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QUIEREN SUPLIR LOS VALORES CON LEYES ABERRANTES


Homilía de monseñor Carmelo Juan Giaquinta, administrador apostólico y arzobispo emérito de Resistencia, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Patrona de la Arquidiócesis y del Chaco, en la misa de despedida, en el Santuario dedicado en su honor en la Parroquia homónima de Barranqueras
(8 de diciembre de 2005)


¡Hermanas y hermanos muy queridos!
 

I. LA VIRGEN INMACULADA, IDEAL DEL SER HUMANO


La belleza original del ser humano

1. Nos congrega la solemnidad de la Santísima Virgen María concebida sin mancha de pecado original.

Es la fiesta de una hija de la humanidad tal cual sale de las manos de Dios Creador, totalmente a su imagen y semejanza, sin que el pecado de Adán la haya manchado. ¡Qué maravilla! El pueblo cristiano la contempla estupefacto y le canta: “¡Toda hermosa eres, María, y en ti no hay mancha del pecado original!” (“Tota pulchra es Maria, et macula originalis non est in te!”)

Si es hermosa la alborada apenas despunta el día, si es hermosa la rosa apenas se abre su capullo, si es hermoso el niño apenas sale del vientre de su madre, ¿cuán hermoso habrá sido el ser humano apenas salió de las manos del Creador? El libro del Génesis, al concluir la narración de la creación coronada por el hombre, dice que Dios se quedó extasiado: “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (Gen 1,31).


Cristo, restaurador de la belleza original

2. Esta hermosura del ser humano, reflejo de la hermosura de Dios, fue afeada por el pecado de Adán. Pero, Jesucristo, el Hijo de Dios y “el más hermoso de los hombres” (Sal 45,3), la vino a restaurar. Y, artista infinitamente más eximio que todos los más grandes artistas juntos, preservó intacta la hermosura original en la que habría de ser su madre, María, para que fuese el modelo en el que pudiese inspirarse permanentemente.


La Inmaculada Concepción: belleza inspiradora de la vida cristiana y de todo apostolado

3. La fiesta de la Inmaculada es, por tanto, la fiesta del ideal humano que Dios soñó desde la eternidad para todos sus hijos los hombres, en pos del cual peregrinamos por este mundo, hasta que un día lo alcancemos plenamente en la Patria del Cielo.

Es el ideal que el Espíritu de Dios plasma en los discípulos de Cristo. Por eso luchamos para no dejarnos manchar por la maldad ambiental, y procuramos ser justos, honestos, veraces, respetuosos, laboriosos, constantes en el camino del bien, fuertes ante la adversidad, hombres de palabra, responsables, fieles a la amistad, sencillos, sinceros, valientes, magnánimos, bondadosos, capaces de perdonar.

Es el ideal que queremos ver realizado en nuestros hijos. ¿O alguno de ustedes, queridos papás, quiere que su hijo sea malvado, violento, mentiroso, ladrón, “falluto”, haragán, mujeriego, “flojo”?

Es el ideal del hombre nuevo que ustedes, queridos catequistas, quieren que encarnen sus catecúmenos. ¿O quieren sólo que sean buenos alumnos de una clase de religión? ¿De qué serviría eso? La religión que sólo queda en la cabeza, y no llega al corazón y se transforma en obras de una vida totalmente nueva, sólo sirve para una mayor condenación. Mejor no conocer la religión cristiana, que conocerla para no vivirla.

Es el ideal concretado en Jesús, el hijo de María, esposo de sus corazones, del que ustedes, queridas religiosas, un día se han prendado con un enamoramiento muy singular, y por ello han querido consagrarse a él en cuerpo y alma a perpetuidad. Lo mismo vale de aquellos de ustedes que han dedicado sus vidas a Cristo con un vínculo de especial consagración.

Es el ideal manifestado en Jesús, el Pastor Bueno (“kalós” = hermoso), que ustedes, queridos seminaristas, hoy quieren copiar, y así prepararse a copiarlo mañana como pastores en el corazón de las ovejas que Dios les confiará.

Es el mismo ideal al que ustedes, muy queridos diáconos y presbíteros, quieren servir con todos los dones que Dios les regala, y por el que, si fuese necesario, están dispuestos a sufrir como una madre, hasta que se forme la imagen de Cristo en los fieles que les son encomendados.
 

4. Es el ideal del hombre santo que nos propuso Juan Pablo II al comenzar el nuevo milenio. ¿Recuerdan todo lo que dijimos sobre la santidad durante el año 2001 al leer la carta apostólica Novo Millenio Ineunte (cf. pfs. 30-31)? ¿Todo lo que hablamos durante la Asamblea Arquidiocesana de ese año? ¿Y cómo debíamos poner toda la vida cristiana y toda la planificación pastoral en la perspectiva de la santidad? ¿Esa perspectiva se mantiene viva en nosotros? ¿La hemos profundizado?

Es el ideal del hombre santo que nos proponen los Apóstoles. El primero de todos, San Pedro: “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta... Ustedes saben que fueron rescatados de la vana conducta heredada de sus padres, no con bienes corruptibles, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha y sin defecto... Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pe 1,15.18-19; 2,9).

Y, por sobre todo, es el ideal por el que vivió, murió y resucitó Jesús: “Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad” (Jn 17,15-19).

 

Mi testamento

5. ¿Qué cosa mejor les puedo decir en esta Misa dedicada a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, patrona del Chaco y de nuestra Arquidiócesis, y que el Consejo Presbiteral eligió para que fuese también la Misa de mi despedida?

Les digo de corazón: contemplen con los ojos de la fe a María concebida sin pecado. Y en ella comprendan el altísimo ideal de vida humana al que cada uno de nosotros está llamado, tanto como persona individual, cuanto como miembro de la comunidad eclesial y civil.

El ideal propuesto por Jesús a sus discípulos, “sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,48), no es una quimera. Es un ideal, que existe en la mente divina. Y, por lo mismo, es bien real. Aunque nunca lo alcanzaremos plenamente en la tierra, podemos caminar hacia él un paso tras otro.

El ideal, por lo demás, ya está realizado en María con una perfección que supera toda imaginación. Y es garantía de que también se realizará en nosotros.
 

6. Por lo mismo, el ideal de la santidad, además de iluminar nuestras vidas, debe orientar todo nuestro apostolado: las visitas pastorales, la planificación diocesana, la organización parroquial, la catequesis, la celebración de los sacramentos, la enseñanza de la doctrina social, el colegio católico, la participación en las asociaciones de apostolado, la renovación del Seminario, la pastoral vocacional, etc.

Sin este ideal, todas nuestras fatigas apostólicas serían en vano. Más que “apostolado” propiamente tal, serían expresión de un activismo enfermizo, que no promueve el ideal querido por Dios, sino inútiles sueños personales que dañan a nuestro pueblo.



II. PEREGRINAR HACIA EL SANTUARIO DE LA INMACULADA


El Santuario Arquidiocesano

7. “Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre” (Lc 2,41-42). Es encantadora la figura de Jesús, María y José que, como peregrinos, ascienden a Jerusalén.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de una peregrinación multitudinaria a Jerusalén que, en Pentecostés, hacían los “judíos piadosos venidos de todas las naciones del mundo” (Hch 2,5).

Es propio del ser humano simbolizar exteriormente lo que cree interiormente. De allí que, en muchas partes, han ido surgiendo santuarios, a los que los cristianos gustan peregrinar para expresar su convicción que la existencia terrena es una peregrinación hacia la Patria del cielo.

Los jóvenes del NEA peregrinan a Itatí el domingo más cercano a la Primavera. Los del Chaco lo hacen desde 1979, y ya van veintiséis años.

 

8. Sin embargo, no teníamos en la Arquidiócesis un santuario más cercano al que peregrinar. ¿Por qué no erigir uno?, me dije. ¿Y qué más indicado para ello que declarar Santuario a una de las Parroquias más antiguas del Chaco, anterior incluso a la creación de la Diócesis de Resistencia (1939), que desde 1937 estaba dedicada a la Inmaculada Concepción? Recordemos, además, que la fe cristiana vino al Chaco de la mano de la Inmaculada cuando en 1585 se fundó el pueblo de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de la Buena Esperanza del Río Bermejo. Y, además, la Provincia y la Diócesis tienen como Patrona a la Inmaculada Concepción. Fue por ello que elegí a la Parroquia de Barranqueras, encomendada a los Padres de la Divina Providencia, para ser santuario arquidiocesano al cual peregrinar.


La peregrinación tiene sus alegrías y sus dificultades

9. Toda peregrinación a un santuario tiene sus alegrías. La partida. La llegada. El caminar juntos. El divisar el Santuario. También las tiene nuestra peregrinación hacia la Patria del Cielo. La fe compartida entre hermanos. La fe sembrada en los hijos. La cosecha de los frutos de la fe que otros sembraron. La presencia del Espíritu Santo.

Pero una peregrinación tiene también sus dolores. La falta de entrenamiento. Las ampollas en los pies. El frío. El calor. Un aguacero. Algún desentendimiento con los compañeros de peregrinación. Muchos más dolores tiene la peregrinación a la Patria del Cielo. Algunos vienen de adentro, pero no son pocos los que provienen de afuera.



III. PEREGRINAR HACIA LA PATRIA DEL CIELO


La condición peregrina del cristiano

10. El apóstol Pedro, además de recordarles a los cristianos los deberes que tienen como ciudadanos de la tierra (ver 1 Pe 2,11/3,7), les recuerda que son peregrinos del Cielo y los prepara a soportar las inclemencias: “Ya que ustedes llaman Padre a aquel, que sin hacer acepción de personas, juzga a cada uno según sus obras, vivan en el temor mientras están de paso en este mundo (durante el tiempo de vuestra peregrinación)” (1 Pe 1,17). “Queridos míos, yo los exhorto como a peregrinos y extranjeros: no cedan a los deseos carnales que combaten contra el alma. Observen una buena conducta en medio de los paganos y así, los mismos que ahora los calumnian como a malhechores, al ver sus buenas obras, tendrán que glorificar Dios el Día de su Visita” (1 Pe 2,11-12).

El apóstol alude a las dificultades internas que se sufren en esta peregrinación: “los deseos carnales”, las propias pasiones y las heridas que el pecado produce en nosotros. Y alude también a las dificultades externas: “los que ahora los calumnian”.


No asustarse por el boicot al cristianismo

11. Los cristianos en general, y los católicos en particular, por nuestra situación de religión mayoritaria, no siempre nos tomamos muy en serio nuestra condición de creyentes, y menos la de llamados a convertirnos permanentemente al Evangelio. De allí, que la vida de los cristianos pocas veces conmueve. Y muchas veces, lo mismo que sucedía con los judíos que no vivían su religión, “por culpa nuestra, el nombre de Dios es blasfemado entre la naciones” (Rom 2,24).

Pero hemos de ser conscientes que muchas veces el cristiano, la Iglesia, el Papa, los Obispos, somos despreciados más que por nuestras fallas y pecados, porque representamos a Cristo. Y a Cristo hoy se lo quiere barrer de este mundo. Y ello como tal vez nunca antes en la historia. Basta abrir los ojos para advertir cómo todo valor humano y cristiano tiende a ser barrido de las leyes y de las costumbres. Y se imponen en su lugar leyes y costumbres aberrantes, en especial en lo concerniente a los valores fundamentales de la vida y de la familia. Incluso, hay presiones enormes que pretenden imponerle a la Iglesia lo que ella debe enseñar y los criterios con los que se ha de comportar.
 

12. Frente a ello los cristianos tenemos dos armas, las dos únicas que podemos emplear. Como miembros de la Iglesia: convertirnos permanentemente al Evangelio de Jesús y llevar una vida santa. Como ciudadanos: ejercer nuestros derechos y deberes en la sociedad, luchar por leyes justas, profundizar en el sentido de la democracia, ser ciudadanos responsables y libres, tener una inmensa paciencia frente a todo atropello, pero a la vez una gran valentía para oponernos a toda prepotencia. Y siempre, con la fuerza del Espíritu Santo, estar dispuestos a sufrir calumnias e incluso la cárcel.

Tengamos presente, sin embargo, la debilidad del discípulo de Cristo, sobre la que ya advirtió Jesús: “los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz” (Lc 16,8). De hecho, muchas veces dos o tres mujeres amparadas en un sello de goma, pueden más contra la vida y la familia que miles de mujeres de una asociación católica. ¿Por qué? ¿Acaso la religión las incapacita para actuar como ciudadanas?
 

13. La exhortación que el apóstol Pedro dirigía a los cristianos en tiempos de Nerón, será cada día más actual. Y, al despedirme de ustedes, yo la hago mía: “¿Quién puede hacerles daño si se dedican a practicar el bien? Dichosos ustedes, si tienen que sufrir por la justicia. No teman ni se inquieten: por el contrario, glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo. Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal... Queridos míos, no se extrañen de la violencia que se ha desatado contra ustedes para ponerlos a prueba, como si les sucediera algo extraordinario. Alégrense en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de Cristo. Que nadie tenga que sufrir como asesino, ladrón, malhechor o delator. Pero si sufre por ser cristiano, que no se avergüence y glorifique a Dios por llevar ese nombre” (1 Pe 3,13-17; 4,12-16). Amén.


Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico de Resistencia


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