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“LA IGLESIA NECESITA TU AYUDA” - CAMPAÑA PARA SOSTENER LA OBRA EVANGELIZADORA

 

Carta pastoral de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, administrador apostólico y arzobispo emérito de Resistencia (7 de diciembre de 2005)



A todo el Pueblo de Dios.

Y en especial a los miembros del Clero, de las Congregaciones Religiosas, de los Colegios Católicos, de las Asociaciones y Movimientos de fieles, de los Consejos de Asuntos Económicos de las Parroquias.

 

¡Hermanos muy queridos!

IIª PARTE

 

Continúo la carta que comencé a escribirles la semana pasada, en el marco de la Campaña “La Iglesia necesita tu ayuda” dispuesta por el Episcopado.

 

Compartir los bienes: señal de la presencia del Espíritu de Dios

1. Una señal palpable de que en Pentecostés había acontecido algo totalmente nuevo fue que “todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común, vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno” (Hch 2,45). San Lucas insiste sobre esto: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos. Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades” (Hch 4,32.34-35). Si los primeros cristianos tenían en común el Espíritu Santo, el don más precioso de todos, ¿cómo no habrían de tener en común los demás bienes, también los materiales?

 

La Sinceridad del corazón

2. Hoy nos espanta escuchar que “vendían sus propiedades y sus bienes”, no sea que se nos pida lo mismo. Y ello, porque vemos lo secundario y no prestamos atención a lo principal. Y entonces no entendemos el mensaje contenido en ese gesto. Secundario era la venta de los bienes, a lo cual nadie estaba obligado. Lo dice con claridad el libro de Los Hechos en la escena de los esposos mentirosos: “Un hombre llamado Ananías, junto con su mujer, Safira, vendió una propiedad, y de acuerdo con ella, se guardó parte del dinero y puso el resto a disposición de los Apóstoles”. El apóstol Pedro lo reprendió severamente, pero no por no haber donado todo a la Iglesia, sino por fingir donar todo: “Pedro le dijo: ‘Ananías, ¿por qué dejaste que Satanás se apoderara de ti hasta el punto de engañar al Espíritu Santo, guardándote una parte del dinero del campo. ¿Acaso no eras dueño de quedarte con él? Y después de venderlo, ¿no podías guardarte el dinero? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? No mentiste a los hombres sino a Dios” (Hch 5,1-4). En cambio, lo principal es la comunión espiritual a cultivar con los miembros de la comunidad, la solidaridad con ellos, cuya máxima expresión es la sinceridad. Y no, dar plata o donar cosas. Ananías rompió la comunión porque fingió, hizo trampa. Y su gesto de donación se convirtió en una fantochada. De allí, el consiguiente castigo divino que sufrieron él y su mujer (cf Hch 5,5-11).

 

La transparencia es necesaria, pero insuficiente

3. En la carta pastoral “Compartir la multiforme gracia de Dios”, en el capítulo VII, al hablar de “conversión y ordenamiento económico”, los Obispos proponemos seis “criterios a tener en cuenta para alcanzar y permanecer en el espíritu y práctica de conversión permanente en esta materia (de la reforma económica de la Iglesia)”; a saber: 1°) pobreza evangélica; 2°) corresponsabilidad; 3°) ejemplaridad; 4°) transparencia; 5°) solidaridad; 6°) eficacia.

Una palabra con respecto al cuarto criterio, “la transparencia en la rendición de cuentas en las comunidades cristianas”. El apóstol San Pablo le asignaba importancia. Por ello ordenaba que la colecta realizada entre las Iglesias de la gentilidad para los pobres de Jerusalén tenía que ser llevada a destino con las garantías necesarias, con transparencia, “procurando hacer lo que está bien, no solamente delante de Dios, sino también delante de los hombres” (2 Co 8,21). Esta cualidad siempre es importante, pero sobre todo cuando se trata de dinero, incluso en la Iglesia. La sabiduría popular dice “las cuentas claras conservan la amistad”.

 

4. Sin embargo, conviene advertir que la transparencia es sólo el ropaje de algo más profundo: la sinceridad del corazón. La transparencia se refiere a las cuentas, y de ella son testigos los hombres, a los cuales se los puede engañar a pesar de todos los controles. La sinceridad, en cambio, es una actitud bautismal: la renuncia a toda forma de espíritu tramposo. Y de ella el testigo es Dios, que ve los corazones, y nadie lo puede engañar. Por ello, sin dejar de trabajar en el nivel de la transparencia en la economía de la Iglesia, hemos de apuntar más hondo, al corazón de la misma, que es la sinceridad en toda la vida del cristiano, también en el renglón económico.

 

El cristiano en un mundo tramposo

5. El Nuevo Testamento plantea permanentemente el tema de la sinceridad. Y lo hace en muchos pasajes y de varias maneras. El hombre sincero es la figura que surge del Sermón de la Montaña. Un hombre sin repliegues en su conducta, totalmente diáfano delante de Dios y de los hombres.

Nos plantea también el tema por el camino contrario, cuando habla de la hipocresía. Muchos fariseos, aunque eran religiosos, eran hipócritas, no sinceros. Jesús los fustiga, porque sin la sinceridad la religiosidad se vuelve una careta. Cuando falta sinceridad, todo el ser del cristiano se desvencija. También en lo que toca a la economía eclesial. Jesús estigmatiza a los escribas“que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones” (Mc 12,40). Y el evangelista San Juan cuenta cómo uno de los apóstoles de Jesús cometía fraude en la administración. Ante el gesto de María de Betania de perfumar a Jesús, “Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: ‘¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?’ Dijo esto, no porque se interesaba de los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella” (Jn 12,4-6).

Esta actitud de Judas no es una simple anécdota del pasado. Con ella el Espíritu Santo nos quiere decir que “aquello que aconteció entonces en el grupo íntimo de Jesús, puede acontecer hoy entre los cristianos”.

 

6. Vivimos en un mundo donde reina la trampa. Todo lo contrario de la sinceridad. Y el espíritu del mundo procura infiltrarse en la Iglesia. La de Corinto es un claro ejemplo de ello. A pesar de los casi tres años de trabajo del Apóstol Pablo en esa ciudad, y aun después de haber sido bautizados, muchos cristianos se comportaban como paganos. ¿Por qué habría de extrañarnos que el espíritu tramposo, que mina nuestra cultura, se meta también en la Iglesia? El tema de la sinceridad lo debemos plantear en la Iglesia con serenidad y valentía. También en el plano económico. Porque bien puede ser que la falta de recursos económicos que padece la Iglesia argentina se deba, al menos en parte, a que nosotros sus hijos también nos dejamos ganar por la cultura tramposa que nos rodea. Y cuando hay trampa, reina la mezquindad. Y entonces, aunque hubiese de todo, faltaría todo.

 

Preguntas para compartir

7. En el renglón de la economía eclesial ¿somos sinceros los cristianos? ¿Lo somos en la arquidiócesis de Resistencia?

a) ¿Las boletas de compras para el comedor parroquial muestran siempre los gastos reales, o nos permitimos dibujarlas de común acuerdo con el dueño del mercadito?

b) ¿Y yo, comerciante cristiano, que proveo al comedor, pongo siempre los precios justos, o me abuso en el precio y en el peso, “total el Gobierno paga”?

c) ¿El cinco por ciento que las Parroquias entregan al Arzobispado responde a los ingresos mensuales reales? ¿Lo entregamos puntualmente?

d) ¿Realizamos inmediatamente la entrega de las colectas imperadas, o la “bicicleteamos” para más adelante y así emprender con ese dinero iniciativas nuevas o cubrir otros gastos de la Parroquia?

e) ¿Las ayudas obtenidas son destinadas totalmente para el fin para el cual fueron solicitadas?

Y otras preguntas más que hemos de plantearnos en la comunidad cristiana. (Continuará).


Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico de Resistencia


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