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CARTA A LOS CRISTIANOS
PARA AYUDAR A
PENSAR LA NACIÓN (1)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico
de Resistencia
(27
de noviembre de
2005)
I. CON AROMA DE ADVIENTO.
LA SUBLIME DIGNIDAD DEL HOMBRE
1.
La reciente carta pastoral de los Obispos argentinos tiene aroma de
Adviento. Comienza, precisamente, con una alusión explícita a este
tiempo litúrgico, que empieza hoy: “El tiempo de Adviento, ya
inminente, nos invita una vez más a la reflexión y compromiso. En él
contemplaremos el misterio del Hijo de Dios que ‘por nosotros los
hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del
Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre’. Su
nacimiento y vida entre los hombres es Evangelio, anuncio de salvación
que confirma el amor de Dios al hombre y la sublime dignidad con que
lo reviste” (pf 1).
Podríamos haber partido desde la fe en la creación del hombre a imagen
y semejanza de Dios, en lo cual los cristianos coincidimos con los
miembros de otras religiones. Pero dada la proximidad del tiempo de
Adviento y de la Navidad, y puesto que dirigimos la carta primeramente
a los hijos de la Iglesia, hemos preferido partir desde este dato de
la fe. Y lo hacemos transcribiendo lo que profesamos en el Credo.
2.
Desde el misterio de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios
se aprecia de manera inigualable la sublime dignidad del ser humano.
¡Cuán maravilloso es éste que hasta el mismo Hijo de Dios se hizo
hombre! ¿Cómo alguien jamás podría maltratarlo? Con esta dignidad van
anejos derechos fundamentales, desde su concepción hasta su muerte
natural, que nadie puede arrebatar.
II. LA NAVIDAD Y LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
3.
La celebración del Adviento y de la Navidad no sólo suscita dulces
sentimientos, sino que nos lleva a un serio compromiso con el ser
humano. El primero de todos, comprender y testimoniar que toda la
realidad humana ha de ser iluminada por los misterios que celebramos.
De allí que digamos: “De la contemplación del misterio de la
encarnación y nacimiento de Jesucristo surge espontáneamente el
anuncio del Evangelio aplicado a la vida social considerada en todos
los planos: familiar, cultural, económico, ecológico, político,
internacional. Esto es lo que se llama Doctrina Social de la Iglesia.
Dimana del Evangelio, pero no es un derivado menor del mismo. Es el
Evangelio de Jesucristo aplicado a la vida social del hombre. Es su
resonancia temporal. Y así como la Iglesia no puede callar el
Evangelio, tampoco puede silenciar su Doctrina Social. Nadie ha de
temerle a ella. La Iglesia la anuncia a favor del hombre y de la paz
social, para el servicio de todos” (pf. 3).
III. Los destinatarios de la
carta
4.
El hecho que el último documento del Episcopado sea una carta
pastoral, dice claramente que el destinatario principal es el pueblo
cristiano, en toda su complejidad y diversidad: clero, familias
religiosas, fieles laicos, organizaciones eclesiales públicas y
privadas. Pero dada la materia de la que trata, la Doctrina Social de
la Iglesia, y ello en vista de iluminar la situación del País y de que
se asuman con mayor responsabilidad los deberes ciudadanos, la carta
va dirigida también “a todos los hombres de buena voluntad”, que
comulgan, total o parcialmente, con la visión que la Iglesia tiene del
hombre y de la sociedad.
Esto
mismo puede observarse modernamente en todas las encíclicas sociales,
a partir de la encíclica Pacem in Terris, de Juan XXIII. De allí, el
encabezamiento de nuestra carta episcopal: “a los miembros del
Pueblo de Dios y a todos los hombres de buena voluntad”.
5.
El Pueblo de Dios como destinatario de la carta reaparece con
frecuencia a lo largo de ella; por ejemplo: en los párrafos 4, 5, 25 y
39. Y no sólo como sujeto pasivo, invitado a escuchar y aprender, sino
como sujeto activo, convocado a enriquecer la Doctrina social. En el
último párrafo decimos: “Si bien como Pastores somos los garantes
de esta Doctrina, les corresponde también a ustedes, queridos fieles
laicos, participar en su elaboración, conociendo los postulados ya
adquiridos, iluminando con ellos la situación actual del País, y, a
partir de allí, enunciar fórmulas adecuadas que ayuden a los
cristianos y a todo hombre de buena voluntad a actuar en bien de la
República, respetada la propia opción temporal, sin esperar consignas
de los pastores” (pf. 39).
6.
A
nadie le puede caber la menor duda de que el cristiano, hijo de la
Iglesia, en cuanto ciudadano de la Patria terrena, es el destinatario
principal de la carta.
Esto
del “cristiano en cuanto ciudadano” no es improvisado, tiene su
historia. A raíz de la crisis que se venía incubando desde largos
decenios, pero sobre todo a partir de su eclosión en 2001, la Iglesia
argentina fue descubriendo cada vez con mayor claridad que el
cristiano, que en los últimos cuarenta años ha crecido en protagonismo
en la comunidad eclesial, no ha crecido parejamente en su
responsabilidad y participación como miembro de la comunidad civil; es
decir, como ciudadano. Y quiere fomentar esto con todas sus fuerzas.
Hoy rezamos de una manera que habría sido impensable hace diez años.
El año pasado en preparación del Congreso Eucarístico Nacional de
Corrientes, hemos repetido millones de veces:; “Jesucristo, autor
de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano”. Y este año lo
hicimos para el Congreso Nacional de Laicos celebrado en Buenos Aires
en octubre.
7.
Resumiendo este punto, sobre el que se ha hablado tanto: el
destinatario de la carta es el pueblo cristiano y los hombres de buena
voluntad. De ningún modo es el gobierno nacional. Ni siquiera “toda la
sociedad”, como han dicho algunos comentaristas, incluso
eclesiásticos. Si bien es cierto que la materia de la que trata atañe
a toda la sociedad, y, por tanto, también al gobierno. Y ello, en
razón de que el cristiano es parte de la sociedad y está sometido a la
misma autoridad civil que los demás ciudadanos.
Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador
apostólico de Resistencia |