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CORRAMOS HACIA LA
META (6)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(23
de octubre de
2005)
I. EL TESORO DE LA EUCARISTÍA
1.
Mientras corremos hacia la meta de nuestra vida, que es Cristo,
necesitamos alimento para restaurarnos y libertad de movimientos. Son
dos tesoros, con los cuales, aunque nos faltase el resto, lo
poseeríamos todo.
Al
primero lo tenemos en la Eucaristía, que es el mismo Cuerpo o
existencia humana de Jesús, el cual, yendo a la muerte por nosotros,
la noche antes de padecer tomó el pan y la copa, dio gracias a Dios, y
los entregó a sus discípulos como Pan y Bebida espiritual. Y nos lo
dio también a nosotros, peregrinos del cielo y constructores de la
patria terrena. Nunca acabaremos de saborear el Pan de la Eucaristía.
A los israelitas el maná les sabía “como un pastel apetitoso” (Num
11,8), un “trigo celestial”, “un pan de ángeles” (Sal 78,24-25).
¿Qué gusto no tendrá el Pan de la Eucaristía para el que lo come con
fe y amor?
2.
Al concluir hoy en Roma la XI Asamblea el Sínodo de los Obispos, sobre
“la Eucaristía fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia”, me
dirijo a aquellos que están puestos por Dios para enseñar a saborear
este “Pan bajado del cielo” (Jn 6,31; Sal 105,40): los padres
cristianos, los catequistas, los maestros católicos, los miembros del
Clero. No duden, queridos amigos, en enseñar a gustar este Pan. Y
sepan que ésta es la misión más grande que se les encomienda. Ello los
ayudará también a ustedes a saborear este Pan celestial, y les
renovará la vida. Cuando lo dejamos de hacer, sobrevienen las crisis
existenciales.
Nos ocurre como a aquellos israelitas que encontraban desabrido el
maná, añoraban la esclavitud en Egipto y aborrecían vivir: “¡Cómo
recordamos los pescados que comíamos en Egipto, y los pepinos, los
melones, los puerros, las cebollas y los ajos! ¡Nuestras gargantas
están resecas! Estamos privados de todo, y nuestros ojos no ven nada
más que el maná!” (Num 11,5-6).
II. EL
TESORO DE LA LIBERTAD CRISTIANA
3.
El segundo tesoro es la libertad. Libertad de Jesucristo, de los hijos
de Dios, de la Iglesia, libertad religiosa. Este tesoro está muy
ligado a la Eucaristía. En la Misa, en el momento previo a la
consagración del Pan, decimos: “El cual (Jesús), cuando iba a ser
entregado a su Pasión, libremente aceptada, tomó pan, etc.”.
Recuerda, sin duda, aquellas otras palabras de Jesús: “Yo doy mi
vida... Nadie me la quita, sino que la doy por mi mismo (Jn 10,18)”.
Quizá ni nos demos cuenta de lo que decimos. Es una profesión de fe en
que la muerte de Jesucristo fue un acto de su libertad. Implícitamente
decimos que, porque murió libremente, se convirtió en Pan espiritual;
que a los que lo comen con fe, los hace libres de todo pecado, del
miedo, aun viviendo bajo una dictadura o tiranía, cualquiera sea su
color: política, poderes financieros, medios de comunicación. Nos dice
que la libertad, lo mismo que el amor, no se compra, sino que se muere
por ella. ¡Cuántos cristianos encarcelados por ser tales se han
mantenido libres gracias a la Eucaristía! Y no sólo ayer en tiempos de
Nerón, sino modernamente. Por ejemplo, el admirable cardenal
vietnamita Francisco Javier Van Thuan que, liberado de los comunistas
y antes de morir, preparó el Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia, de reciente publicación.
III.
ELECCIONES Y LIBERTAD
4.
Hoy, una vez más, la Democracia argentina celebra elecciones. Estas
son siempre un acto cívico significativo. Pero de ningún modo agotan
los deberes y derechos de los ciudadanos. Una democracia encandilada
por las elecciones y olvidada de los demás deberes sería
necesariamente una democracia débil, formal, raíz de futuras crisis.
Uno es ciudadano todos los días, en todo momento. Tiene deberes
máximos que cumplir: votar, hacer juicio político a sus gobernantes.
Pero tiene también deberes menores y mayores. Deberes menores: ser
buen vecino, cuidar la limpieza de los lugares públicos, no causar
ruidos molestos, pagar al día las tasas y servicios, no dañar y
defender la propiedad pública. Deberes mayores: hacer bien el propio
trabajo, analizar cómo y cuándo tomar medidas de fuerza para defender
los propios derechos sin atropellar los ajenos, no propalar infundios
por los medios, hacer con responsabilidad la propia opción partidaria,
no confiarse ciegamente a los propios delegados sindicales y
representantes políticos y atreverse a criticarlos sanamente,
rebelarse contra toda forma de clientelismo, respetar al adversario
político.
5.
A
pesar de los reiterados golpes militares, elecciones en la Argentina
ha habido innumerables. Sin embargo, la democracia no ha logrado
levantar vuelo. Tampoco desde su restauración en 1983. Y no porque la
democracia sea inútil, sino porque, aunque se la nombre mucho, se
desconoce su naturaleza. Más que elevar el nivel moral del ciudadano,
los partidos políticos ceden con frecuencia a la tentación de buscar
su voto para concentrar poder y perpetuarse en él. No buscan junto con
los adversarios el bien común del pueblo. Es por ello que hoy en la
Argentina tenemos 37 millones de habitantes, pero no 37 millones de
ciudadanos. El daño, no sólo económico sino espiritual y cultural,
causado en amplios sectores del pueblo por la mala política es
pavoroso. ¿Comenzará a repararse?
6.
En preparación al Congreso Eucarístico Nacional del año pasado,
millones de veces rezamos a “Jesucristo, autor de nuestra fe y de
nuestro compromiso ciudadano”. Y lo repetimos este año para el
Congreso de Laicos. Hay que alegrarse de que en la Iglesia descubramos
cada vez más esta veta de la fe cristiana. Porque la decadencia de la
ciudadanía, se debe también a una catequesis incompleta, que no tomó
en serio la vida del cristiano en la sociedad. A los políticos que hoy
serán elegidos, y a los otros, la Iglesia les pide sólo una cosa: que
respeten su libertad para anunciar la integridad del Evangelio. Y no
teman. Cuando ella habla es a favor del hombre y de la paz social. A
favor de la buena política.
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico de Resistencia |