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CARTA A LOS CRISTIANOS
PARA AYUDAR A PENSAR LA NACIÓN (5)


Mensaje dominical de monseñor Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico
de Resistencia (25 de diciembre de 2005)



I. LA NAVIDAD Y LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

 

1. Vale la pena extasiarse una vez más ante el misterio de la Navidad, que hoy celebramos. Es insondable el misterio del Hijo de Dios que “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”. En él encontramos siempre nueva luz para iluminar el misterio del hombre, y no sólo en su suerte eterna, sino también en su devenir histórico, especialmente en su esfuerzo por construir una convivencia social en justicia, paz y laboriosidad.

 

2. Fue acertado que los Obispos comenzásemos la última carta pastoral refiriéndonos al misterio de la Navidad. Y ello, porque la reconstrucción de la Nación es una obra ciclópea ante la que podríamos acobardarnos. Ésta ha comenzar desde el hombre mutilado en su ser más íntimo. Además, este camino, a pesar de toda la buena voluntad que se ponga, está lleno de desaciertos. Para persistir en él hace falta una constancia a toda prueba. ¿Qué mejor para ello que contemplar el obstinado amor de Dios hacia el hombre, manifestado en su Hijo nacido de una mujer y que vivió en una patria terrena?

 

 

II. “LA SUBSIDIARIDAD”: QUE EL MAYOR AYUDE AL MENOR

 

3. La palabra “subsidiaridad” suena difícil y no la usamos en el lenguaje corriente. Pero enuncia otro principio clave de la Doctrina Social. Significa que “todas las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (“subsidium”) – por tanto, de apoyo, promoción, desarrollo- respecto de las menores” (pf. 15). Por ejemplo, la nación con respecto al municipio; éste con respecto a la escuela rural; ésta, a su vez, con respecto a la familia más alejada. Como dice el Compendio de la Doctrina Social: “es imposible promover la dignidad de la persona humana si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su crecimiento social” (C 185).

 

4. Esta actitud de ayuda (“subsidium”) por parte de la sociedad mayor, no debe ser concebida de manera paternalista, autoritaria o totalitaria, como si todo, hasta la intimidad de las personas, fuese de su resorte, y la sociedad menor quedase reducida a un simple engranaje. “No se puede quitar a los individuos y dar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e industria. Tampoco es justo quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar, y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos” (C 186). “El principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusos de las instancias sociales superiores e insta a éstas últimas a ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este principio se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo original que ofrecer a la comunidad” (C 187).

 
Situaciones y cuestiones

5. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece un catálogo de situaciones que contrastan con el principio de la subsidiaridad: “las formas de centralización, de burocratización, de asistencialismo, de presencia injustificada y excesiva del Estado y del aparato público” (C 187). Los Obispos, por nuestra parte, decimos: “Este principio de la subsidiaridad ha sido abandonado muchas veces en la organización de la sociedad, por exceso o por defecto. Por exceso, cuando el Estado acapara para sí todas las iniciativas, libertades y responsabilidades, que son propias de las personas y de las comunidades menores de la sociedad: el estatismo. Por defecto, cuando el Estado no protege al débil frente a los más fuertes, o no brinda su ayuda económica, institucional, legislativa a las entidades sociales más pequeñas cuando es necesario: el liberalismo a ultranza” (pf. 16).

 

6. Y proseguimos:“En la Argentina hemos conocido los dos extremos. Ambas corrientes colisionaron y produjeron el sismo social conocido. Estamos ahora en la etapa de la reconstrucción, aprendiendo de la dolorosa experiencia” (pf. 17). Mientras algunos, en especial en el gobierno nacional, criticaron la carta pastoral, otros tildaron su tono de oficialista. ¿Cómo los Obispos se atreven a decir que “estamos ahora en la etapa de la reconstrucción”?

Dialogar en la Argentina sobre el País no es fácil. Pero no es imposible si aplicamos el principio de la subsidiaridad también al diálogo político. Éste pertenece primeramente a los ciudadanos, y secundariamente al Estado y a los gobiernos de turno. Nosotros los ciudadanos (los menores) existimos antes que el Estado (el mayor). Nosotros pensamos y dialogamos y constituimos al Estado y elegimos los gobiernos y los cambiamos. Nosotros elaboramos en forma permanente y dinámica el modelo de país en el que queremos vivir, y ello mediante el diálogo político. El Estado y los gobiernos deben favorecer ese diálogo, en el cual tiene derecho a terciar también la Iglesia desde su propia competencia, mediante el anuncio de la Doctrina Social. Y deben evitar que se lo suplante mediante la imposición de un pensamiento único o la hegemonía de un sector social. Los Obispos dijimos esto hace muchos años en “Evangelio, Diálogo y Sociedad” (3-5-80).

 

7. Las preguntas que los Obispos hacemos en la carta (pf 18) rondan en torno a esta pregunta capital: si es posible el diálogo político en la Argentina. Y versan sobre cómo: a) reconstruir el Estado al servicio de la sociedad; b) impedir que éste absorba a sus miembros; c) evitar que esté ausente en la defensa del pobre; d) desterrar la dádiva; e) propiciar el libre comercio con dignidad (ALCA). (Continuará).


Mons. Carmelo Giaquinta,
administrador apostólico de Resistencia


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