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DAR AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR
Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS


Entrevista concedida al Diario Norte, por monseñor Carmelo Juan Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia, el lunes 17 de octubre de 2005
 
 

P. En la Misa radial del domingo, Usted dijo que la Iglesia no apoya la gestión de ningún gobernante. ¿Aludió al pedido que el presidente Kirchner hizo recientemente en la Basílica de Luján de que lo ayuden?

R. Ni aludí, ni dejé de aludir. En la homilía hago catequesis al pueblo cristiano. Y, por tanto, procuro primeramente que entienda el texto bíblico y la enseñanza fundamental que da Jesús. En segundo lugar, procuro iluminar su vida cotidiana y cómo comportarse según esa enseñanza. Esto es básicamente una homilía. Si entre los hechos de vida hay alguno reciente al cual le viene bien esa enseñanza, tanto mejor. Pero la enseñanza de Jesús siempre calza bien, con hechos frescos y no tanto. La enseñanza del Evangelio del Domingo trata del César, o sea de la autoridad, y de Dios. Que a la autoridad se le debe respeto. Y que todo está sometido a Dios, también la autoridad. Así, en síntesis, la enseñanza evangélica.

 

P. ¿Nada que ver entonces con un divorcio entre la Iglesia y el Estado?

R. Ni divorcio ni matrimonio. Está de por medio el hombre que, por una parte, es ciudadano de la República, y, por otra, es con mucha frecuencia miembro de la Iglesia Católica. Por lo mismo no conviene ni el matrimonio ni el divorcio entre la Iglesia y el Estado, sino la autonomía y la colaboración, como enseña el Concilio.

 

P. ¿No le parece una relación difícil?

R. Si se quiere, dificilísima. Lo muestra una historia de dos mil años. La Iglesia y el Estado han caído sucesivamente en relaciones desafortunadas. El Estado romano al principio pretendió destruir a la Iglesia porque los cristianos tenían la osadía de no adorar al Emperador. Y después pretendió domesticarla oficializándola y otorgándole privilegios. La Iglesia, a su vez, pretendió luego domesticar al Estado, pretendiendo ser ella la que otorgaba la autoridad terrena a reyes y emperadores. Pero hay muchas cosas difíciles que se vuelven de lo más fácil. ¿Hay algo más difícil que caminar en dos pies? Y, sin embargo, lo hacemos con toda naturalidad. Con la experiencia acumulada en tantos siglos no debería ser nada difícil la relación Iglesia-Estado. Basta un poco de sentido común por parte de los hombres de la Iglesia. Y que los políticos y gobernantes se tomen en serio la democracia que pregonan y la realidad del pueblo que representan.

 

P. ¿Cómo interpreta Usted que el Presidente haya pedido ayuda desde el altar de la Basílica de Luján?

R. No he visto ningún noticiero de la TV con la visita del Presidente a Luján. De modo que sólo cuento con lo leído en los diarios metropolitanos. Por lo que dicen éstos, he sentido un gran disgusto. Y no sólo por lo dicho por el Presidente, sino por el papel indebido que se le habría dado en el templo.

 

P. Al margen de su disgusto, ¿cuál podría ser la ayuda que la Iglesia podría prestar al Presidente?

R. Respetar su autoridad; orar por él para que el Señor le dé luz y fortaleza para conducir a la República por el camino de la reconciliación, de la justicia y del progreso; dejar en claro que a ella no le corresponde aprobar la gestión de ningún gobernante, porque para eso está la ciudadanía. Pero la ayuda principal que presta la Iglesia es predicar la verdad del Evangelio con libertad. Confío en que el Presidente quiso pedir esto. Porque si fuese otro tipo de ayuda, como la que le puede prestarle un partido político, estaría en un grave error. La Iglesia Católica no puede actuar como un partido político. Ni existe un partido político de su preferencia. “Partido” dice “parte”. “Católica” dice “totalidad”. La Iglesia aprecia a los partidos políticos como instrumentos de la democracia, y procura con su enseñanza totalizadora que estos se abran a la verdad que aportan los otros, discutan civilizadamente entre ellos cómo lograr el bien común, lleguen a acuerdos dignos, y eviten encerrarse en sí mismos y pretender imponerse como fuerza hegemónica.

 

P. Pero en los orígenes del justicialismo la jerarquía lo apoyó y desconfiaba de los demás partidos.

R. Es verdad, pero ésta no es la mayor gloria de la jerarquía argentina. Ese apoyo no le hizo bien a la jerarquía, ni al justicialismo, ni a la democracia. Por otra parte no fue sólo la antigua jerarquía la que apoyó al justicialismo. Recordemos en época más reciente el apoyo de grupos católicos pensantes al movimiento montonero.

 

P. ¿Será esa relación inicial de la jerarquía con el justicialismo, y la de ambientes pensantes que Usted señala, la que dificulta que el justicialismo asuma una relación moderna con la Iglesia?

R. No analicé ese punto de vista.

 

P. ¿Y con el radicalismo cómo fue la relación?

R. Me pareció que con el Dr. Rodríguez Giavarini prometía ser madura. Cómo fueron antes, con el Dr. Alfonsín, no tengo mucha idea. Una vez, al final de una Asamblea, los Obispos no aceptamos la invitación de ir a comer un asado con él. Y me llamó la atención  que esa negativa no fuese entendida bien. Pero al margen de las relaciones con los gobiernos de diversos signos, lo cierto es que a los argentinos nos costó mucho comprender la democracia, y nos sigue costando. A la jerarquía le sucedió lo mismo. Pero ha habido un cambio fundamental desde mayo de 1981, con el documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, lo cual tiene también incidencia en la concepción de las relaciones Iglesia-Estado.

 

P. ¿Hay, entonces, un cambio fundamental entre aquella jerarquía y la actual?

R. Evitaría un planteo maniqueo. La jerarquía que escribió “Iglesia y Comunidad Nacional” es la misma que actuó durante el proceso militar, a la cual nos sumamos entonces algunos nuevos. Una jerarquía, muchos de cuyos miembros se interesaron por los presos y desaparecidos como yo no supe hacerlo después que fui ordenado Obispo. No son pocos los ex presos y familiares suyos que vinieron a agradecerme por lo que mis predecesores en Posadas y en Resistencia hicieron por ellos. Pero era una jerarquía que creyó demasiado en las negociaciones con el gobierno militar, en vez de instituir un hecho público de otro tipo, como podría haber sido organizar una mesa oficial donde ir a denunciar las desapariciones. Porque declaraciones públicas y cartas privadas del episcopado a la Junta Militar hay a montones. Ningún partido político puede exhibir una documentación a favor de los derechos humanos ultrajados por los militares semejante a la de la jerarquía de entonces. Pero hay que reconocerlo: eso fue harto insuficiente para frenar el terror de Estado. Muchos en el pueblo cristiano, laicos y sacerdotes, así lo veíamos. Y lo decíamos como podíamos, no siempre con demasiada valentía. Tenías que medir qué decías en público, cómo decirlo, porque si no, tal vez a vos no te pasaba nada, pero al lado tuyo otro pagaba el pato: los jóvenes del grupo parroquial, los estudiantes de la Facultad en que enseñabas. Época terrible, de la que no se cuenta toda la verdad. Época de miedo, que empeoró brutalmente en 1976, pero que empezó mucho antes.

 

P. ¿Cómo le cayó a Usted que el Presidente no solicitase la celebración del Te Deum de la Catedral de Buenos Aires el 25 de mayo?

R. Si esa es la costumbre en Buenos Aires, está en su derecho. En Resistencia, para el 9 de Julio, soy yo quien invita al pueblo y al gobierno al Te Deum. Y me pongo de acuerdo con el jefe de protocolo del Gobierno.

 

P. ¿Por qué los Obispos critican tan duramente al Gobierno?

R. No se ofenda, pero esa es una visión paranoica, en la que los medios tienen no poco que ver. Cuando los Obispos hablamos, casi siempre utilizan títulos catástrofe. “Severa crítica de los Obispos”. Nunca un título que diga “Los Obispos llaman a la reflexión a los ciudadanos”. Y muchos creen a los titulares. Y opinan a partir de ellos. Me ha pasado que gente inteligente de Resistencia ha opinado sobre lo dicho por mí no a partir de la lectura de mi columna dominical que sale en los cuatro diarios locales, sino del rebote radial en Buenos Aires. Es comprensible que entonces se den interpretaciones disparatadas. Y hay que ser paciente con ellas.

 

P. ¿Piensa que el Vaticano arreglará pronto la cuestión del Obispo castrense?

R. No me haga poner el dedo en el ventilador. Sólo le voy a responder lo siguiente: la cuestión tiene que ver no sólo con el Vaticano. Es mucho más compleja.

 

P. ¿Es un conflicto con el episcopado argentino?

R. No insista demasiado. Tiene que ver con la verdad de la cuestión. La opinión pública la desconoce. Y según Jesús, cuando no hay verdad, no hay libertad, y el nudo del problema no se desata. Se ha hecho un planteo erróneo, por parte de la prensa, incluso por periodistas católicos, por parte del gobierno, y hasta por parte de varios de nosotros los Obispos. Se podrá quizá solucionar la cuestión del Obispado castrense a nivel diplomático. Pero si no se solucionase el meollo del problema suscitado, volverá a reaparecer en cualquier momento, y en cualquier otra área de las relaciones Iglesia-Estado. Como si un médico hiciese una cirugía perfecta, pero se olvidase las tijeras en la panza del paciente.

 

P. ¿Se promete Usted un tiempo de relaciones difíciles entre la Iglesia y el Estado?

P. No. Espero que sean normales. Difíciles hemos tenido de sobra en épocas recientes.


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