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LA HORA DE LA GLORIFICACIÓN (1)
Mensaje
dominical
de
monseñor Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
27
de marzo de
2004
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Domingo de Pascua
I. POR LA CRUZ A LA LUZ
1. La hora de la crucifixión, la prueba máxima sufrida por
Cristo, fue también la hora de su glorificación. No se puede separar
la una de la otra. No hay crucifixión sin resurrección. Ni
resurrección sin crucifixión. No hay Viernes Santo sin Domingo de
Pascua. Las veces que Jesús anunció su pasión a los discípulos, les
anunció también su resurrección.
2. Esta relación, sin embargo, no les traía ningún consuelo,
porque no la veían, y ni siquiera entendían los términos de la misma.
No les entraba en la cabeza que el Mesías sufriese una muerte
ignominiosa en manos de los paganos: “Pedro lo llevó aparte y
comenzó a reprenderlo, diciendo: Dios no lo permita, Señor, eso no
sucederá” (Mt 16,22). Y les resultaba incomprensible la
resurrección: “Se preguntaban qué significaría resucitar de entre
los muertos” (Mc 9,10). Los Evangelios pintan al detalle esta
incapacidad de los discípulos. Para ellos la crucifixión era el
fracaso definitivo. Y la resurrección, una fantasía. De allí, la
incredulidad que mostraron ante las afirmaciones de las mujeres de que
el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, y que se les habían
aparecido unos ángeles anunciándoles que había resucitado: “Ellas
contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban
y no les creyeron” (Lc 24,10-11). La incapacidad era tan grande
que mostraron su incredulidad ante el mismo Jesús resucitado:
“Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: La paz esté con
ustedes. Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu. Jesús les
preguntó: ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Y
diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y
la admiración de los discípulos, que se resistían a creer” (Lc
24,36-41).
3. “Por la cruz a la luz”: es un dicho poético, pero que no es
fácil formular con convencimiento. Para hacerlo es preciso pasar por
el mismo proceso doloroso de Jesús. Porque él lo pasó lo pudo
enunciar: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer
todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías
soportara esos sufrimientos para entrar en la gloria?” (Lc 24,25-26).
“De la
cruz a la luz” es un proceso necesario, inevitable. La existencia
terrena del hombre tiene por finalidad hacer esa experiencia
trascendental. Cada uno a su manera. Si sale triunfador de ella
mediante la fe en Dios, se vuelve plenamente hombre, se transforma,
alcanza una vida nueva, resucita. Si no, se frustra, se pierde, se
condena.
4. Me alarma constatar cómo la catequesis y la misma teología
contemporánea no tienen conciencia clara de este dato fundamental de
la fe cristiana. Nuestros chicos y jóvenes están siendo ganados por la
ideología del éxito. Éste descarta el fracaso. Antes que admitirlo
prefiere recurrir al suicidio, o a la matanza de los que serían los
culpables. No hay lugar para la humildad ante el propio límite, ni
para la paciencia con el prójimo, y menos para el perdón.
II. EL ESTADO Y LA IGLESIA: ¿LA HORA DEL CHICOTE?
5. Hay instituciones, como la familia y la Iglesia, que también
están llamadas a pasar por la experiencia de la cruz y de la
resurrección. De ellas vale lo mismo que del ser humano. En cambio,
otras sociedades, como las comerciales, no son de existencia necesaria
y no pasan por este trance. Estas surgen, duran un tiempo y
desaparecen. No gozan, ni sufren. A lo sumo, tienen un éxito pasajero,
y al final quiebran.
6. La primitiva Iglesia, desde el día de la Resurrección de
Jesús, se las tuvo que ver con la autoridad. A ésta le molestaba
demasiado que unos iletrados predicasen que aquel a quien ellos habían
condenado a morir en la cruz estuviese vivo: “Debemos amenazarlos
para que de ahora en adelante no hablen de ese Nombre (Jesús)”.
Pero cuanto más los amenazaban, más libres y valientes se volvían:
“Pedro y Juan les respondieron: Juzguen si está bien a los ojos del
Señor que les obedezcamos a ustedes antes que a Dios. Nosotros no
podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,17.19).
7. Las persecuciones a la Iglesia no terminaron entonces. Con
sus historias se podrían llenar bibliotecas enteras. La Iglesia
recuerda a sus mártires en la liturgia. Y procura olvidar a sus
perseguidores.
Un día
la persecución también llegó a la Argentina. Pronto se cumplirán
cincuenta años de cuando el general Perón encarceló prácticamente a
todo el clero de la República. ¿Preparaba un degüello universal? E
incendió los templos más antiguos de Buenos Aires y la curia porteña,
con uno de los archivos históricos más importantes ¿Por qué? ¿Lo
enloquecieron sus demonios internos? ¿Hubo otros externos que lo
manejaron? Por gracia de Dios, la Iglesia no pasó ninguna factura.
Nunca ha hecho conmemoración alguna que pudiese reabrir heridas. ¿Qué
culpa tenía la gente de la locura del presidente? En el fragor de la
persecución quizá la Iglesia no fue suficientemente crítica para que
la oposición política no se aprovechase de la circunstancia. Pero
apenas pasada la locura, los mismos sacerdotes encarcelados
deslindaron las aguas: por un lado, la locura del presidente, y ver
cómo se podía hacerlo entrar en razón; por otra, el pueblo sufrido.
8. ¿Hoy la locura vuelve a regular las relaciones del Estado
con la Iglesia? En julio pasado el presidente Kirchner agredió
gratuitamente a los Obispos que hablamos de la pobreza. Lo cual fue
una agresión a toda la ciudadanía. No faltó en el gobierno quien
pretendiese que pidiésemos al presidente una audiencia conciliadora.
Ahora arremetió contra el Obispo castrense, el cual en su
desafortunada carta no dijo lo que se dice que dijo. ¿Son sólo sus
demonios internos, o hay demonios externos que lo azuzan? Está bien
que el gobierno argentino y el Vaticano traten de reencauzar la
cuestión del Obispo castrense. Pero hay en juego una cuestión muy
grave que atañe a todos: ¿la Argentina será una sociedad democrática,
o regirá en ella la ley del chicote?
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia |