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JESÚS Y LA IGLESIA
Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma
13 de
noviembre de 2005 - Trigésimo
tercer
domingo durante el año
Volvamos a lo que nos propusimos al detenernos en comentarios del
Evangelio escrito por S. Marcos. Ante la pretensión de un
cristianismo sin Cristo, en la vida diaria de no pocos católicos, el
Evangelio de S. Marcos destacando actitudes más que los discursos,
es una excelente mediación para que la Iglesia en sus
diversas comunidades recupere la centralidad de Jesús. Se reflote la
conciencia de discipulado y el compromiso de ser testigo de
“Jesucristo, Señor de la Historia… para que el pobre pase a ser
sujeto y señor” en la Iglesia. Y así la Iglesia sea de verdad el
“pueblo de Dios” que peregrina en medio de los pueblos de este
mundo.
En
estos últimos meses pasados, apenas hemos balbuceado algunos
comentarios para motivar la reflexión orante personal y
principalmente comunitaria.
Es
hora que los católicos “vuelvan a las fuentes”, voz de orden de
Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II cuyas orientaciones
doctrinales y pastorales están cumpliendo 40 años y son de una
urgente y actual validez.
En
apretada y sencilla síntesis se puede afirmar que el Concilio
concluye que no hay vida cristiana sin comunidad orante y
servidora. No cualquier comunidad. Una comunidad de los
creyentes en Jesús muerto y resucitado, es decir, dispuesta a
seguirlo como único Maestro y Salvador-Liberador. Esta se forma
mediante la Eucaristía diligentemente preparada con una seria
escucha y práctica de la Palabra de Dios. Por eso urge –afirma
rotundamente el Concilio- devolver al pueblo la Palabra de
Dios, que, principalmente, se encuentra en la Sagrada Escritura:
Antiguo y Nuevo Testamento.
No
basta entonces proclamar en grandes solemnidades que Jesús es el
Señor de la Historia.- Hay que vivir su señorío en la cotidianidad
de la vida personal y social. Cuando se afirma que la Eucaristía
hace a la Iglesia, solamente es realidad cuando al menos dos o tres
se reúnen para confrontar con el Evangelio de Jesucristo cada
instante de sus vidas privadas y públicas, la vida de los esposos y
la familia, la vida del barrio, de la vecindad, del trabajo, de la
profesión, de la educación, de la vida política y sindical. Y en la
medida que se vayan multiplicando estas reuniones y se vaya
celebrando la Eucaristía, la Misa ó la Cena del Señor, nombre tan
original como expresivo, es gente reunida que va comprendiendo el
proyecto de Jesús y va adquiriendo el coraje de ir recreando desde
las bases una sociedad fraternal, justa y solidaria de verdad. A
través de un proceso de transformación de la mentalidad se va
pensando la existencia como la pensó Jesús; se va adquiriendo un
trato relacional de persona a persona conforme a los sentimientos de
Jesús; se va organizando desde la estructura hogareña a la vecinal y
ciudadana con un orden que nadie queda excluido y cada uno
piensa en los demás y todos piensan en cada uno. La persona
humana vuelve a ser el absoluto social. A su vez se va
transformando en persona comunitaria: imagen perfecta de las
Personas Divinas del Dios de Jesucristo, Dios de la Vida y del
Amor.
S.Marcos –como los otros Evangelistas– no escribieron para hacer
simple memoria de Jesucristo. Sino para que los pueblos del Mundo
se fueran transformando en el Pueblo de Dios entrando en este
proceso de escuchar la Palabra, celebrar la Eucaristía y de
compartir la vida, recreando una nueva convivencia. Hoy a
este proceso lo llamamos “conversión a Jesucristo y su
Evangelio” desde el corazón a la sociedad.
Una multitudinaria concurrencia no hace posible la relación de
persona a persona, que es lo que nos enseña Marcos que hizo Jesús en
todo momento de su vida histórica. La estructura mínima necesaria
que hace posible este proceso relacional evangelizador es lo que
llamamos Comunidad Eclesial de Base. En la CEB se piensa
mundialmente y se realiza localmente. El Evangelio se hace
buena realidad, aquí y ahora. Así desde las bases va surgiendo
la Iglesia de Jesús, signo del Reinado de Dios.
Mons. Miguel Esteban Hesayne,
obispo emérito de Viedma |