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jesús ante el ojo de tormenta
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma
4 de setiembre de 2005 - Vigésimo tercer domingo durante el año
La
pregunta que recorre el evangelio de San Marcos es ¿quién es Jesús?
Es
un desafío al lector al presentar a Jesús como un interrogante que
sacude todas las certezas y seguridades.
San Marcos invita a sus lectores a ahondar en la Fe en ese campesino
del mediterráneo, de origen galileo, llamado Jesús. Fe que
significa aceptar sus medios y su camino y a no sentirse
desconcertado cuando arrecie la tormenta de la vida, y que las
comunidades cristianas entiendan que a pesar de tantas dificultades
y peligros, seguir a Jesús no es un desatino. Por el contrario, es
la única salida válida y realista.
El
relato popularmente conocido como el de la “Tempestad calmada” es
uno de lo más significativos que trae S.Marcos en 4, 35-41 para
revelar a la comunidad acosada por peligros, inundada por sucesos
adversos y a pesar de una aparente ausencia, que Jesús está en
medio de ellos y no abandona a ninguno que a El recurra. Es el
hilo conductor de todas las páginas evangélicas: Jesús muerto en
Cruz es el Resucitado que hace historia con los que creen en El
siempre y cuando se recurra a su Poder Liberador.
En
este pasaje, particularmente encontramos una fuerte carga simbólica
sumamente expresiva para las comunidades de los orígenes cristianos.
Tormenta, aguas encrespadas, que para un israelita de entonces
significaba caos, desorden, desgracia, escándalos, desesperación,
desorientación, tristezas y angustias. Así para los judíos
contemporáneos de Marcos, el mar era algo devastador y
monstruoso; era la imagen de las fuerzas del mal y de la muerte que
atentan contra el pueblo de Dios. Por eso, Dios reprende al mar
(Salmo 104:6-7) como lo hace con el demonio (Zac.3, 2)
En
la escena que comentamos, los discípulos viajan en el mar durante la
noche, viajan a lo desconocido; esto les pasa por hacerle caso a
Jesús que los invitó a embarcarse con El. Se encuentran solos con
Jesús en una tormenta nocturna, es decir, frente a los poderes de la
destrucción y de la muerte. Y Jesús duerme tranquilamente.
Llenos de miedo piensan que a Jesús no le importa que se hundan.
Pero, no!!!. Jesús no es un ausente ni un despreocupado por lo que
les está pasando. En cuanto recurren a El, Jesús responde
mostrándose tal cual es: vencedor definitivo del caos y de
los poderes de la muerte, liberador de toda desesperación y
de toda angustia. Es que donde está Jesús, está el poder salvador
de Dios.
Los apóstoles no habían entendido todavía, y algunas comunidades
cristianas ya olvidaban que con Jesús, el poder de Dios se vuelve
increíblemente cercano. Por eso, Marcos, destaca que Jesús le da
al mar enfurecido el mismo trato que a los espíritus del mal, a
quienes hemos visto en 1, 25-26; 3,12, reprende y amordaza. Por la
intervención de Jesús la gran borrasca se vuelve una gran calma.
El poder de Jesús vence todo lo que trata de aniquilar a la gente.
Por eso mismo, reprocha a sus discípulos el ser tan cobardes por
falta de FE en El, y en esta reprimenda, Marcos amonesta a la
comunidad deprimida y miedosa ante la persecución o desaliento por
situaciones difíciles.
La
cobardía en el N.T. es negar a Jesús en tiempos de persecución o
dificultades.
Tener Fe en Jesús es confiar plenamente que, en una situación de
apuro, puede ayudarnos a salir del sufrimiento y la humillación y
que no hay límites para la acción salvadora de Dios. No se trata de
recitar fórmulas de Fe, sino de seguir a Jesús en todo.
La
Iglesia en la Argentina está sacudida por un lamentable escándalo.
¿Qué tenemos que hacer? Recurrir a Jesús y obrar como El obró en
caso de pecadores. Desde la misericordia de Dios-Amor, reconciliar
con El y la Comunidad a quién se arrepienta como lo hizo con Pedro y
la Magdalena y desde la justicia divina, condenar a quién se instale
en el pecado con orgullo y poder opresor como hizo con los
dirigentes de su tiempo. Encontramos a Jesús cuando, con Fe en su
promesa de su presencia liberadora (Mateo 18,19-20), nos reunimos en
comunidades orantes para actuar su Evangelio.
Mons. Miguel Esteban Hesayne,
obispo emérito de Viedma
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