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COMBATIR EL PECADO DEL DUALISMO
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma
26 de junio de 2005 - Décimo tercer domingo durante el año
El
Evangelista Marcos (1)
que presenta a Jesús surgiendo de entre la muchedumbre que escucha
al profeta Juan y los cielos abiertos con la confirmación del mismo
Dios (1,9 -11) prosigue la presentación de ese hombre –llamado
Jesús– con la escena tan conocida de las tentaciones de Jesús en
el desierto. Esta escena no es simple curiosidad ni dato banal. Hay
que repetirlo una y otra vez. Los Evangelios no son una biografía de
Jesús ni anécdotas de un personaje importante.
En
los Evangelios todo hasta el mínimo detalle es un mensaje de
salvación. De liberación, de santificación, de plena realización de
hombres y mujeres de buena voluntad.
Marcos en pocas líneas presenta a Jesús en el momento que una mujer
o un hombre se enfrenta con todo su porvenir y tiene claro lo que
debe hacer… su misión… Pero no ve cómo hacerlo.- Entonces se retira
a reflexionar, a dialogar, a conversar con su “Padre”- Dios.
Ciertamente –lleno del Espíritu– tiene clara su misión. Lo que diga
y haga es Palabra de Dios. Pero ¿qué pruebas dar? ¿ Cómo convencer
a la gente de que Dios- su Padre- le había dicho que era –también–
Papá de todos y que quería la reunificación de Israel no para
dominar a las naciones sino para ser centro y factor de hermandad
mundial? Hablar así de Dios no era solo inusual; sino lo contrario
de cómo hablaban los maestros de la Ley, los sabios… los entendidos.
¿Con qué autoridad?
Y
tuvo una primera tentación: ¿por qué no relacionarse y establecer
alianza con el poder religioso…con fariseos y letrados de la Ley?
Con la claridad del Espíritu, que lo animaba, descubrió que en eso
había un mal espíritu. Pronto comprendió que si se ajustaba
al buen pensar ambiente tendría que renunciar a su propia
experiencia y tendría que hablar de otro dios y no de su
“Papito-Dios”; tendría que doblar las rodillas al poder si bien
religioso pero al fin poder…y jamás alcanzaría a rehacer la
esperanza del pueblo marginado, esperanzado en un Liberador.
Entonces ¿por qué no, un gesto espectacular… como hablar desde lo
alto del Templo o una proclama llena de promesas en un golpe de
efecto demagógico?
Y
nuevamente motivado por el Espíritu comprendió que Dios no es
sensacionalista y que para liberar-salvar-santificar al hombre no
sobrepasa lo humano… Dios no obra desde afuera quitando las
facultades humanas sino desde adentro de lo humano, brindándole
densidad divina. La intervención salvadora de Dios no le quita la
libertad al hombre o mujer que lo busca en su realidad de Dios
Papito-Dios-Amor; por lo contrario lo capacita para lograr la
libertad de amar.
A
Jesús –verdadero Dios y al mismo tiempo verdadero hombre– en cuanto
hombre real le llevó tiempo este discernimiento. Poco a poco,
trabajosamente, fue descartando posibilidades y definiendo tareas.
Fue algo así como una conversión que lo llevó a dejar su vida
privada de Nazaret para entregarse de por vida a los demás. Vio
claro, hasta dar su propia vida, que debía compartir con sus
compatriotas, esa experiencia –tan íntima y
profunda– de Dios-Papito. Con madurez interna
como nadie, se clarificó que esa experiencia personal tiene que ver,
como fuerza liberadora, para la historia humana. Para eso
trabajaría, para transformar las situaciones inhumanas en humanas
contando siempre con la colaboración humana. Basta de
incertidumbres-se dijo y contando a pleno con su Papito-Dios sale a
buscar hombres y mujeres que con sencillez de corazón acepten el
reinado de su Abba. Es decir comienza a anunciar la Creación Nueva
que surge allí donde la gente vive en armonía unos con otros en
justicia equitativa formando la gran familia de los hijos e hijas.
Es la Iglesia (pastores y fieles) con la única misión de anunciar
al Dios de Jesucristo y que la realiza plenamente en la medida que
se deje conducir por el Espíritu Santo. De lo contrario cae en las
tentaciones que supo vencer Jesús. Por eso, para ser fiel al
Evangelio de Jesús ha venido organizándose con un mínimo de
institución: llámese episcopado, presbiterado, diaconado, diócesis,
parroquias, institutos religiosos y laicales, colegios y
universidades. Pero siempre la institución al servicio del Evangelio
y con la atención a flor de conciencia del Espíritu para discernir
la fidelidad a Jesús y su Mensaje. Es la primera instancia de la
actitud cristiana personal o comunitaria: tomarse tiempo para
examinarse si lo que se piensa y realiza está motivado y refleja
el buen Espíritu de Jesucristo o el mal espíritu del “enemigo” de
Dios o simplemente una religiosidad sentimental y alienante. A
través de los siglos, la Iglesia ha ido tomando diversas formas
organizativas. La que hoy resurge como la más adecuada para
combatir el “pecado de dualismo” y unir la Fe con la Vida es la
Comunidad Eclesial de Base. Porque es un encuentro en torno a
Jesús-Palabra y Alimento (misa), para ayudarse mutuamente a asumir
los criterios y las actitudes de Jesús en la vida concreta que se
está llevando. Se evita así que la Palabra de Dios se diluya
en una multitud que escucha y luego no la baja a la práctica
cotidiana porque lo que vale para todos en general, no suele servir
para cada uno en particular. El Dios de Jesucristo habla en la
comunidad al corazón de cada uno para transformar a cada uno desde
adentro. Por eso, S.Pablo: “Cualquier cosa que hagan...como hijos
de Dios…en medio de gente torcida y corrompida…sea para mantener el
mensaje de Vida” Filipenses 2,14-5
Nota:
(1) El texto
comentado es del Cáp.1. versículo 12-13. El comentario supone la
lectura previa del texto.
Mons. Miguel Esteban Hesayne,
obispo emérito de Viedma |