 1999-2002), como presidente del Consejo Episcopal de Asuntos Económicos, y encargar la elaboración de un proyecto de reforma económica de la Iglesia. Segundo, por el aporte que los fieles cristianos de la Arquidiócesis hicieron para concebir el Plan COMPARTIR, instrumento de la mencionada reforma, que, con sus más y sus menos, hoy está en marcha. Su alma consiste en amontonar un capital espiritual, formado no por dinero que se devalúa, sino por fieles con una nueva mentalidad con respecto al dinero: basada en el Evangelio y en la administración que hacen los hombres honestos.



II. A EJEMPLO DE JESÚS Y DE LOS APÓSTOLES


2.
La reforma económica de la Iglesia supone una reforma mental de los cristianos, tanto de los fieles como de los pastores. Y ello, por una vuelta permanente al ideal de Jesús y de los Apóstoles.

De Jesús sabemos que era pobre y que amaba el espíritu de pobreza. Al discípulo que se ofreció a seguirlo le dijo con claridad: “Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). La actitud de desprendimiento de los bienes materiales es, además, una condición sine qua non para ser su discípulo: “No se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Y a los que se habrían de dedicar a la obra del Evangelio, les propuso un desprendimiento radical: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 19,21).

La relación de Jesús con el dinero fue serena. Pobre, pero no miserable. Algunos lo acusaban de un buen vivir: “Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19). Desprendido del dinero, pero no maniqueo. No temía usarlo cuando debía hacer las compras o dar limosna a los pobres. Excepto la escena del pez con la moneda en la boca para pagar el impuesto por Pedro y por él, los Evangelios no refieren ningún milagro en provecho propio. Nos dicen que tenía organizada una bolsa comunitaria, donde la gente echaba sus ofrendas voluntarias, y que en ella solía haber suficiente para que comiese él y los Doce, e incluso para ayudar a los pobres. Como ocurrió muchas veces después en la Iglesia, la economía de Jesús era defraudada por Judas, pero ello no lo llevó a ser un “espiritualista” que despreciase la organización económica que utilizan los hombres honestos.


3.
Lo mismo podemos ver en los apóstoles. San Pablo, en consideración de la debilidad espiritual de los corintios, renunciaba a exigir el derecho instituido por Jesús de que el apóstol sea sostenido por la comunidad cristiana, y por ello trabajaba con sus manos: “El Señor ordenó a los que anuncian el Evangelio que vivan del Evangelio... Sin embargo, nunca hemos hecho uso de él; por el contrario, lo hemos soportado todo para no poner obstáculo a la Buena Nueva” (1 Co 9,14.12). Pero con los filipenses, que eran espiritualmente maduros, no temía aceptar los medios económicos que ellos le ponían a disposición: “Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Sin embargo, ustedes hicieron bien en interesarse por mis necesidades. Al comienzo de la evangelización, cuando dejé Macedonia, ninguna otra Iglesia me ayudó pecuniariamente. Ustedes fueron los únicos...” (Flp 4,12-19).



III. LASTRE DE PREJUICIOS Y DE COMPORTAMIENTOS MAÑOSOS


4.
A nueve años del propósito de los Obispos de realizar la reforma económica de la Iglesia, ¿qué es lo que la hace tan lenta? No temo en decir que es el lastre de prejuicios y de comportamientos mañosos en esta materia de los mismos católicos, tanto de los fieles como de los pastores, del que todavía no nos hemos desprendido del todo. En la carta pastoral “Compartir la multiforme gracia de Dios, sobre el sostenimiento de la obra evangelizadora de la Iglesia”, que publicamos en 1998, los Obispos dijimos: “La reforma económica de la Iglesia debe pasar necesariamente por la conversión al Evangelio de Jesús. Se trata de un verdadero “cambio de mentalidad”, que debe comprender a todos los miembros de la Iglesia, comenzando por nosotros los pastores. Ésta exige, además que se adopten los medios para hacerla efectiva. Dos serán los signos de una voluntad sincera de conversión: primero, instaurar una Catequesis sobre esta materia, que cambie nuestra mentalidad y la configure al sentir de Jesús, junto con la voluntad de perseverar en ella durante largos años; segundo, adoptar una nueva cultura de gestión en relación a los bienes materiales”.



IV. LA COLECTA DE HOY


5.
La Colecta que se realiza hoy en la Arquidiócesis, además de ser la ocasión para aportar con generosidad a la Obra evangelizadora de la Iglesia Arquidiocesana, lo ha de ser también para analizar el lastre que todavía nos tiene anclados a los católicos y no podamos salir al mar abierto de una buena reforma económica de la Iglesia. (Continuará).


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia



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