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CORRAMOS HACIA LA META (8)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (6 de noviembre de 2005)



I. LA CARRERA DE LA VIDA

 

1. “Te juego una carrera”, decíamos cuando chicos. Hoy siguen haciendo lo mismo. Es algo congénito. Se corre solo. Y se corre acompañado. Se corre en el llano. Y se corre con obstáculos. Se corre hacia una meta local: mil metros, quinientos, doscientos. Y se corre hacia una meta ideal: prepararse para una competencia deportiva, mantenerse en buen estado, bajar de peso. Hoy se corre mucho más que años atrás. Sobre todo, se corre trotando. Para esto todo lugar con un poco de verde es bueno: el acceso al Aeropuerto de Resistencia y el boulevard de la avenida Sarmiento. De allí, que la carrera sea un símbolo natural de la vida.

 

2. En los Evangelios, aunque varias veces se habla de gente que corre, no encontramos la parábola de la carrera. Pero la encontramos con frecuencia en las cartas de San Pablo: “En el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio. Corran ustedes, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una corona incorruptible. Así yo corro, pero no sin saber a dónde; peleo, pero no como el que da golpes en el aire” (1 Co 9,24-26).
 

II. ACERTAR EL RUMBO

 

3. Salvo que el lugar esté especialmente preparado para una carrera deportiva, casi nunca el rumbo a tomar coincide con la línea recta entre el punto de partida y el de llegada. Empecinarse en correr por esa línea imaginaria, sería fracasar de entrada. Hay que saber sortear los obstáculos. Para ir hacia el Norte a veces hay que comenzar yendo hacia el Sur. Saben muy bien esto los prácticos de los puertos, los baqueanos del campo y los guías de las montañas.

Cuando uno pierde el rumbo, puede vivir una experiencia fea. Me pasó una vez en la estepa patagónica cuando era Obispo auxiliar de Viedma. Había visitado Cerro Policía y Aguada Guzmán. El jeep del Padre Fieux, un cura francés, con el que viajaba, tenía las cuatro ruedas distintas en grosor y altura. Íbamos totalmente inclinados hacia un costado.  Finalmente llegamos a Melincué, pero tarde. A la medianoche decidimos partir, porque a esa hora ya me esperaban en El Cuy el maestro y el Padre Enrique, actual cura de Monte Quemado en Santiago del Estero. Al arrancar, la máquina quedó muda. La batería, atada con alambre, se había volcado y vaciado en un barquinazo. Finalmente arrancamos. Pero por dos veces el camino tomado fue a dar al portón de un campo. Para colmo no hacía mucho que un geólogo había muerto congelado en la zona. Me puse encima toda la poca ropa que había llevado. ¿Dónde estaba? Yo andaba sin rumbo. Confieso que sentí miedo. Sólo me animaba ver que el cura estaba tranquilo. Él no había acertado con el camino justo, pero tenía el rumbo.
 

4. Si perder el rumbo en la Patagonia puede ser peligroso, mucho más es perderlo en la vida. Hay gente sin rumbo en todos los niveles. Muchos padres no saben si mañana tendrán un pedazo de pan para sus hijos. Es muy doloroso. Muchos jóvenes y adolescentes no saben para qué viven. Y por eso muchos de ellos, cada vez más tiernos en edad, y más duros en maldad, van a llenar las cárceles, no a regenerarse sino a matarse entre ellos. O se suicidan en número creciente. Incluso, niños. ¿Toda la culpa sería de ellos? Los adultos no reaccionamos.
 

5. Lo peor es que muchos dirigentes están perdiendo el rumbo. Acabo de leer con estupor que una madre se queja de que en una escuela de La Plata a su hija de 11 años y a sus compañeras le han dado anticonceptivos orales, con la inscripción del Ministerio de Salud. La pobre madre se lamenta “¡ella es una nena!”. Pero la quieren hacer adulta a las patadas. Y para colmo, porque el pastor local dice que “el Estado incita a la lujuria”, el ministro de salud lo trata de “fanático religioso”. En este caso, o la prensa estaría mintiendo y merecería que se le hiciese juicio. O la autoridad sanitaria se estaría equivocando gravemente. Y también la educativa. Y la autoridad superior debería sancionarla como corresponde. O bien “arrésteme sargento, y póngame cadenas”, porque yo también digo que si el Estado pensase que ese sería el rumbo que habría de tomar la educación de nuestros niños y la preservación de su salud: entonces el Estado estaría perdiendo su razón de ser. Y en ese caso, no dudaría en animar a los cristianos a la desobediencia civil, en la medida proporcional y con los medios democráticos que correspondan. Del adulto que hace perder el rumbo a los niños y adolescentes, Jesús dijo “que sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar”. Porque con lo horroroso que eso sería, no lo sería tanto como lo que él hace con los niños y adolescentes.

 

III. PARA CORRER NECESITAMOS FORTALEZA

 

6. La primera generación de cristianos hebreos la pasó mal. Lo mismo que muchos israelitas piadosos del Antiguo Testamento, cuyos herederos eran, y según les recuerda un discípulo de San Pablo en una carta: “Unos se dejaron torturar, renunciando a ser liberados, para obtener una mejor resurrección. Otros sufrieron injurias y golpes, cadenas y cárceles. Fueron apedreados, destrozados, muertos por la espada. Anduvieron errantes, cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, desprovistos de todo, oprimidos y maltratados”. Esos mártires, que sufrieron tribulaciones terribles de parte de dirigentes sin rumbo y con lo peor de la cultura de entonces, son modelos para los cristianos que hoy se disponen a correr por la senda del Evangelio. Para eso hace falta fortaleza: “Ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente el combate que se nos presenta” (Hb 11,35-37;12,1). Y tiremos el lastre del prejuicio de ser la religión mayoritaria: “¿cómo nos hacen esto?” Nos harán cosas peores. Pero a no temer, con la fuerza del Espíritu Santo.


Mons. Carmelo Giaquinta, administrador apostólico de Resistencia


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