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CORRAMOS HACIA LA META (3)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (2 de octubre de 2005)



I. EL AMOR A LA PERSONA DE CRISTO Y LA CARIDAD PASTORAL


1.
“Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Este fue el lema elegido por Jorge Pelizardi para su ordenación presbiteral, que Dios me concedió celebrar el pasado viernes 30 de septiembre en Las Palmas. Y lo tomé como tema de mi homilía. Me parece útil transcribir algunos párrafos, no para ahorrarme trabajo, sino porque está en la línea que me propuse con estos mensajes “Corramos hacia la meta”.

El lema es la respuesta de Simón a la pregunta que Jesús resucitado le formuló por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Y a su respuesta de amor, Jesús corresponde otorgándole una misión que Simón no había imaginado: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17).


2.
Modernamente, en la Iglesia hablamos mucho de caridad pastoral. ¿Qué queremos decir con ello? Tomando pie de este pasaje de San Juan, me animo a decir que la caridad pastoral es el amor del discípulo hacia Jesús el Buen Pastor, que éste plenifica y hace rebalsar hacia sus ovejas. Sí, amor primeramente a Jesús el Buen Pastor. No hay caridad pastoral sin amor a la persona de Cristo.


3.
El amor a la persona de Cristo ocupa un lugar de privilegio en la predicación de Jesús. Él no quiere sólo ser escuchado. Quiere ser amado, y por encima de cualquier otro amor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37).

Fue en la última cena cuando Jesús insistió especialmente en el amor que él espera de su discípulo. Pero amor que no se contenta con palabras bellas, sino que se manifiesta en la práctica de los mandamientos del Maestro: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos... El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él... El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras...” (Jn 14,15.21.23.24)


4.
Amor a la persona de Cristo y amor a su palabra, amor a su palabra y practicarla: son términos que se corresponden. Tenemos aquí un criterio fundamental para discernir la vida cristiana. Ésta es tal cuando está motivada por el amor a Cristo y se vuelca a la práctica de sus mandamientos.

Igualmente, tenemos aquí un criterio fundamental para discernir la caridad pastoral y todas las acciones que ésta impulsa. Ésta existe en nosotros los pastores cuando el principal motor de nuestra vida y de todo lo que hacemos son el amor a la persona de Cristo y la vivencia de su palabra. ¿Queremos medir nuestra predicación, la catequesis, el trato con los diversos sectores del pueblo de Dios, la iluminación de la realidad social con la Doctrina Social de la Iglesia, la relación con la sociedad civil, la opción preferencial por los pobres, y cualquier actividad pastoral que realicemos? Miremos si apunta a suscitar en los hombres el amor a la persona de Cristo y la práctica de su palabra.


5.
Puede suceder, y sucede, que nosotros (el Obispo, los Presbíteros, los Diáconos, y todos los que colaboran en el apostolado) nos encerremos en nosotros mismos, en nuestros proyectos, en nuestros sueños, en nuestra creatividad, en lo que nos da satisfacción, en que la gente colabore con nosotros, y que ya no nos interese tanto que ésta ame a Cristo y que practique su palabra. Entonces, por más que uno se fatigue, la caridad pastoral puede pervertirse y transformarse en dominio pastoral, que quita a los fieles la libertad que todo hijo de Dios merece. E incluso puede volverse dureza pastoral que maltrata a las ovejas.



II. EL AMOR QUE CRISTO NOS TIENE


6.
¿Cómo escapar de esta encerrona que nos arma nuestra limitación humana, y que, queriendo amar a Cristo y a los hombres por los que él derramó su sangre, terminemos amándonos egoístamente a nosotros mismos y a nuestros proyectos personales?

Si bien en el Evangelio es muy importante el amor que el discípulo tiene al Maestro, tiene una preeminencia muy superior el amor que el Maestro tiene por el discípulo. Antes que el Maestro le preguntase a Simón si lo amaba, él le mostró que lo amaba infinitamente: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).

La medida del amor que Cristo quiere de nosotros es la misma de su amor hacia nosotros: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor” (Jn 15,9). Ésta es también la medida del amor que él quiere nos tengamos entre nosotros: “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). “Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,12-13).


7.
La experiencia del amor de Cristo, lo llevaba al apóstol Pablo a superar todas las dificultades: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?... En todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,35-39).


8. La certeza de que en la vida apostólica, como en toda vida, hay dificultades, ¿integra nuestra espiritualidad? ¿O nos vamos dejando erosionar por la cultura ambiente que nos lleva a apreciar el éxito fácil e inmediato, y a despreciar todo lo que sea cruz, sacrificio, paciencia, constancia? (Continuará)


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia


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