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CORRAMOS HACIA LA META (7)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (30 de octubre de 2005)



I. Eucaristía: pan de la libertad
 

1. Dijimos que el Pan de la Eucaristía y la libertad cristiana son dos tesoros que van juntos. Y que ambos impulsan al cristiano a correr hacia la meta. La Biblia y la historia de la Iglesia están llenas de ejemplos donde se ve esta misteriosa relación.

En el antiguo Testamento hallamos anticipos de esto. Los israelitas que se salvan de la esclavitud de Egipto y atraviesan el desierto gracias al maná. El profeta Elías que se salva del odio del rey Ajab huyendo por el desierto, sustentado con un pan misterioso que le alcanza el Ángel del Señor (ver 1 Reyes 19,1-8).

Ya en la era del Nuevo Testamento, habría que escribir volúmenes enteros con ejemplos sobre esta misteriosa relación. Plinio, gobernador romano de Bitinia por los años 111-113, mandó torturar a dos diaconisas para que confesaran qué hacían los cristianos durante sus reuniones. Pero éstas se mantuvieron fuertes gracias a la celebración donde se partía el pan y le cantaban himnos a Cristo Dios.

Los numerosos confesores y mártires de la fe cristiana que modernamente fueron encarcelados y sacrificados por el comunismo y el nazismo, se mantuvieron libres gracias al Pan de la Eucaristía, comido muchas veces sólo espiritualmente por no poder celebrar el sacramento. Y no olvidamos las múltiples víctimas de los regímenes militares de América Latina, -catequistas, religiosas, sacerdotes, obispos- encarcelados o muertos expresamente por el Evangelio, algunos sacrificados incluso durante la celebración eucarística.

La relación entre Eucaristía y martirio es tan profunda que, según una costumbre antiquísima, en el altar consagrado para celebrar la Eucaristía suele haber una piedra, llamada el ara, donde se esconde la reliquia de un mártir u otro santo.

 

II. Memoria del martirio, libertad y reconciliación

 

2. Con respecto a los mártires modernos, hemos de confesar un grave pecado. A partir de los años cincuenta los cristianos hemos callado casi totalmente sobre las persecuciones que ellos sufrieron, y no siempre hemos llevado memoria fiel de su martirio. Nos pasó sobre todo con las víctimas del comunismo. Y nos pasó también con las de los regímenes militares anticomunistas. ¿Por qué este silencio? ¿Porque estábamos inficionados de la ideología de moda? ¿Por qué se entibió nuestro amor a la Eucaristía? Por gracia de Dios, Juan Pablo II, en vísperas del Gran Jubileo del 2000, nos despertó al deber de la comunidad cristiana de conservar y celebrar la memoria de los propios mártires (ver Al acercarse el Tercer Milenio 37).

 

3. Esta memoria es un calco de la Eucaristía, memorial de la muerte del Señor. En ésta celebramos su muerte por amor a todos los hombres, incluso a sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Él murió libremente para que los hombres tuviésemos vida. Es por ello que la muerte del mártir cristiano está desprovista de todo odio. Como lo fue el martirio de Esteban, el primero de todos, cuyas últimas palabras fueron: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Tan distinto de lo que vemos en estos días con el llamado martirio de los terroristas suicidas.

La memoria cristiana del martirio lleva a la Iglesia a orar por aquellos que le hacen daño, e incluso a querer reconciliarse con ellos. Al hacer memoria de sus mártires, la Iglesia no puede repetir la frase “Ni olvido ni perdón”. Ésta es comprensible en boca de quienes han sido heridos gravemente en su dignidad y no conviene polemizar contra ella. Pero no condice con la enseñanza de Jesús en la oración del Padre Nuestro. En ésta, junto con “el pan nuestro de cada día”, nos enseña a pedir a Dios: “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. E interpreta esta enseñanza así: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,12-14-15). Con ello la Iglesia no impugna el proceder de la justicia humana por los crímenes de lesa humanidad, incluso en el caso de sus mártires. Pero enseña que la justicia producirá tanto mejor sus frutos cuanto más despojada esté de todo rencor.

 

III. ¿No más persecuciones? ¿Libertad religiosa garantizada?

 

4. ¡Lástima que hoy se conozcan tan poco los documentos que testimonian las persecuciones antiguas y modernas, y casi no se los utilice en la catequesis! Me atrevo a preguntar: ¿la generación cristiana actual, incluidos los pastores y catequistas, tiene conciencia clara de que el anuncio de la verdad del Evangelio acarrea persecución? Lo anunció Jesús con toda claridad: “A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes para dar testimonio” (Mt 10,18). No seamos fáciles en decir que la persecución sangrienta al cristianismo es cosa del pasado. Nunca sabemos lo que nos deparará el futuro. Pero la persecución por la fe cristiana puede revestir múltiples formas. Se concretó desde el principio en la cárcel y la muerte. Pero sobre todo en la calumnia y la ridiculización. La persecución sufrida por los cristianos en las Galias, a fines del siglo segundo, fue terrible, más que por los tormentos a los que eran sometidos los cristianos, por el clima de asfixia social al que se los sometía. Ni salir a la calle podían.

 

5. Sin duda que los métodos de asfixia social se perfeccionan continuamente. Intereses económicos poderosos, de los que ni idea tenemos, hoy manejan a discreción a muchos medios, legisladores y gobernantes. Y por medio de éstos imponen a gusto cualquier opinión o ideología. Incluso pretenden dictar qué tiene que enseñar la religión cristiana. ¿No lo hemos visto durante la reciente elección de Benedicto XVI? Y si la Iglesia no se pliega a sus dictados, ¡leña!

La batalla por la libertad que tiene por delante la Iglesia en el mundo, la tiene también en la Argentina. Hemos de rogar para que resista toda tentación a callar el Evangelio. Y que lo haga siempre con total libertad y con todo amor.


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia


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