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CORRAMOS HACIA LA
META (9)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(20
de noviembre de
2005)
I. El Reino de Dios es la meta de la historia
1. Hoy concluye el año litúrgico
de manera magnífica, con la solemnidad de Cristo Rey del universo. No
podría señalarse mejor la meta de la historia humana. A lo largo de
toda ella, incluso a través de caminos impensados y contradictorios,
Cristo va construyendo el Reino de Dios. Y ello con medios totalmente
desproporcionados: “Mi realeza no es de este mundo” (Jn 18,36).
Dentro de esa historia está su muerte en la Cruz, un absurdo si se la
mirase sólo desde el ángulo humano. ¡Haber matado al más bueno, justo
y santo de los hombres que jamás haya existido y existirá! Pero en su
muerte Cristo asumió todas las muertes y todos los absurdos, y los
superó con su resurrección. De allí, que todo contribuya a la
edificación del Reino que un día entregará al Padre. El apóstol San
Pablo lo dice con su proverbial genialidad:
“En seguida (después de la resurrección
de Cristo) vendrá el fin, cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el
Padre, después de haber aniquilado todo Principado, Dominio y Poder.
Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los
enemigos debajo de sus pies. El último enemigo vencido será la muerte,
ya que Dios todo lo sometió bajo sus pies... Y cuando el universo
entero le sea sometido, el mismo Hijo se someterá también a aquel que
le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos” (1 Co
15,24-28).
Esta
visión bíblica de que Cristo edifica su Reino a través de todos los
acontecimientos de la historia, personal y social: ¿integra la
espiritualidad cristiana contemporánea? ¿nos anima a persistir en la
construcción del Reino a pesar de todos los errores que los hombres
cometemos a diario?
II. Jangadero...
2.
En el torrente de la historia humana está cada uno de nosotros.
Algunos son como esos troncos inmensos que formaban las antiguas
jangadas que bajaban por el río Paraná, y que iban a formar parte del
maderamen de los techos de grandes construcciones. Otros quizá son
como pequeñas ramas que tal vez servían para un rico asado. Otros, tal
vez, como el jangadero, que orientaba la jangada. Me siento feliz de
formar parte de la jangada de los cristianos del NEA, y de derivar por
el río de la vida, incluso junto a otros que no se profesan cristianos
pero que buscan el bien con sincero corazón. Hace diecinueve años Dios
me trajo de la Patagonia al NEA. Primero a Misiones y después al
Chaco. Siempre junto al Paraná. Un río que, a pesar de lo ancho,
aceptó tener puentes: de Posadas a Encarnación, de Resistencia a
Corrientes. ¿Habré sido como el jangadero que orientó la jangada a
buen puerto? ¿Cómo la ramita que sirvió para un rico asado? Dios lo
sabe. Me alegra ser parte de la jangada, cuyo verdadero jangadero es
Cristo, y que derivo por el maravilloso río que es el Espíritu de
Dios, que nos lleva hacia el mar del Padre.
Pronto
no estaré físicamente en la jangada. Pero permaneceré en ella
espiritualmente. El título de “arzobispo emérito de Resistencia” no
será para mí un simple recuerdo, ni un premio consuelo, sino una marca
espiritual indeleble. Para siempre quedaré unido a la Iglesia del NEA,
y en especial a la del Chaco y de Resistencia. Orar por la Iglesia de
la Arquidiócesis será para mí una dulce obligación. Yo confío en que
ustedes también me tendrán presente en sus oraciones.
III. El
nuevo pastor
3.
(16 noviembre:.- 11,12 hs.).
Partiendo
hacia Buenos Aires, me sorprendió en este momento la grata noticia –que fue publicada el jueves 17– de que el Papa Benedicto XVI ha
nombrado al nuevo Pastor de la Arquidiócesis: Mons. Fabriciano Sigampa,
hasta ahora Obispo de La Rioja, y antiguo pastor de Reconquista. Demos
gracias a Dios de todo corazón. Y recibámoslo con alegría. Y con el
ánimo dispuesto a iniciar en la Arquidiócesis una nueva etapa de la
Evangelización. Mientras esperamos su llegada,
–que, Dios mediante,
será el domingo 26 de febrero de 2006–, continuemos orando para que
el Señor lo bendiga abundantemente, y nos haga dignos de recibir la
gracia de formar con él un único rebaño bajo un solo Pastor, que es
Jesucristo.
IV.
La carta pastoral del Episcopado
4.
La carta pastoral del Episcopado, publicada el 11 de noviembre, sobre
“La doctrina social de la Iglesia: una luz para reconstruir la
Nación”, tiene la intención de ayudar a correr hacia la meta. Está
dirigida “a los miembros del pueblo de Dios y a todos los hombres
de buena voluntad”. En ella queremos “estimular a todos a
estudiar la Doctrina Social de la Iglesia, analizar con su luz algunos
aspectos de la situación del País y, en conjunción con la propia
ciencia y experiencia, aplicarla al momento presente. Y, de este modo,
trabajando junto con todos los hombres de buena voluntad, encontrar
caminos concretos que contribuyan a la reconstrucción del tejido
social, afianzar el sentido de pertenencia a la Nación y
acrecentar la conciencia de ser ciudadanos” (n° 5). A tal fin nos
parece muy útil el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
publicado por la Comisión Pontificia Justicia y Paz, cuyo estudio y
aplicación recomendamos particularmente “a los miembros del Clero
encargados de exponer la doctrina cristiana, a los catequistas, a los
docentes católicos y a los fieles laicos que tienen especiales
responsabilidades en la construcción dela sociedad” (n° 4).
5.
Sobre la naturaleza y origen de la Doctrina Social decimos: “De la
contemplación del misterio de la encarnación y nacimiento de
Jesucristo, surge espontáneamente el anuncio del Evangelio aplicado a
la vida social considerada en todos sus planos: familiar, cultural,
económico, ecológico, político, internacional. Dimana del Evangelio,
pero no es un derivado menor del mismo. Es el Evangelio de Jesucristo
aplicado a la vida social del hombre. Es su resonancia temporal. Y así
como la Iglesia no puede callar el Evangelio, tampoco puede silenciar
su Doctrina Social. Nadie ha de temerle a ella. La Iglesia la anuncia
a favor del hombre y de la paz social, para el servicio de todos” (n°
3).
V. La
interpretación errónea del Presidente
6.
Si esa es la intención de la carta pastoral, - y está clara a lo largo
de toda ella -, ¿por qué el Presidente Kirchner, que se profesa hijo
de la Iglesia, no la tomó como bandera suya? ¿por qué tantas
tergiversaciones en la interpretación que él le da? A modo de ejemplo,
tomo sólo uno de sus dichos, que apareció en La Nación el jueves 17:
“Después de la Argentina en llamas que me tocó asumir y las cosas
que entre todos los argentinos hemos logrado, creo que decir que
entre 2003 y 2005 ha crecido escandalosamente la exclusión social y la
pobreza es no atenerse a la realidad”. Con todo el respeto que
merece la investidura del Señor Presidente de la Nación, y también
apelando a la máxima responsabilidad que le cabe a él en la
construcción de la ciudadanía, le pregunto: ¿dónde se dice semejante
cosa?
* ¿Acaso
será en el párrafo 10 sobre el empobrecimiento de la Argentina? Allí
decimos: “Atentos a este principio clásico de la Doctrina Social
(el destino universal de los bienes), y ante el empobrecimiento de
gran parte de la población, precipitado por la crisis institucional
del 21 de diciembre de 2001, surgen muchos interrogantes. En primer
lugar acerca de cuál es la responsabilidad que les cabe a las
autoridades políticas de antes y de durante la crisis. Pero también a
los demás sectores de la sociedad, en especial a los
empresarios y sindicalistas, en particular a los que se profesan
cristianos, por no haber percibido suficientemente el empobrecimiento
que se venía produciendo y que se aceleró en forma incontrolable
hiriendo gravemente la dignidad de tantos hermanos y hermanas. Si bien
reconocemos que es mucho lo que los argentinos, ciudadanos y
autoridades, hemos hecho desde entonces para revertir la situación,
es mucho todavía lo que resta por hacer. Y por tanto hemos de
interrogarnos sobre nuestra voluntad de comprometernos aún más y mejor
para superar el empobrecimiento general”.
* ¿Acaso
será en el párrafo 14 donde aludimos a la Deuda pública? Allí decimos:
“Por último, y como coronación de todas las situaciones que
engendran pobreza, está la inmensa deuda pública. Es nuestro
más vivo deseo que ésta, a pesar de todas las dificultades, se
negocie con éxito y para alivio de nuestro pueblo. Habremos de
recordar siempre que la deuda tiene dos caras, que han de ponernos
sobre aviso para evitarlas en el futuro: la injusticia de la economía
internacional reinante en este campo y la irresponsabilidad de quienes
contrajeron la deuda o alentaron a contraerla a espaldas del pueblo”.
* ¿Acaso
será en el párrafo 17 donde distinguimos el momento presente de toda
otra situación anterior? Allí decimos: “En la Argentina hemos
conocido los dos extremos (un estatismo creciente y un voraz
liberalismo). Ambas corrientes colisionaron y produjeron el sismo
social conocido. Estamos ahora en la etapa de la reconstrucción,
aprendiendo de la dolorosa experiencia”.
* ¿Acaso
será en el párrafo 18 donde algunos han sabido ver una alusión al
ALCA, y cómo asociarse a él no a ciegas sino en forma digna? Allí
preguntamos: “¿Cómo propiciar la relación entre los pueblos, en el
respeto de la idiosincrasia y valores de los mismos, y de las
necesarias garantías que posibiliten entre ellos un intercambio
comercial justo y equitativo?”
7.
Por último le formulo al Señor Presidente de la Nación la misma
pregunta que Jesús le hizo al guardia que le pegó una bofetada:
“Si he hablado mal, muestra en qué ha sido. Pero si he hablado bien,
¿por qué me pegas?” (Jn 18,23).
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
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