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CORRAMOS HACIA LA META (4)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(9
de octubre de
2005)
I.
COMPLEJIDAD Y SIMPLICIDAD DE LA VIDA ECLESIAL
1.
El domingo pasado comenzó en Roma la XI Asamblea Ordinaria del Sínodo
de los Obispos. Un hecho auspiciado por el Concilio Vaticano II, y
establecido por Pablo VI, que sesiona en forma ordinaria cada tres
años, por el cual los Obispos de todo el mundo, a través de
representantes elegidos por ellos, se reúnen con el Papa para tomarle
el pulso a la vida eclesial, sin necesidad de esperar a un Concilio
Ecuménico.
Hace
dos días, el viernes 7, se inició en Buenos Aires el III Congreso de
Laicos, en conmemoración de los ciento veinte años del primero
realizado en 1884, y de cara al Bicentenario de la República
Argentina, con la intención de profundizar en la misión que el fiel
laico ha de cumplir en la Iglesia y en la sociedad, y especialmente en
la comunidad política.
2.
Dos hechos extraordinarios, cada uno de los cuales sería suficiente
para concitar el interés, e incluso el entusiasmo, de los fieles
cristianos, pero que hoy son vividos como hechos ordinarios, y hasta
con cierta indiferencia.
¿Está
mal que así sea? “Assueta vilescunt”, decían los latinos. Lo repetido
pierde su encanto. Pero no por ello deja de ser necesario. Repetimos
la respiración hasta el infinito. Sin ella moriríamos al instante.
Repetimos la comida, el dormir, los pasos al caminar. Y miles de otros
gestos, de los que no llevamos cuenta, que constituyen nuestra rutina,
la cual simplifica nuestra existencia. Si hubiésemos de hacer
conscientemente cada respiración, qué complicada se volvería. Importa
respirar bien, no ser conscientes de cada acto.
Lo
mismo sucede con muchos hechos de nuestra vida familiar y laboral, que
realizamos casi automáticamente. Incluso, muchas acciones que al
principio nos resultan extraordinarias, las integramos pronto como
ordinarias a nuestra rutina. Y ello es saludable. ¿Por qué no habría
de suceder lo mismo en la Iglesia? Por ello no me asusta que el Sínodo
de los Obispos no entusiasme hoy como hace treinta años. Y que los
laicos no acudan por millares al III Congreso.
3.
Sin embargo, hemos de estar atentos a cierta fatiga, que se puede dar
en toda vida, en la familiar, en la profesional, también en la
eclesial. El famoso “surmenage”, el “estar pasado de revoluciones”.
Ello sucede no tanto por la multiplicidad de los actos, sino por un
oscurecimiento de la finalidad que los mueve. Si la respiración, en
vez de ser vivida como una acción vital única, comenzase a ser
experimentada como la suma de millones de actos de inspiración y
expiración, se volvería un tormento. Acciones que ayer se realizaban
con entusiasmo en la vida familiar y que, incluso, dejaban espacio
interior para responder adecuadamente a situaciones imprevistas, a
veces se vuelven tediosas. Tal estado espiritual es de cuidado. ¿Cómo
superarlo?
II. VOLVER A LO ESENCIAL DEL EVANGELIO
EN MEDIO DE UNA HISTORIA CADA VEZ MÁS COMPLEJA
4.
Nuestro cuerpo tiene un mecanismo misterioso por el cual reacciona
frente a una herida: la cicatrización. Cuando ésta por si sola no
basta, se la ayuda con la cirugía. Todo cuerpo social tiene también
sus mecanismos de reparación contra sus heridas que son las
injusticias. Los cristianos tenemos uno maravilloso contra el mal que
se apodera de nosotros: la “conversión”. La Iglesia siempre idea
recursos de reparación de las heridas que sufre, tanto en sus hijos,
cuanto en sus estructuras. El máximo es el Concilio Ecuménico. El
Sínodo de los Obispos está en la misma línea.
5.
Un ser herido se repara volviendo a su esencia. Esto no significa
quitarse años, como ingenuamente pensó Nicodemo, que imaginó una
vuelta al seno materno. Significa remover previamente lo que impida la
puesta en marcha del proceso de cicatrización. Tal vez una infección
que la obstaculiza.
¿Cómo
se repara el ser de la Iglesia? Por la vuelta a sus orígenes, al plan
de Dios. De allí que toda auténtica reforma en la Iglesia se da por
una lectura más profunda del Evangelio, una comprensión más acabada de
la experiencia de los Apóstoles y de los Santos Padres. Es más un
dejar trabajar en nosotros al Espíritu de Jesucristo, que no un
fatigarnos nosotros por restaurar su obra.
Periódicamente aparecen en la Iglesia corrientes que imaginan que la
Iglesia se ha de renovar volviendo a Galilea. Y no ya al Sermón de la
Montaña, sino a su infancia, cuando estaba todavía en pañales.
Imaginan aquel momento como paradigmático. Olvidan que los discípulos
de Jesús no entendían ni su muerte ni su resurrección. Y que todavía
no había sido derramado sobre ellos su Espíritu. Ven como un lastre
insoportable que la Iglesia tenga hoy dos mil años. ¿Qué les pasaría
si llegasen a vivir cuando tuviese cuatro mil, si Jesucristo no lo
remediase antes con su Vuelta definitiva?
6.
La vuelta a lo esencial del Evangelio es la tarea cotidiana que el
cristiano ha de realizar en medio de las tensiones de la vida. Nada
nos impide pronosticar que ésta será cada vez más compleja. Pero estoy
seguro, también, que la vuelta a lo esencial no es imposible. Con tal
de no caer en fantasías. Al contrario. Es bien posible. Por la
oración. Por la fidelidad a la tarea cotidiana. Por el amor, no sólo
al prójimo individuo, sino a la sociedad concreta en que nos toca
vivir. Por una gran confianza en el ser humano, aun cuando piense
totalmente al revés. Confianza en que, a pesar de todo, algún punto de
coincidencia será posible encontrar para entablar con él el diálogo de
la salvación.
7.
Sínodo de los Obispos y Congreso de los Laicos: ¿vienen a complicar la
vida eclesial? Depende de cómo se los viva. Confío en que sean
alicientes para continuar la carrera del cristiano hacia adelante.
Hacia el abrazo definitivo con el Señor. Y, por lo mismo, hacia la
realización de la voluntad de Dios. Una comunidad eclesial reunida
fraternalmente en torno a la Eucaristía. Una sociedad civil que no se
canse de construir una convivencia pacífica. Pese a todas las
dificultades. (Continuará).
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico de Resistencia |