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MALES QUE AMENAZAN A LA IGLESIA (1)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (4 de setiembre de 2005)



1.
Los males que amenazan a la Iglesia son muchos. Pero son los mismos que amenazan a los cristianos de carne y hueso. No haré una letanía de los mismos, sino que me referiré a dos, que son como las enfermedades virósicas que, una vez contraídas, fomentan la aparición de otras. Pero si se logra su curación, se facilita la de éstas últimas.



I. EL MAL ESPÍRITU


2. Hoy me referiré a uno: el mal espíritu. Hay cristianos que ven espíritus por todas partes. No son muchos dentro de la Iglesia católica. Pero los hay. Una vez, en algún lugar, una persona vino para alertarme: “Preste atención a tal grupo y oriéntelo, porque me hicieron creer que estaba endemoniado, y me dieron a beber un balde de agua bendita hasta que me oriné en público”. Hay otros que no los ven por ninguna parte, pero no se dan cuenta del mal espíritu que tienen. Éste sí está muy difundido en la Iglesia Y es preciso una buena pedagogía pastoral para mostrarlo y extirparlo, porque hace mucho daño al que está poseído por él y a quien se le acerca. Éste es un fenómeno más sutil que el llamado “posesión diabólica”, que se ve pocas veces, y suele ir acompañado de actitudes amenazantes, convulsiones, espumarajos, gritos. En cambio, el que sufre de “mal espíritu”, no suele ser conciente de ello, pues parece un ser normal y piensa estar haciendo el bien, e incluso ofrece la solución de los problemas que denuncia.


3. Jesús varias veces advirtió de este mal espíritu a sus apóstoles. Cuando se dirigía hacia Jerusalén y los samaritanos le impidieron pasar por su territorio obligándolo a dar un largo rodeo, los hermanos Santiago y Juan le propusieron orar para que descendiese fuego del cielo y los consumiese. San Lucas dice que Jesús se dio vuelta y los reprendió. Y un manuscrito muy antiguo agrega que les dijo: “No saben qué espíritu tienen” (9,55). La intención de los apóstoles era buena: defender a Jesús; pero los medios eran pésimos. Se los sugería el mal espíritu.

En otra ocasión, la víctima del mal espíritu fue el apóstol Pedro. Cuando Jesús anunció por vez primera su pasión y muerte, “Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo: Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: ¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mi un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mt 16,21-23). Aquí también la intención era buena, pero de una cortedad absoluta. No entendía que Dios obra a través de los dolores de la existencia humana.

Los Evangelios traen muchas escenas en las que los escribas y fariseos, –que eran los judíos más instruidos en la religión y los más observantes de ella– muestran el mal espíritu del que estaban poseídos. En un caso, explican los milagros de Jesús desde una ideología: “Éste expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios”. En otro, lo tientan a hacer milagros para complacer su curiosidad. El Maestro aprovechó la ocasión para desnudar la gravedad del mal espíritu que tenían y la estrategia que Satanás usa para empeorar las cosas: “Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: Volveré a la casa de donde salí. Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio” (Lc 11,14-26).


4. Los maestros espirituales antiguos trataban mucho del mal espíritu. Doctrina hoy casi olvidada. Pero no por ello es una realidad menos presente entre los cristianos. Casi nunca se da en los sencillos, sino más bien en los cultos y consagrados. Se manifiesta de muchas maneras. Un rasgo es el mal humor. Hay personas que, aunque comulguen todos los días, viven en un disgusto permanente con respecto a la Iglesia. Nada de ella les cae bien, como si ellos no fuesen parte de la misma. El disgusto se concretiza en particular contra el Papa y los demás pastores. Actúan como muchos judíos en tiempos de Jesús: “Se parecen a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron. Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron. Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: ¡Ha perdido la cabeza! Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,16-19). Un segundo rasgo es la tristeza, que se manifiesta en la falta de entusiasmo apostólico. En su relación con la Iglesia se parecen a ciertos matrimonios desamorados, que ya no recuerdan el primer amor y sólo se aguantan. Otro rasgo es la murmuración permanente con la que enfrentan los problemas de la Iglesia. Tienen explicaciones para todo, pero siempre otro es el causante. Nunca ellos.


5. Salir de esta situación no es imposible. Pero es muy difícil. Por ello, mejor no caer en la misma. Aleccionado por una experiencia dolorosa sufrida en mi juventud, enuncié un principio que me pareció fundamental cuando fundé el Colegio Eclesiástico Los Doce Apóstoles para seminaristas del interior: “Si un día este Colegio, estando yo u otro rector, llegase a caer en el vicio de la murmuración, tengamos la valentía de cerrarlo”. La murmuración mata la alegría. Y donde no hay alegría, falta el Espíritu Santo.



II. EL ORDEN DE LAS VÍRGENES CONSAGRADAS


6. El Orden las Vírgenes consagradas ha sido restaurado por el Concilio Vaticano II y fue abierto en la Arquidiócesis en 1997. Está formado por mujeres que, viviendo en el mundo, se consagran especialmente a Jesucristo por la oración y las obras de misericordia, abrazando por el Reino de Dios y a perpetuidad el estado de virginidad. Hoy comienzan a verse nuevos frutos. Ruego a Dios que estas mujeres se multipliquen, pero que, más que por el número, resplandezcan por vivir enamoradas de Jesucristo, amar a la Iglesia y trasuntar los frutos del Espíritu Santo: “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia” (Ga 5,22). (Continuará).


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia



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