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DOLOR, TRISTEZA, CONFIANZA


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (28 de agosto de 2005)



I. “LA TRISTEZA SE CONVERTIRÁ EN GOZO”


1.
La última cena de Jesús estuvo atravesada por un gran desconcierto y tristeza de sus apóstoles, a la vez que por la gran confianza que él les infundía. El evangelista San Juan enumera una serie de momentos que muestran esa situación: Simón Pedro que no quiso dejarse lavar los pies por Jesús, la traición de Judas, el anuncio de la triple negación de Pedro, Tomás que desconoce el camino, Felipe que no conoce a Jesús, los discípulos que no entienden lo que Jesús dice sobre su partida, la predicción de la deserción de todos ellos. Entre tanto, Jesús con sus palabras fue ofreciendo semillas de luz, que en ese momento los discípulos no interpretaron, pero que después de la resurrección se convirtieron en luz esplendorosa. Invito a mi lector a tomar el evangelio, y paladear esas palabras con todo el sabor agridulce que tienen. Entre todas se destaca la siguiente: “Ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes están tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que tiene al ver que ha venido un hombre al mundo. También ustedes están tristes ahora, pero yo los volveré a ver y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16,20-22).


2. A comienzo de año nuestra Iglesia de Resistencia fue traspasada por un gran dolor. Y porque es mi obligación ayudar a los fieles a interpretar a la luz de la fe todo lo que acontece, escribí dos series de mensajes dominicales: una sobre La hora de la tentación, y otra sobre La hora de la glorificación. La fe ilumina, mitiga el dolor y ayuda a seguir caminando.

Hoy es toda la Iglesia de la Argentina la que sufre un infinito dolor por la renuncia del Obispo Juan Carlos Maccarone, las causas que la motivaron y el escándalo de los fieles. No es bueno hacer de esto una tragedia, pero tampoco conviene disimular el dolor. Es preciso elaborarlo, para que éste, en vez de paralizar, se convierta en energía para continuar la marcha. La Iglesia debe evangelizar aun con la caída de sus hijos más prominentes.



II. “SIMÓN, SIMÓN, MIRA QUE SATANÁS...”


3. ¿Por qué me duele tanto la caída de mi hermano? Desde hace más de treinta años somos amigos, con una gran comunión de pensamiento y de afecto. En la década del 70, cuando yo era decano de la Facultad de Teología de la UCA, lo invité a ser profesor de la misma. Me alegró mucho su nombramiento episcopal. Lo vi siempre como un miembro preclaro del episcopado. Y como las cosas verdaderas son para siempre, no dudo que mi aprecio hacia él permanecerá.

Sin embargo, no puedo negar que su caída me duele en el alma. ¿Que fue víctima de demonios exteriores, que urdieron una maniobra diabólica? Sin duda. Jesús lo predijo: “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí” (Jn 15,18). Y hemos de estar atentos a esos demonios para no caer en sus trampas. A veces no hay otra posibilidad para defenderse de ellos que alejarse, como hizo Jesús ante las asechanzas de Herodes y de los jefes del pueblo.

Pero me duele especialmente porque fue víctima de los demonios interiores que nos acechan a todos los humanos. Cosa que también predijo Jesús: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo...”. A pesar de esta advertencia, Simón y sus compañeros se durmieron en la hora de la prueba: “Jesús les dijo: ¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren, para no caer en la tentación” (Lc 22,31.46). Esta enseñanza de Jesús sobre la condición del ser humano sometido a la tentación, lamentablemente en la Iglesia contemporánea se tiende a olvidarla en la catequesis, en la predicación y hasta en la dirección espiritual. Y consecuentemente en la vida cotidiana. Este olvido me preocupa. Calificaré de “dichosa” la caída de mi hermano si fuese la ocasión para que despertemos del sopor en que hemos caído en este punto.


4. La esperanza de que mi hermano se levantará me viene de la oración que Jesús hizo por Simón Pedro, en previsión de la triple negación que éste haría esa noche, y que sin duda hace también por todos aquellos a quienes él elige para ser sus apóstoles: “Simón, yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). Mi hermano ya no será pastor de una Iglesia diocesana, pero con el ejemplo y la palabra puede ser un doctor de la fe que enseñe verdades cristianas fundamentales: a) que Jesús se llama así “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21); b) que “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8); b) que “donde abundó el pecado (de Adán), sobreabundó la gracia (de Cristo)” (Rm 5,20); c) que, como escribió San Pablo, “es doctrina cierta y digna de fe que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de ellos” (1 Tm 1,15).



III. ORIENTACIONES PARA DESCONCERTADOS


5. A todos los cristianos, fieles y pastores, les recuerdo algunas verdades elementales:

a) que el celibato por el Reino de los Cielos es un llamado que Cristo hace a los que da la gracia correspondiente, la cual se manifiesta en la misma salud físico-psíquico-espiritual del sujeto, y por lo mismo puede ser vivido con felicidad;

b) que así como la castidad en el matrimonio es posible cuando los esposos viven de acuerdo a él, de la misma manera la castidad en el celibato. Sería una temeridad abrazar la vida celibataria sin adoptar un estilo de vida acorde; o habiéndolo abrazado, abandonarlo;

c) que a pesar de la penuria de sacerdotes: los promotores vocacionales, confesores, directores espirituales y superiores del Seminario deben alejar de la senda del sacerdocio a los jóvenes que no tengan las cualidades necesarias para abrazar el celibato;

d) que abogar por el matrimonio de los sacerdotes célibes contradice la tradición apostólica, y es prácticamente imposible que la Iglesia católica un día lo autorice;

e) que no sería contrario a la tradición apostólica que la Iglesia de rito latino un día ordene presbíteros a hombres casados, como acontece en Iglesias católicas de ritos orientales y con los Diáconos Permanentes;

f) que es preciso tomarse en serio la invocación del Padre Nuestro: “no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal”, y rezarla con fe todos los días.


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia



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